Hay momentos en la vida en los que uno deja de ser persona y pasa a ser un bulto con pulso, una especie de naufragio con pañal. A mí me ocurrió cuando el COVID severo me dejó sin poder andar. En la habitación del hospital San Juan de Dios —que aprovecho para decir que me trató con la misma excelencia que la sanidad pública que elogié hace poco— tenía un compañero en idéntica ruina física. Se llamaba Alfonso.
Los dos empezamos rehabilitación para recuperar la marcha. Yo avanzaba un poco; él, nada. Se desesperaba. Tenía que agarrarse a la cama para no venirse abajo, como si el suelo fuese un enemigo antiguo. Un día me enteré de que había sido legionario. Y entonces, cuando nos quedábamos solos y yo ensayaba algún paso torpe, le animé a unirse al intento. Para darle impulso, le canté unas estrofas de El novio de la muerte. A grito pelado.
Debía de ser un espectáculo bochornoso: dos “piltrafillas” humanas, con goteros y pañal, intentando caminar mientras entonábamos aquello de:
“…Soy un hombre a quien la suerte hirió con zarpa de fiera.
Soy un novio de la muerte que va a unirse en lazo fuerte
con tal leal compañera…”
Y, sin embargo, funcionaba. Al cantarlo, algo se le encendía por dentro. No avanzaba mucho, pero cambiaba su semblante, como si la marcialidad perdida regresara por un instante a ocupar su sitio en los huesos.
Superamos el COVID. A él se lo llevaron a una residencia y nunca supe más. Yo recuperé la movilidad, pero a partir de entonces entendí muy bien lo de la “zarpa de fiera”: cáncer de riñón, párkinson, bloqueo en la marcha, insuficiencia renal… La vida, cuando decide ponerse creativa, tiene un repertorio amplio.
A veces, por las noches, oigo en sueños la siguiente estrofa del himno, como si alguien me la susurrara desde la puerta:
“…que va a unirse en lazo fuerte con tal leal compañera…”
Pero cuando me despierto, siempre le digo lo mismo: que todavía es pronto para eso del matrimonio, que podemos alargar un poco más la etapa del noviazgo. Que aún queda camino, aunque sea a pasitos torpes, como aquellos que Alfonso y yo intentábamos dar mientras cantábamos para no rendirnos.