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  <title><![CDATA[El Diario de Madrid :: RSS de «Marta Montoya»]]></title>

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    <description><![CDATA[Noticias de Madrid y la Comunidad de Madrid. Actualidad, economía, política, cultura, sociedad, empresas, tecnología, entrevistas y análisis en el periódico digital de los madrileños.]]></description>
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      <title><![CDATA[El Diario de Madrid :: RSS de «Marta Montoya»]]></title>
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  <title><![CDATA[Las torres de Madrid y el rascacielos de Gaudí, de Manhattan a la Castellana]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Tue, 2 Jun 2026 13:32:18 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Marta Montoya]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ A veces las ciudades también sueñan hacia arriba. Madrid lo hace cada tarde, cuando el sol se refleja sobre el vidrio de sus torres del norte y convierte el skyline en una especie de espejismo contemporáneo. Hay algo profundamente humano en esa...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>A veces las ciudades también sueñan hacia arriba. Madrid lo hace cada tarde, cuando el sol se refleja sobre el vidrio de sus torres del norte y convierte el skyline en una especie de espejismo contemporáneo. Hay algo profundamente humano en esa necesidad de elevarnos, de conquistar el cielo con estructuras que no solo desafían la gravedad, sino también nuestra forma de habitar el mundo.&nbsp;</p>

<p>El llamado Hotel Atracción fue un proyecto concebido por Gaudí en 1908 para Nueva York. Una torre visionaria de aproximadamente 360 metros de altura que habría transformado para siempre el perfil de Manhattan. Su propuesta, radical para la época, mezclaba formas orgánicas, cúpulas bulbosas y arcos catenarios inspirados en la naturaleza, alejándose de la geometría rígida que comenzaba a definir los primeros rascacielos estadounidenses. Más que un hotel, parecía una catedral futurista.&nbsp;</p>

<p>Décadas después, Carlos Ruiz Zafón rescató aquel proyecto en un relato inolvidable y convirtió el Hotel Atracción en una especie de fantasma arquitectónico: una obra que nunca existió, pero que sigue habitando el imaginario colectivo de quienes entienden la arquitectura como algo más que construcción. Porque Gaudí jamás proyectó desde la frialdad técnica.&nbsp;</p>

<p>Y quizá por eso resulta imposible no pensar en aquella visión al observar hoy el skyline madrileño.</p>

<p>En el distrito de Chamartín, junto al paseo de la Castellana, las que se llamaron las Cuatro Torres redefinieron la silueta de Madrid. Entre ellas, la Torre Espacio continúa siendo una de las más elegantes y reconocibles. Diseñada por el estudio estadounidense Pei inaugurada en 2007, alcanza los 224 metros de altura repartidos en 57 plantas. Su estructura de hormigón y acero está revestida por una fachada continua de vidrio que refleja el cielo madrileño.</p>

<p>Lo más fascinante de la Torre Espacio es su movimiento. A medida que asciende, la planta del edificio va transformándose geométricamente hasta generar una ligera torsión que aporta sensación de ligereza y dinamismo.&nbsp;</p>

<p>Muy cerca se alza la Torre de Cristal, diseñada por el arquitecto argentino César Pelli e inaugurada en 2008. Con 249 metros de altura, su imagen es la de una aguja de vidrio limpia y luminosa que cambia constantemente según la luz y el clima de Madrid. Construida con una estructura mixta de acero y hormigón y recubierta por más de 50.000 metros cuadrados de vidrio, la torre logra transmitir una extraña sensación de ingravidez pese a sus enormes dimensiones.</p>

<p>Pero quizá lo más hermoso sea que ambas torres, siguen conectando con aquella intuición que Gaudí tuvo hace más de un siglo: que la arquitectura no consiste únicamente en sostener peso, sino en emocionar. En convertir la materia en algo casi intangible.</p>

<p>Madrid y sus torres, me recuerda que a veces, mirar hacia arriba sigue siendo la mejor forma de imaginar el futuro.</p>

<p>Frank Lloyd Wright dijo que “La arquitectura es la victoria del espíritu humano sobre la materia y sobre el tiempo”.</p>
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                        <item>
  <title><![CDATA[La ciudad y el paso]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Sat, 4 Apr 2026 08:22:56 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Marta Montoya]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ La Semana Santa en Madrid propone una forma distinta de recorrer el centro: seguir el ritmo de los pasos y, al mismo tiempo, leer la arquitectura que los acompaña. Hay una relación silenciosa entre el discurrir de las cofradías y la configuración...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>La Semana Santa en Madrid propone una forma distinta de recorrer el centro: seguir el ritmo de los pasos y, al mismo tiempo, leer la arquitectura que los acompaña. Hay una relación silenciosa entre el discurrir de las cofradías y la configuración de la ciudad, como si ambos, el recorrido y el espacio se hubieran ido ajustando con el tiempo hasta encontrar un equilibrio natural.</p>

<p>Los itinerarios atraviesan un tejido urbano muy reconocible: calles estrechas como la calle Mayor o la calle Arenal, plazas que se abren de forma casi inesperada, y una sucesión de espacios que combinan recogimiento y amplitud. No es casual. El centro de Madrid responde a una planificación histórica que, sin buscarlo, ofrece hoy el escenario adecuado para estos recorridos: ejes que conectan puntos clave, trazados que alternan compresión y apertura, y una escala que permite que todo suceda cerca.</p>

<p>Cuando avanzan los pasos, la arquitectura se convierte en marco y medida. La altura de los edificios, la anchura de las calles, la presencia de soportales o la continuidad de las fachadas influyen en cómo se percibe cada momento. En la Plaza Mayor, por ejemplo, el espacio se ordena y se contiene, generando una atmósfera casi solemne. En cambio, en el entorno de la Puerta del Sol, la diversidad de fachadas y estilos aporta un carácter más dinámico, más urbano en el sentido contemporáneo.</p>

<p>Pero hay algo más profundo que ocurre en estos días, y tiene que ver con la <strong>arquitectura del habitar</strong>. Porque la ciudad no solo se recorre: se vive de otra manera. El paso lento de las cofradías transforma el uso cotidiano del espacio y lo convierte en una experiencia compartida. Las aceras dejan de ser tránsito, las plazas se vuelven lugares de estancia, y los balcones (esas piezas intermedias entre lo público y lo privado) recuperan todo su sentido.</p>

<p>Habitar, en este contexto, es participar. Es asomarse, esperar, guardar silencio, caminar junto a otros. Es reconocer que la arquitectura no termina en sus muros, sino que se completa con lo que sucede en ella. Durante la Semana Santa, Madrid se convierte en una ciudad más consciente de sí misma, donde cada gesto encuentra un lugar y cada espacio adquiere un significado renovado.</p>

<p>Los edificios hablan también si sabemos mirarlos. Las cornisas marcan el límite del cielo urbano, las balconadas se convierten en puntos de observación privilegiados, y las galerías permiten una relación intermedia entre el interior y la calle. Durante estos días, esa arquitectura cotidiana adquiere un nuevo significado: deja de ser fondo para convertirse en parte activa de la experiencia.</p>

<p>Me interesa especialmente cómo el paso de las cofradías introduce un tiempo distinto en una ciudad pensada, en origen, para la actividad constante. El trazado del centro, sus alineaciones, sus giros, sus pequeñas irregularidades, obliga a un movimiento pausado, casi coreografiado. Y en ese ritmo, la arquitectura se revela con más claridad: no como un conjunto de objetos aislados, sino como un sistema continuo que da forma a la vida colectiva.</p>

<p>Como escribió Jan Gehl, “primero damos forma a las ciudades, y luego ellas nos dan forma a nosotros”.</p>
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        <media:description><![CDATA[Marta Montoya Barroso]]></media:description>
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                        <item>
  <title><![CDATA[Arquitectura y carnaval: la piedra que también sabe bailar]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Sat, 14 Feb 2026 12:59:07 +0100</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Marta Montoya]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Hay días en que la ciudad se toma la libertad de jugar consigo misma. El carnaval es ese instante en que la arquitectura, aparentemente solemne, descubre que también puede sonreír. No porque cambie su materia, sino porque cambia su manera de ser...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Hay días en que la ciudad se toma la libertad de jugar consigo misma. El carnaval es ese instante en que la arquitectura, aparentemente solemne, descubre que también puede sonreír. No porque cambie su materia, sino porque cambia su manera de ser habitada.</p>

<p>En Madrid, el corazón histórico ofrece un escenario extraordinario para esta transformación. La Plaza Mayor, con su traza regular y cerrada, responde al ideal urbano de los Austrias: un rectángulo casi perfecto, soportales continuos, fachadas de tres alturas rítmicamente perforadas por balcones. El ladrillo rojo y la piedra de granito dialogan en una composición sobria, donde la repetición genera orden y la proporción otorga serenidad.</p>

<p>Como arquitecto, siempre me ha fascinado su condición de espacio contenido. Es una plaza que abraza. El perímetro edificado construye una estancia urbana casi doméstica, una sala al aire libre. En carnaval, esa contención se convierte en caja de resonancia: las máscaras, los trajes y las comparsas activan los balcones barrocos como si fueran palcos teatrales. La regularidad herreriana no se altera; se intensifica. El orden arquitectónico sostiene la libertad festiva.</p>

<p>A pocos minutos, la Puerta del Sol ofrece otra lógica espacial. Si la Plaza Mayor es estancia, Sol es cruce. Su forma irregular, resultado de sucesivas transformaciones urbanas del siglo XIX, responde a una ciudad en expansión. Las fachadas neoclásicas y eclécticas —con cornisas marcadas, ritmos verticales y presencia institucional— configuran un perímetro más abierto, atravesado por ejes que irradian hacia calles como Alcalá, Mayor o Arenal.</p>

<p>Aquí la arquitectura no encierra: articula flujos. El carnaval, en este punto, se vuelve más dinámico. El espacio radial favorece el desfile, la circulación, la mezcla. Las cornisas clásicas y los paños homogéneos actúan como fondo neutro donde el color efímero encuentra contraste. La piedra clara y el revoco tradicional multiplican la luz del invierno madrileño, y la ciudad parece expandirse.</p>

<p>Las calles del centro —Mayor, Arenal, Preciados— dibujan esa transición entre el Madrid de los Austrias y el Madrid burgués del XIX. Balcones de hierro forjado, miradores acristalados, portales profundos que conducen a patios interiores: capas superpuestas de historia que revelan cómo la ciudad se ha adaptado a nuevas formas de comercio y convivencia. En carnaval, estos elementos se activan como dispositivos de proximidad. El balcón deja de ser frontera privada y se convierte en mirador compartido; el soportal vuelve a ser refugio y encuentro.</p>

<p>Frente a la teatralidad palaciega de Venecia, donde el gótico veneciano y los reflejos del agua construyen una escenografía casi onírica, Madrid ofrece una monumentalidad más contenida. Aquí la fiesta no flota: se apoya en la solidez del ladrillo y el granito. Y tal vez por eso resulta tan cercana.</p>

<p>El carnaval nos recuerda que la arquitectura no es un objeto cerrado, sino un marco abierto a la interpretación ciudadana. Diseñamos volúmenes, trazamos alineaciones, estudiamos proporciones; pero son los vecinos quienes, con su presencia, completan el proyecto. La ciudad no termina en la obra construida: continúa en el uso, en la risa, en el disfraz improvisado.</p>

<p>Como escribió <strong>Antonio Machado,</strong> <strong>“caminante, no hay camino, se hace camino al andar”.</strong></p>
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                        <item>
  <title><![CDATA[Sombras que Visten la Ciudad]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Sat, 3 Jan 2026 08:21:40 +0100</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Marta Montoya]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ A veces pienso que Madrid tiene la costumbre de cambiar de piel como cambian de temporada las grandes casas de moda. Yo, que llevo tres décadas recorriéndola como arquitecto—y como mujer que nunca ha sabido separar del todo la vida del diseño— la...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>A veces pienso que Madrid tiene la costumbre de cambiar de piel como cambian de temporada las grandes casas de moda. Yo, que llevo tres décadas recorriéndola como arquitecto—y como mujer que nunca ha sabido separar del todo la vida del diseño— la he visto reinventarse con la misma elegancia silenciosa con que una prenda bien cortada se adapta al cuerpo. Ahora, cuando el tiempo empieza a sentirse distinto, más denso y más valioso, descubro que algunos edificios icónicos de la ciudad guardan en sus formas la misma nostalgia que se encuentra en un vestido antiguo: la huella de lo que fuimos y el eco de lo que aún podemos ser.</p>

<p>La arquitectura y la moda siempre me han parecido parientes cercanas. Ambas envuelven, ambas protegen, ambas revelan. Ambas hablan de identidad. Y cuando camino por Madrid, siento que leo una colección completa: fachadas que son patrones, volúmenes que son costuras, plazas que son tejidos abiertos para respirar luz.</p>

<p>Recuerdo bien la primera vez que me detuve frente al Edificio Telefónica. Aún era estudiante, con esa mezcla de vértigo y ambición que solo puede sentirse a los veinte años. Vi en sus líneas verticales algo parecido al porte de una modelo a punto de salir a pasarela: una rectitud segura, un deseo de altura, una forma de decir “aquí estoy”. Había en esa estructura un gesto casi Balenciaga, una solemnidad precisa que aspiraba a vestir la Gran Vía con modernidad. Con el tiempo, la sorpresa inicial se transformó en un cariño íntimo, el que se le tiene a las piezas que ya no deslumbra ver, pero cuya presencia acompaña, constante, como una prenda heredada que sigue encajando con naturalidad.</p>

<p>Distinto fue mi encuentro con el CaixaForum. Aquella arquitectura suspendida, casi flotante, me pareció en su momento un desafío a la gravedad, como un diseño atrevido que juega con mostrar y ocultar. Su jardín vertical me desconcertaba: ¿cómo podía un edificio decidir que su piel fuera viva, cambiante, caprichosa? Hoy lo veo con ternura. En su fachada vegetal encuentro algo profundamente humano: la capacidad de transformarse sin renunciar a la esencia. A veces pienso que ese jardín madura conmigo, que lo suyo y lo mío son capas distintas de una misma historia.</p>

<p>Pero ningún lugar ha influido tanto en mi manera de entender la relación entre moda, arte y arquitectura como el edificio que acompañó mis años de formación: el antiguo Museo de Arte Contemporáneo, hoy Museo del Traje. Esa coincidencia —esa suerte de alineación casi mágica— de que un espacio dedicado primero al arte y ahora a la indumentaria estuviera justo al lado de la Escuela de Arquitectura donde estudié, marcó de una forma profunda la manera en que miro la ciudad.</p>

<p>Cruzábamos la calle para refugiarnos en sus jardines, un pequeño universo de tranquilidad que parecía desconectado del ruido madrileño. Allí, entre árboles que filtraban la luz como una tela translúcida, repasábamos proyectos, curábamos decepciones académicas y nos inventábamos futuros grandiosos que en ese momento nos parecían totalmente posibles. Recuerdo especialmente las tardes de primavera: los croquis esparcidos sobre el césped, las risas que se mezclaban con el canto de los pájaros, el tacto áspero del papel vegetal sobre nuestras piernas.</p>

<p>En sus salas aprendí a observar. A comprender que una obra de arte y una prenda dialogan con el espacio de maneras parecidas. Que ambas se relacionan con el cuerpo —humano o arquitectónico— y cuentan historias desde la forma, la textura, la construcción. Muchas de las lecciones que más me han acompañado en mi vida profesional nacieron allí, entre esculturas, fotografías y vitrinas silenciosas.</p>

<p>Y su cafetería… Allí se fraguaron amistades y proyectos, decepciones amorosas y epifanías creativas. Recuerdo el sonido de las tazas, las discusiones apasionadas sobre concursos imposibles, la sensación de estar en un lugar que nos acogía sin pedir nada a cambio. Era un espacio sencillo, pero tenía ese encanto íntimo que poseen ciertos rincones que parecen estar esperando a la gente adecuada. Y éramos nosotros, jóvenes, torpes, intensos, los que lo llenábamos de vida.</p>

<p>Cuando años después el museo se transformó en el Museo del Traje, sentí una punzada de nostalgia, pero también una especie de revelación. Ese edificio que había albergado nuestra formación como arquitectos pasaba a dedicar su existencia a aquello que también forma parte del diseño y del cuerpo: la moda. Aquello cerraba un círculo personal. Era como si el lugar quisiera recordarme que la arquitectura y la indumentaria no son disciplinas separadas, sino expresiones distintas de un mismo impulso humano: el de habitar el mundo con sentido y con belleza.</p>

<p>Hoy, cuando paso por allí, a veces reduzco el paso para buscarme entre los árboles, para ver si todavía queda la sombra de la joven que fui sentada en la hierba, soñando con edificios que aún no sabía imaginar. Veo el museo renovado, dedicado a contar historias de telas y patrones, y siento que la ciudad, como yo, ha aprendido a reconocer que en la superficie también se guardan memorias profundas. Que la forma de vestir habla de nosotros tanto como la forma de construir.</p>

<p>Las Torres Picasso, más al norte, me enseñaron otra lección. De joven las miraba con desconfianza: eran demasiado blancas, demasiado impersonales, demasiado… corporativas. Con los años he aprendido a apreciar su sobriedad minimalista, su voluntad de no llamar la atención más de lo necesario. Son como esas prendas impecables que uno tarda años en comprender, pero que al final se convierten en esenciales. Me he reconciliado con ellas sabiendo que, en la arquitectura, como en la moda, también hay silencios valiosos.</p>

<p>Y así, Madrid continúa siendo para mí una colección abierta, un muestrario de texturas, sombras y recuerdos. Una ciudad que no teme transformarse, que aprende a vestirse y desvestirse con distintas épocas sin perder su esencia. Yo, que ya no camino con la premura de mis veintitantos, la miro ahora con el cariño que se tiene a una amiga de toda la vida, esa que ha visto quién fuiste, quién eres y quién intentas seguir siendo.</p>

<p>Porque al final, la arquitectura y la moda comparten un secreto: ambas cuentan lo que somos cuando creemos que nadie nos está mirando.</p>

<p><strong>“There are 360 degrees, so why stick to one?” </strong>Zaha Hadid.</p>
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        <media:text><![CDATA[Marta Montoya Barroso]]></media:text>
        <media:description><![CDATA[Marta Montoya Barroso]]></media:description>
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                        <item>
  <title><![CDATA[El eco de un titanio lejano]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
    <link>https://www.eldiariodemadrid.es/articulo/opinion/eco-titanio-lejano/20251211084257116150.html</link>
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  <pubDate>Thu, 11 Dec 2025 08:42:57 +0100</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Marta Montoya]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Hoy regreso, casi sin proponérmelo, a mis primeros años en la Escuela de Arquitectura,&nbsp; principios de los 90, cuando entré sin saber del todo en qué consistía esta profesión que&nbsp; hoy considero una de las más bellas. Entonces apenas...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Hoy regreso, casi sin proponérmelo, a mis primeros años en la Escuela de Arquitectura,&nbsp; principios de los 90, cuando entré sin saber del todo en qué consistía esta profesión que&nbsp; hoy considero una de las más bellas. Entonces apenas intuía su profundidad, pero ya me&nbsp; seducía la poesía silenciosa de las imágenes que hojeaba en libros y revistas: edificios que&nbsp; parecían contar historias, ciudades que respiraban, planos que prometían mundos&nbsp; posibles. Quizá por eso, ahora que Frank Gehry ha fallecido, siento la necesidad de escribir&nbsp; este artículo: volver al lugar y espacio que sentía aquella joven que empezaba a descubrir&nbsp; la arquitectura como quien abre una puerta hacia lo desconocido.&nbsp;</p>

<p>Estudiar arquitectura en Madrid significaba, en cierta medida, aprender a mirar el mundo&nbsp; con capas superpuestas: técnica, historia, ciudad, política, belleza. Y en medio de todas&nbsp; esas capas, de repente, irrumpió un nombre capaz de ocupar pasillos enteros y discusiones interminables: Frank O. Gehry. Su figura era casi un fenómeno atmosférico. A&nbsp; veces admirado, otras cuestionado, pero jamás ignorado.&nbsp;</p>

<p>Recuerdo perfectamente el día en que supe del proyecto del Museo Guggenheim en Bilbao.&nbsp; Era una revista que pasábamos de mano en mano. Las formas no parecían obedecer a nada&nbsp; conocido; era como si el edificio estuviera a punto de despegar, o de deshacerse, o de&nbsp; transformarse. Yo, que venía entonces de una educación más racionalista, sentí una&nbsp; sacudida. No sabía si aquello era arquitectura, escultura o un acto de pura rebeldía. Quizá&nbsp; era las tres cosas a la vez.&nbsp;</p>

<p>En aquellas aulas aún impregnadas de olor a cartón pluma, madera de balsa, cúter, cola&nbsp; blanca en las que hacíamos maquetas para expresar nuestras ideas de proyectos, Gehry&nbsp; se convirtió en una especie de espejo que nos obligaba a preguntarnos quiénes queríamos&nbsp; ser como arquitectos. Muchos profesores nos advertían del riesgo del formalismo. Otros&nbsp; nos animaban a valorar la libertad creativa. Y yo oscilaba entre ambas orillas,&nbsp; preguntándome si la arquitectura debía ser un gesto lírico o un mecanismo social, o si tal&nbsp; vez podía aspirar a ser las dos.&nbsp;</p>

<p>El Guggenheim abrió sus puertas y comenzó a hablarse del “efecto Bilbao”. Recuerdo viajar&nbsp; allí poco después, más por intuición que por turismo, viaje de estudiantes de arquitectura.&nbsp; Caminé alrededor del edificio. El titanio cambiaba de color como si respirara. Era un objeto&nbsp; inmenso, sí, pero también sorprendentemente cercano a la ría, casi humilde en su relación&nbsp; con el agua y la luz. Aquella visita me cambió más de lo que entonces supe reconocer. Me&nbsp; enseñó que la arquitectura puede conmover más allá de los planos, que puede generar&nbsp; ciudad y relato a la vez, que a veces un edificio es una conversación entre materia y&nbsp; emoción.&nbsp;</p>

<p>Años más tarde, cuando Gehry diseñó el hotel Marqués de Riscal en La Rioja, sentí que el&nbsp; edificio era como una versión más madura y silenciosa de sí mismo. Las cintas metálicas&nbsp; parecían bailar con el paisaje, como si el propio territorio hubiera dictado parte del diseño.&nbsp; Aquella obra me recordó algo esencial: que incluso los arquitectos más icónicos necesitan&nbsp; “escuchar” al lugar.&nbsp;</p>

<p>Curiosamente, aunque tantas veces se mencionó su nombre en tertulias y conferencias en&nbsp; Madrid, Gehry nunca llegó a construir nada en la capital. Quizá Madrid no necesitaba una&nbsp; obra suya para formar parte de su historia. Quizá su legado aquí fue otro: el de obligarnos a debatir, a cuestionarnos, a pensar en el papel de los iconos, en el riesgo del espectáculo y&nbsp; en la responsabilidad del diseño.&nbsp;</p>

<p>Hoy, muchos años después de aquellas dudas y entusiasmos juveniles, miro hacia atrás&nbsp; con una nostalgia luminosa. Gehry, desde la distancia, me dio algo que no figuraba en&nbsp; ningún temario: me enseñó a convivir con la contradicción, a aceptar que la arquitectura&nbsp; puede ser a la vez útil y poética, ligera y contundente, racional y emocional. En definitiva,&nbsp; humana.&nbsp;</p>

<p>Cuando llegan estos recuerdos, siento que aquella estudiante sigue dentro de mí,&nbsp; admirándose, enfadándose, descubriendo el mundo con la misma mirada temblorosa.&nbsp; Gehry no fue mi arquitecto favorito, ni mi referencia absoluta, pero sí fue un hito. Y eso&nbsp; merece ser respetado y contado.&nbsp;</p>

<p>Termino con una frase de Louis Kahn que siempre me acompañó y que hoy resuena con&nbsp; más fuerza que nunca: <strong>“La arquitectura es el pensamiento convertido en luz.”</strong>&nbsp;</p>

<p>Quizá eso es lo que Gehry, con todas sus curvas y audacias, intentó recordarnos siempre.</p>

<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
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        <media:title><![CDATA[El eco de un titanio lejano]]></media:title>
        <media:text><![CDATA[Marta Montoya Barroso]]></media:text>
        <media:description><![CDATA[Marta Montoya Barroso]]></media:description>
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        </item>
                        <item>
  <title><![CDATA[Arquitectura que acoge: reflexiones en el Día de los Niños Huérfanos]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Mon, 10 Nov 2025 08:00:08 +0100</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Marta Montoya]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Este día se celebra el segundo lunes de cada mes de noviembre y cómo no, trae recuerdos inolvidables de mi vida, de mi adolescencia. 

 No hay infancia sin espacios. Los recuerdos más tempranos no viven en la memoria como palabras, sino como...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Este día se celebra el segundo lunes de cada mes de noviembre y cómo no, trae recuerdos inolvidables de mi vida, de mi adolescencia.</p>

<p>No hay infancia sin espacios. Los recuerdos más tempranos no viven en la memoria como palabras, sino como lugares, se alojan en rincones, en texturas, en sombras que se mueven a cierta hora del día. Cuando uno crece huérfano aprende pronto que esos espacios no sólo contienen el pasado, sino también la carencia, que el vacío también tiene forma, que el silencio ocupa metros cuadrados, que la ausencia es una arquitectura invisible.&nbsp;</p>

<p>Quizá por eso elegí tantas cosas a lo largo de mi vida, tal vez hasta esta bella profesión, la arquitectura: para aprender a construir lo que alguna vez me faltó. Saber cómo el espacio puede sostener, cómo un muro puede contener sin oprimir, cómo un techo puede ser una promesa.</p>

<p>El Día de los Niños Huérfanos no debería ser una fecha de compasión, sino una invitación a pensar en cómo el entorno puede reparar, debe acoger.&nbsp;</p>

<p>Un lugar de acogida para los niños, un edificio para niños sin familia, no debería parecer una institución, sino un hogar multiplicado. Los espacios de protección deberían ofrecer más que seguridad: deberían ofrecer belleza, proporción, dignidad; pensemos en ventanas a la altura de los ojos de los niños, en patios que inviten a la convivencia, en un color cálido, en texturas amables, en alma…</p>

<p>La arquitectura no es neutra, tiene ese poder silencioso: puede decirte sin palabras que importas.</p>

<p>Mi vida sin mis padres, me enseñó que un hogar no siempre se hereda, casi siempre se construye.</p>

<p>Como arquitecto, como madre, pienso en cómo los edificios pueden asumir ese papel: escuchar, cobijar, permitir crecer. Esa es nuestra responsabilidad, pensar bien los espacios, con compromiso, con empatía, con amor, ya que el niño no merece que todo se le quede grande.</p>

<p>He descubierto, a lo largo de los años, que diseñar es también una conversación con la niña que fui. Ella me pide luz natural, me pide alegría, caricia, bienestar, tranquilidad y a veces hasta consuelo.</p>

<p>La orfandad no se supera; se habita, se vive.</p>

<p>En Ámsterdam existe un edificio que albergaba estos niños, proyectado por el arquitecto Aldo van Eyck, se construyó en los años 50. Es un lugar con unas calles interiores, espacios comunes, espacios individuales, como una pequeña ciudad, que se pensó con calidez para esos niños que buscaban su identidad.</p>

<p>Hoy, pienso, mejor dicho, sé que el oficio que elegí es una forma de reconciliarme con el mundo. Y que, si cada muro, cada ventana, cada luz y cada sombra están pensados para cuidar, entonces la arquitectura es también como espero que me sientan, la madre que abraza, protege y ayuda.</p>
<br />
<strong>“La arquitectura debe reconciliar al hombre con el niño que fue.”</strong> Aldo van Eyck (autor del Amsterdam Orphanage)]]></content:encoded>
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        <media:title><![CDATA[Arquitectura que acoge: reflexiones en el Día de los Niños Huérfanos]]></media:title>
        <media:text><![CDATA[Marta Montoya Barroso]]></media:text>
        <media:description><![CDATA[Marta Montoya Barroso]]></media:description>
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        </item>
                        <item>
  <title><![CDATA[Mi tío... José Abad]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Fri, 17 Oct 2025 08:27:59 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Marta Montoya]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ En este mundo de ruido de redes sociales, influencers y tendencias volátiles, emerge de una manera mágica y a la vez para mi tierna una figura, José María Abad, a sus 90 años, emociona a cientos de miles de personas. Sumergirse en un universo...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>En este mundo de ruido de redes sociales, influencers y tendencias volátiles, emerge de una manera mágica y a la vez para mi tierna una figura, José María Abad, a sus 90 años, emociona a cientos de miles de personas. Sumergirse en un universo donde late la ternura, la magia y una profunda conexión.</p>

<p>Me permito hablar esta vez de la arquitectura de emociones, sentimientos y de familia. Y es que el tiktoker que arrasa con sus videos, “el abuelo de lo sensibles” es un sinónimo de recuerdos de su larga vida y de la mía. Difícil explicar cómo alguien tan próximo, se convierte en la voz que llega a almas de todas las edades y sitios.</p>

<p>Él no pinta cuadros, construye casas para el alma, colores que se apoyan entre sí, formando columnas invisibles, arcos que sostienen sus sueños. Sus azules, son bóvedas hacia el cielo, sus rojos son muros protectores, sus aves y geometrías son luces a la imaginación. Ecos de arquitectura viva, abrazos, fachadas que invitan a entrar y quedarse por su ternura.</p>

<p>Su primera novela, “La fábrica de los juguetes prodigiosos”, me encogió y calentó el alma, al tiempo, de ahí a su último libro de cuentos “La cena árabe y otros relatos”. Maquetas de ciudades imposibles, pasillos secretos, torres de palabras, fantasías de arquitecto de relatos, albañil de metáforas.</p>

<p>Constructor sensible, de poesía, ternura, rebeldía, humor, su arquitectura se construye con corazón.&nbsp;</p>

<p>Su arte, sus obras, sus cuadros, sus libros, suponen un camino creativo, que ha llegado a girar a un interés por él, por su forma de hablar, su serenidad y su originalidad. Millones de personas visualizando sus reflexiones, adolescentes que buscan consejos, adultos que se ven reflejados… creo que se debe a su serenidad y ternura, ese aliento que a veces necesitamos. Tenemos una sociedad con tantas ganas de conseguir más humanidad, sensibilidad y mundo sin prisas.</p>

<p>Descubren otros un rostro familiar, rascan el corazón del que puedo llamar “tío”, del que explicó cómo decir “te quiero”, curioso, creativo, inquieto, con ganas de aprender, enseña que nunca es tarde para empezar algo nuevo.&nbsp;</p>

<p>Tras diferentes momentos en nuestras vidas, siempre tan cariñoso y con palabras tan sentidas y llenas de amor que siempre ha tenido hacia mí… sólo puede sonreír al ver que ese hombre que tanto inspira y que es mi querido tío José Abad.&nbsp;</p>
<em><strong>“La arquitectura es el arte cuando uno, consciente o inconscientemente, crea emoción estética en la atmósfera, y cuando ese ambiente produce bienestar.”</strong></em><br />
Luis Barragán]]></content:encoded>
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        <media:title><![CDATA[Mi tío... José Abad]]></media:title>
        <media:text><![CDATA[Marta Montoya Barroso]]></media:text>
        <media:description><![CDATA[Marta Montoya Barroso]]></media:description>
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        </item>
                        <item>
  <title><![CDATA[Grattis en Gran Vía]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
    <link>https://www.eldiariodemadrid.es/articulo/opinion/grattis-en-gran-via/20250903083621108717.html</link>
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  <pubDate>Wed, 3 Sep 2025 08:36:21 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Marta Montoya]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Caminando por la Gran Vía de Madrid, las luces de neón, los escaparates, el ruido de los coches, me da la impresión de alejarme de la ciudad donde la arquitectura nos dota con su presencia de belleza y serenidad. 

 Sin embargo, paso por el...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Caminando por la Gran Vía de Madrid, las luces de neón, los escaparates, el ruido de los coches, me da la impresión de alejarme de la ciudad donde la arquitectura nos dota con su presencia de belleza y serenidad.</p>

<p>Sin embargo, paso por el oratorio de Caballero de Gracia, o Jacobo Grattis, noble italiano llegado a Madrid, una figura singular no sólo por su historia y por su huella artística, cuya historia de amor atrae a la nostalgia. La leyenda le envuelve en un ámbito romántico, de amor imposible con una dama de alta cuna que le rechazó, por lo que se entrega a la gracia divina, de ahí su apelativo. Ese amor no correspondido que puede convertirse en fuerza, transformar la amargura en amor, pérdida en creación.</p>

<p>Su fachada fue remodelada por el gran Juan de Villanueva, elegante arquitecto, eliminando la suntuosa ornamentación barroca, introduciendo el pórtico de columnas corintias sobrio y clásico. Parece resistir frente al espectáculo de luces de la gran calle y reinventarse para no desaparecer, como el refugio personal que se hace colectivo.</p>

<p>Continúo andando y recuerdo aquellas obras que nos contaron en la Escuela de Arquitectura sobre Villanueva.</p>

<p>El Museo del Prado, que se pensó en primer momento como Gabinete de Ciencias. Este edificio neoclásico, corazón de la cultura en Madrid, tiene un orden sereno, custodio de las pasiones de nuestros grandes artistas, como Velázquez o Goya. La arquitectura que permanece como guardiana de la memoria junto a la ciudad que nunca duerme ni permanece quieta.</p>

<p>El Real Jardín Botánico, que tuve que dibujar una y otra vez para la asignatura de dibujo técnico, y me lleva a evocar recuerdos del tablero y del rotring. Cada sendero, cada fuente, hasta la valla perimetral de cierre, parece dibujada y pensada con gran precisión.</p>

<p>El Observatorio Astronómico, edificio con proporción y orden. ¡Quién no ha mirado al cielo en busca de respuestas en las estrellas! Un templo laico para entender el universo, desde lo alto del Retiro.</p>

<p>Como el Caballero, sus edificios dialogarán con el tiempo, con la ciudad, con los vecinos y turistas que visitan a esta gran Madrid. Permanencia de ambos en el alma de la ciudad.</p>

<p>Y pienso en la arquitectura como un acto de amor, a veces correspondido a veces no. Nuestros proyectos, nuestro trabajo será ignorado, transformado, se resistirá, igual que las personas, igual que Caballero y Villanueva, aprendiendo a dar forma constantemente, no para dejar huella, sino intentando llegar a lo que parece inasible, la memoria, la ciudad o el amor.</p>

<p><strong>“Lo esencial es invisible a los ojos”</strong> de Antoine de Saint-Exupéry en El Principito.</p>
]]></content:encoded>
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        <media:title><![CDATA[Grattis en Gran Vía]]></media:title>
        <media:text><![CDATA[Marta Montoya Barroso]]></media:text>
        <media:description><![CDATA[Marta Montoya Barroso]]></media:description>
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        </item>
                        <item>
  <title><![CDATA[La casa de la familia Lumière]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Thu, 3 Jul 2025 10:56:43 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Marta Montoya]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Cuántas veces me han preguntado por la casa de mi infancia y por qué estudié Arquitectura. Supongo que todo está relacionado. Aquella casa, que hizo mi abuelo, en la que vivíamos toda una gran familia: hijos, nietos…y en la que fui tan feliz....]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Cuántas veces me han preguntado por la casa de mi infancia y por qué estudié Arquitectura. Supongo que todo está relacionado. Aquella casa, que hizo mi abuelo, en la que vivíamos toda una gran familia: hijos, nietos…y en la que fui tan feliz.</p>

<p>Allí estaban los despachos de trabajo de algunos miembros de la familia, relacionados con el mundo de la construcción, y entre patios, cuartos, escaleras y pisos creamos escenarios de mil aventuras. Recuerdo los juegos, el Monopoly, el Scalextric, los experimentos y cómo no, las proyecciones del Cinexin, el proyector más conocido en los años 80 en las familias españolas.</p>

<p>Y así es como he asociado esos momentos de felicidad, niñez y creatividad a la que fue la casa de la familia Lumière, a las afueras de Lyon. En un lugar poco visitado por los turistas, se encuentra la casa que hizo el padre de los hermanos creadores del cine. La villa, maravillosa, se construyó cuando el padre se convirtió en gran empresario; de tres plantas y un jardín a su alrededor que es una joyita. Historia familiar y cinematográfica. Fotos y recuerdos.</p>

<p>Un precioso edificio Art Nouveau convertido en museo, donde se aprecia la forma de vida de esta familia, sus inventos, no sólo hablamos de cine, también del resto de sus obras. Los hermanos Louis y Auguste, influidos por el padre, amaron la fotografía y así aprendieron el uso de diferentes técnicas fotográficas. La empresa familiar fue creciendo y creciendo gracias a sus inventos y llegó un día que patentaron un aparato que era cámara y proyector, el cinematógrafo.</p>

<p>Y justo al lado, lo que era la fábrica de fotografía Lumière, el hangar, lugar de trabajo perteneciente a la familia y dónde grabaron en 1895 esa primera película de 46 segundos, "La salida de los obreros de la fábrica Lumière”, todo un hito en el desarrollo del cine, donde los empleados fueron los primeros actores de la historia.&nbsp;</p>

<p>De la citada fábrica, derruida en los 70, ahora queda parte del hangar, justo la zona de salida de los trabajadores y la nostalgia del recuerdo, convertido en un centro de edición y proyección.</p>

<p>Y es allí donde cada año grandes cineastas como Yimou, Giuseppe Tornatore, Arthur Penn, Costa-Gavras, Wim Wenders, o David Lynch rinden tributo a la familia Lumière, en un encuentro donde los mismos salen por la puerta por donde salían los obreros de la fábrica, a tropel.</p>

<p>Este elemento arquitectónico básico sirve de fondo para que grandes directores de cine graben bajo el mismo plano fijo y emplazamiento una versión de esta primera película. Hablamos de Tarantino, Sorrentino o Pedro Almodóvar.</p>

<p>Arquitectura, cine y familia, recuerdos reales y mágicos de una vida.</p>

<p>«El secreto de las películas es que son una ilusión». George Lucas.</p>

<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
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        <media:title><![CDATA[La casa de la familia Lumière]]></media:title>
        <media:text><![CDATA[Marta Montoya Barroso]]></media:text>
        <media:description><![CDATA[Marta Montoya Barroso]]></media:description>
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        </item>
                        <item>
  <title><![CDATA[El oasis y las espinas]]></title>
      <category><![CDATA[Se cuenta por Madrid...]]></category>
    <link>https://www.eldiariodemadrid.es/articulo/cuenta-madrid-otros-lugares/oasis-espinas/20250525081010100912.html</link>
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  <pubDate>Sun, 25 May 2025 08:10:10 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Marta Montoya]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Qué curiosa es la vida y cómo van cerrándose los círculos. Pensando en escribir sobre arquitectos insignes que nos transformaron la ciudad de Madrid y me encuentro en Valdebebas, la calle con el nombre del que fue mi profesor en la escuela de...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Qué curiosa es la vida y cómo van cerrándose los círculos. Pensando en escribir sobre arquitectos insignes que nos transformaron la ciudad de Madrid y me encuentro en Valdebebas, la calle con el nombre del que fue mi profesor en la escuela de Arquitectura de Madrid, Fernando Higueras.</p>

<p>Para situarles, hablo del arquitecto que proyectó la llamada Corona de Espinas, ahora Sede del Instituto Cultural de España, junto con mi también más que apreciado maestro Antonio Miró. De planta circular, con una cornisa formada por grandes picos, el edificio de hormigón armado de los años 60 podría ser considerado como un ejemplo de arquitectura brutalista, sin embargo la paz, equilibrio y belleza que presenta su interior, hace tener la sensación de estar dentro de una escultura.</p>

<p>El edificio Princesa, también proyectado por ambos maestros en los años 70, viviendas para militares, en la glorieta de San Bernardo (Ruiz Jiménez), de hormigón blanco, donde las terrazas están cubiertas de hiedra, enredaderas… haciendo un edificio donde las plantas marcan el ritmo de las fachadas o ¿es al revés?, tan alegre como geométrico. El Oasis.</p>

<p>Recuerdo a Fernando Higueras, con su barba ya blanca, en esa gran aula de proyectos, donde entraba la luz, en el viejo edificio de Arquitectura, donde habló de las 10 residencias de artistas en El Pardo, proyecto con el que ganó el premio nacional de arquitectura ¡eso nada más terminar la carrera!. Con unas cubiertas geométricas, flexibles al tiempo, tan plásticas y protectoras al tiempo. Solidez y sensualidad.</p>

<p>Y su propio hogar, que llamaba rascainfiernos, excavado siete metros, no era una cueva, ni un lugar deprimente, todo lo contrario, su estudio-vivienda era un refugio de luz bajo tierra, donde la naturaleza y el silencio daban calma. Edificio sostenible donde los haya realizado a principios de los 70.</p>

<p>Así que el arquitecto unido a la naturaleza, vanguardista y refinado, vuelve a encontrar su sitio, sin espinas, en mis recuerdos, no como una de sus fotografías inmortales, quietas, sino como un tema tocado con su guitarra, vivo porque le seguimos recordando y alegre.</p>

<p>"Todo es diseño, ¡todo!" dijo el arquitecto Paul Rand&nbsp;</p>

<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
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        <media:title><![CDATA[El oasis y las espinas]]></media:title>
        <media:text><![CDATA[Marta Montoya Barroso]]></media:text>
        <media:description><![CDATA[Marta Montoya Barroso]]></media:description>
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        </item>
                        <item>
  <title><![CDATA[Maestro mayor y fontanero del ayuntamiento]]></title>
      <category><![CDATA[Se cuenta por Madrid...]]></category>
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  <pubDate>Thu, 27 Feb 2025 13:23:50 +0100</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Marta Montoya]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Ventura Rodríguez no sólo es el nombre de una céntrica estación de metro de Madrid, sino que fue un colega mío, del siglo XVIII, arquitecto municipal, antes denominado con los bonitos títulos de Maestro Mayor de Obras de Madrid y de sus Fuentes y...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Ventura Rodríguez no sólo es el nombre de una céntrica estación de metro de Madrid, sino que fue un colega mío, del siglo XVIII, arquitecto municipal, antes denominado con los bonitos títulos de Maestro Mayor de Obras de Madrid y de sus Fuentes y Viajes de Agua. Me encanta pensar que esta fue una profesión de grandes, respetados y comprometidos arquitectos.</p>

<p>Ventura trabajó en la construcción del Palacio Real durante la friolera de 25 años, primero como dibujante o delineante, con 18 años, hasta conseguir ser arquitecto de la Corte, encargado de diseñar la Capilla Real (sita en el Palacio Real, se considera uno de los espacios más espectaculares del mismo).</p>

<p>Amó y vivió Madrid y esto no sólo se refleja en los edificios que construyó o proyectó, sino en el urbanismo de la ciudad, tal vez por eso tiene un medallón en la fachada del Museo del Prado.</p>

<p>Damos un paseo por el centro de Madrid y nos encontramos con el Palacio de Liria, el Monasterio de la Encarnación (que fue demolido en el periodo de la desamortización, luego reconstruido), vemos Iglesias como la de San Marcos, San Sebastián o la Colegiata de San Isidro… y llegamos al puente más antiguo que tiene Madrid y que todo alumno de arquitectura ha dibujado en carboncillo nada más empezar la carrera. Hablo del puente de Segovia, con sus nueve arcos de medio punto, que muchísimos años después todavía tengo en mi memoria, trazo a trazo, yo también empezando a vivir en Madrid y a conocer esta bella profesión.</p>

<p>Pero lo que me genera una envidia sana, son las fuentes que creó, desde el símbolo de la capital de España, La Cibeles, pasando por la segunda más conocida, Neptuno y unas cuantas que se encuentran en el paseo del Prado, con bonitos nombres como la Alcachofa o Apolo.</p>

<p>“La arquitectura debe hablar de su tiempo y lugar, pero anhelar la eternidad” decía Frank Gehry.</p>
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        <media:title><![CDATA[Maestro mayor y fontanero del ayuntamiento]]></media:title>
        <media:text><![CDATA[Marta Montoya Barroso]]></media:text>
        <media:description><![CDATA[Marta Montoya Barroso]]></media:description>
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                        <item>
  <title><![CDATA[Géminis en el arte]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Mon, 11 Nov 2024 09:58:15 +0100</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Marta Montoya]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Soy Géminis, cosas de los astros o del amor, se dice que tenemos doble personalidad, amantes del cambio y de lo nuevo, imaginativos. La dualidad en el arte y en la arquitectura. 

 La mejor versión de los artistas que duplicaron y llegaron al...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Soy Géminis, cosas de los astros o del amor, se dice que tenemos doble personalidad, amantes del cambio y de lo nuevo, imaginativos. La dualidad en el arte y en la arquitectura.</p>

<p>La mejor versión de los artistas que duplicaron y llegaron al éxito total, parece que por siempre jamás, fue Warhol, con sus reprografías y juegos de color basándose en una única imagen, poderosa y elocuente.</p>

<p>En el cine, la película “Duplicity”, dirigida por Tony Gilroy en el 2009, nos muestra la doble ética del poder. El film “La Doble vida de Verónica”, de Kieslowski, con un inquietante argumento sobre dos desconocidas exactamente iguales, o la película “Géminis”, cuyo protagonista Will Smith tiene que luchar contra sí mismo, todas ellas ejemplos de dualidad.</p>

<p>Y por ello, hablaré de la arquitectura dual, no la copia, sino el juego entre la semejanza y la diferencia.</p>

<p>Empezaré por <strong>las casas de vacaciones Trubek y Wislock</strong>, diseñadas en 1970 por Scott-Brown y Robert Venturi, pareja de arquitectos géminis. Tienen forma parecida, materiales iguales, pero detalles diferentes. Dentro de una construcción postmodernista, forman parte de la historia de la arquitectura, juegos racionales.</p>

<div class="image-inbody-center">
<figure class="image"><img width="276" height="183" alt="Casas de vacaciones Trubek y Wislock - Géminis en el arte" src="/media/eldiariodemadrid/images/2024/11/11/2024111109552961172.jpg" />
<figcaption>Casas de vacaciones Trubek y Wislock - Géminis en el arte</figcaption>
</figure>
</div>

<p>Otro ejemplo nos lo encontramos en <strong>las torres de la Marina</strong> en Chicago, del arquitecto Bertrand Goldberg. Ambas con 65 plantas, reconocidas por su forma de mazorca de maíz. En su momento la primera torre fue el edificio de hormigón armado más alto del mundo, hablamos del fin de la Segunda Guerra Mundial.</p>

<p>Y el tan estudiado y venerado por todos, el arquitecto alemán Ludwig Mies Van der Rohe, nos deleita con dos edificios deslumbrantes; el <strong>Seagram Building</strong> de Nueva York, esa empresa de ginebras conocida por casi todos, símbolo del poder y conocido por su polémica construcción en 1958, y el <strong>One Charles Center</strong> en Baltimore, edificio de oficinas inaugurado en 1962. Estos edificios presentan fachadas muy parecidas, revestidas de una estructura metálica y vidrio, ambos muy elegantes, que marcan el estilo arquitectónico modernista, y ambos escenarios de películas, una de ellas precisamente es Duplicity.</p>

<div class="image-inbody-center">
<figure class="image"><img width="512" height="288" alt="Géminis en el arte" src="/media/eldiariodemadrid/images/2024/11/11/2024111109562245471.jpg" />
<figcaption></figcaption>
</figure>
</div>

<p>Esta duplicidad se usó en varios edificios del post modernismo, y también lo encontramos en las viviendas del arquitecto Robert A.M. Stern, como las residencias <strong>Chilmark</strong>. Algo más cerquita, en nuestras queridas islas Baleares, en Mallorca, <strong>Can Lis y Can Feliz</strong>, las viviendas diseñadas por Jørn Utzon como sus propias residencias. Como dije, no es copiar, es un juego de diferencias, casi idénticas pero únicas.</p>

<p>El tema del doble y sus infinitas variables, que inquieta a la antropología, a la psicología y la filosofía… visto de manera angustiosa muchas veces en la cinematografía y espero que sólo de manera fantasiosa les haya parecido en la arquitectura, sin pensar mucho en qué nos traerá la tan comentada inteligencia artificial.</p>

<p><strong>«La imaginación es más importante que el conocimiento. El conocimiento es limitado y la imaginación circunda el mundo» Albert Einstein.</strong></p>

<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
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        <media:text><![CDATA[Marta Montoya]]></media:text>
        <media:description><![CDATA[Marta Montoya]]></media:description>
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