La Casa das Artes de Vigo muestra hasta el próximo mes de abril una exposición del pintor José María Barreiro (Forcarei, Pontevedra, 1940), dedicada a la ciudad que le acoge desde hace mas de seis décadas. Concentra una selección de 77 obras, entre ellas pinturas de gran formato y reciente realización, dibujos, grabados y maquetas escultóricas de hierro galvanizado y color. El conjunto de piezas da cuenta de la historia de vida y amor a la ciudad, e invita a considerar la honda relación sostenida a lo largo de los años. Propone una lectura amistosa que parte del universo del autor, de su iconografía particular y de los temas que acostumbra a desarrollar: el mundo del circo, la música, el pintor y la modelo, bodegones y ventanas o singulares escenas que hablan de leyendas marinas de las rías de Vigo, del mar de Ons, de marineros y sirenas galaicas.
Barreiro hace visible su emoción en estas obras cuidadosamente dedicadas a la ciudad y las convierte en una especie de archivo sentimental, en un refugio que actúa contra el olvido. El acento simbólico se puede percibir en la presencia del mar de Vigo, en el puerto, en el recuerdo a viejos amigos pintores y poetas, también a anónimos personajes callejeros. Mas que espacio físico, la urbe se convierte en espejo de su experiencia afectiva, en el núcleo vertebrador que fija parte de su vida en el permanente taller situado en pleno centro de la capital y donde sigue elaborando su proyecto pictórico, a día de hoy.
Apoyado en sus comienzos por tres grandes artistas históricos de Galicia: Manuel Torres, Xosé Otero Abeledo “Laxeiro”, y Urbano Lugrís, Barreiro se forma en Madrid en los años finales de la década de los cincuenta y posteriormente en París en contacto con la obra de Picasso y Matisse. Sumergido en el ambiente bohemio de Montmartre aprende a captar la fugacidad el instante, a darle forma y color. En Buenos Aires, vivió una larga etapa comprendida entre los años 1969 y 1973, invitado por Laxeiro y se integró con facilidad en la vida cultural porteña. Conoció a Luis Seoane, a Rómulo Macció, a Ernesto Deira y realizó murales decorativos para los escaparates de los grandes almacenes Harrods; visitó los países limítrofes: Chile, Brasil y Uruguay nutriéndose del color del paisaje de los Andes, de las inconmensurables vistas de las costas del Atlántico y del Pacífico. En su estudio del barrio de La Boca, en el pequeño “conventillo”, en cercanía con el pintor Quinquela Martín consolidó su vocación por la pintura convencido de su eterna supervivencia. Desde entonces, el color se sobrepone a cualquier otra consideración; los azules, rojos, verdes, amarillos, de extrema pureza, se convierten en los principales artífices de cada escena conviviendo en armonía con fuertes pinceladas negras que dibujan vigorosas figuras imaginadas y los objetos de su cercanía pasan a formar parte de su catálogo de recuerdos, de vivencias dichosas, capaces de motivar un presente que el pintor siente con optimismo.