No hay mundo nuevo sin un nuevo lenguaje, de ahí que la utopía vaya asociada al viaje y se entienda como la posibilidad de acceder a lo desconocido. Desde 1516, año en que se publicó la obra del canciller inglés Tomás Moro, De optimo rei publicae stata sive de nova insula Utopia, donde se presenta el sueño de un Estado mejor como una especie de fábula marinera, en la que el sueño de vivir de acuerdo con la naturaleza, eliminando la propiedad y practicando el sentido de la tolerancia, no sólo prolonga las doctrinas epicúreas de la virtud y el placer, sino que además defiende un comunismo aristocrático, convirtiendo el privilegio de unos pocos en derecho de muchos (“Con todos sus defectos, la Utopía sigue siendo la primera descripción en la Edad Moderna del sueño democrático-comunista”, afirma Ernest Bloch en el Principio esperanza, II, p.83), el sueño utópico de quien quiere lo que no tiene no ha dejado de afectar a todas las esferas del saber. Esta libertad social de la utopía, defendida por Erasmo en sus Colloquia y por Campanella en su Civitas solis, va en contra del mantenimiento del orden burgués, cuya organización lógica, externa e impuesta, no permite conformarse con lo existente y, en su búsqueda de la plenitud, hace que lo social se sustituya por lo natural, desde los escritos de Grocio hasta los de Rousseau, y el lenguaje se vea cada vez más como una potencialidad anticipadora. Allí donde el pasado y el porvenir conviven en la plenitud del instante, se desliza ligero el sueño de la utopía, lejano y radiante, liberando el denso flujo de la memoria, que vuelve de lo vivo lejano, y abriéndose al deseo de una nueva vida, pues el que sueña no queda atado a ningún lugar. En cuanto la utopía se forma en lo incompleto, no puede tener un rasgo esencial uniforme, sino que aspira a concebir lo diverso como totalidad, siendo este espíritu totalizador el que mantiene la tensión entre el aquí y el allá, elevando lo efímero a lo eterno, pues lo propio del arte es relacionar todo con todo. Al alejarse de lo inmediato y apuntar a lo incondicionado, lo utópico se muestra como imagen de la redención, salvando los fragmentos del pasado y abriéndose paso hacia la más plena realidad.
Al carecer de lugar propio, la utopía se muestra ubicua, como enigma velado, que debe desprenderse de su máscara. Y así, lo que revelan sus distintas imágenes, el “vellocino de oro”, recuerdo del paraíso perdido; “el árbol de la vida” en el gótico; y el “movimiento de la mano” en la pintura moderna, es un paisaje desiderativo, claramente utópico, donde lo indeterminado se percibe antes que su propia manifestación. Tal anticipación inacabada hace que lo utópico se vislumbre en figura alegórica, según vemos en la “rosa celeste” de Dante, cuya analogía con la esfera solar hace que su circularidad aparezca como expresión de la plenitud. La utopía se concentra así en el caminar hacia adelante, pues la imperfección de lo creado, percibida como el reino de lo posible, debe ser cumplida y realizada. De este modo, lo utópico debe entenderse como una transferencia del deseo a la realidad, visible en la imagen de la flor que abre los cielos, tal como pensaba la mística cristiana, o el despertar de la aurora como signo de un nuevo comienzo. En el arco que se tiende del pasado al futuro, cuya tensión conforma una dimensión vacilante del lenguaje, la utopía habita en el riesgo de lo incompleto, en recuperar algo que hemos perdido y estimula la creatividad. En el fondo, el utópico es un soñador que cultiva el deseo y la esperanza, aquello que todavía no existe, pero podría existir.