En la muy mojigata cultura actual las fronteras, las murallas y las barreras tienen siempre muy mala prensa. No son raros los tertulianos, los políticos y hasta los clérigos que se muestran partidarios de tender puentes antes que de levantar muros, como si estuvieran descubriendo el Mediterráneo. Claro que sí, lo ideal es llevarse bien con el que vive al lado, tan bien que uno le pueda entregar las llaves de su casa, pero con razón dice el refrán que “buenas vallas hacen buenos vecinos”. En cualquier caso, a todos nos parece estupendo que se abran las barreras en Ayamonte, en Irún o en Port Bou. Pero resulta evidente que Ceuta no puede estar en esa ecuación; y no por una cuestión de racismo.
En el Derecho romano, con su realismo habitual, los límites son esenciales no solo para determinar los contornos visibles (e inviolables) de la propiedad inmueble, sino para establecer el perímetro de las ciudades. Construir una ciudad, con toda la carga civilizatoria que ello tenía -por su foro, sus templos, sus magistrados y sus instituciones- se resume diciendo que “se erigen murallas”, y para ello era esencial trazar lo que se llamaba un “pomerium” infranqueable con precisión milimétrica. Y luego estaba el “limes” del “Imperium”, fortificado y militarizado, que garantizó la integridad del territorio imperial al menos hasta el siglo IV.
Aunque la sociedad actual, con su infantilismo patológico, no lo crea, las murallas son muy necesarias para separar la civilización de la barbarie, porque ambas cosas son incompatibles. Pero es verdad que, desgraciadamente, los bárbaros suelen encontrar a la larga los mecanismos necesarios para saltarse las barreras, aunque no lo suelen hacer por sus propios medios. Normalmente se aprovechan de la ayuda que le presta algún “civilizado”, ingenuo o corrupto (o ambas cosas a la vez), que les permite el paso, ya sea favoreciendo un “caballo de Troya”, o por razones “humanitarias” (como supuestamente hacen nuestras ONG) o bien favoreciendo un tratado de alianza que autoriza a los bárbaros a instalarse dentro del territorio, como hicieron las autoridades romanas a partir de Teodosio. Así quedó legalizada la entrada de las tribus germanas como “federados” dentro del Imperio. Lo cual significó el fin de Roma.
A pesar de que la izquierda, con su demagogia habitual, despotrica continuamente de todos los muros, el más famoso de ellos es el construido en Berlín a manos de los comunistas. Este no tenía por objeto protegerse de los bárbaros, sino evitar por todos los medios que su propia población se fugara al “extranjero”. Tal muro era lo más parecido a las tapias de una prisión, tapias que, por cierto, también son necesarias. Sobre todo, si los reclusos allí encerrados han sido condenados en justicia por crímenes objetivamente graves.
España es un Estado de Derecho que merece ser defendido, básicamente porque los vecinos del sur están reclamando la propiedad de parte de nuestro territorio y nos están presionando de forma hostil e ilegal. Por eso, blindar las fronteras de Ceuta y Melilla es la mejor manera de empezar a tener una buena vecindad con ellos. Como ven, soy un ultra y un extremista.