Estudiaba arquitectura cuando pisé por primera vez Carabanchel con intención de leerlo, no de cruzarlo. Recuerdo un ejercicio de proyectos en el que debíamos imaginar vivienda social contemporánea en los márgenes de Madrid. Mientras otros elegían solares abstractos, yo volví a esas calles donde el ladrillo no es solo material, sino relato acumulado. Allí entendí que Carabanchel no se proyecta: se descifra.
Su origen no responde a un gesto único, sino a una línea de tiempo discontinua. Hasta mediados del siglo XX, Carabanchel Alto y Bajo eran municipios independientes, con construcciones de baja densidad: tapial, adobe, cubiertas inclinadas y patios que ordenaban la vida doméstica. En 1948, su anexión a Madrid marcó el inicio de una transformación acelerada. La ciudad crecía hacia el sur con urgencia: había que alojar, y rápido.
Los años 50 y 60 consolidaron un urbanismo de repetición. Colonias como Pan Bendito introdujeron bloques lineales, con orientaciones pragmáticas y materiales económicos: ladrillo, forjados sencillos, carpinterías mínimas. El coste monetario era bajo, pero el coste urbano era alto: calles sin urbanizar, ausencia de equipamientos, transporte insuficiente. La arquitectura resolvía la urgencia; el urbanismo llegaba después, si llegaba.
En la escuela hablábamos de tipologías, de densidad y de la herencia del movimiento moderno. Sin embargo algunos barrios como Carabanchel tenían otros ritmos y herencias.
Durante el franquismo, la vivienda social fue instrumento de orden más que de calidad urbana. Aun así, el vecindario hizo lo que la planificación no alcanzaba: organizar redes, reclamar escuelas, construir comunidad. Esa dimensión, la del habitar colectivo, sigue siendo hoy uno de los mayores patrimonios del barrio.
A finales de los 90, el PAU de Carabanchel introdujo otra escala y otro lenguaje. Más de 11.000 viviendas, nuevas avenidas, zonas verdes proyectadas desde normativa contemporánea. Recuerdo analizar en clase proyectos de vivienda colectiva firmados por estudios emergentes, algunos influenciados por concursos europeos como Europan, donde la vivienda social se pensaba desde la flexibilidad y los espacios comunes. En el PAU aparecieron fachadas ventiladas, hormigón visto, mayor atención a la orientación y a la eficiencia energética. Pero también surgieron otros costes: urbanizaciones que añadían multiplicaban el coste normal de las mismas por habitante en infraestructuras, además de años de retrasos administrativos.
En los últimos años se han intentado corregir desequilibrios históricos. La renovación de espacios públicos, la mejora de ejes como la avenida de la Peseta o la inversión en equipamientos culturales y deportivos han supuesto decenas de millones de euros. Proyectos de rehabilitación energética en bloques antiguos (con sustitución de envolventes, aislamientos y carpinterías) en parte subvencionados cambian la imagen del barrio. También se han impulsado planes de reurbanización y accesibilidad que, aunque menos visibles, transforman la vida cotidiana: aceras más anchas, mejor iluminación, espacios estanciales.
Y, sin embargo, lo más valioso sigue siendo intangible. Carabanchel mantiene una identidad vecinal fuerte, construida desde la escasez y la cooperación.
Carabanchel, al final, es una lección para quien proyecta: nos recuerda que la ciudad no es solo forma.
Como escribió Italo Calvino: “La ciudad no dice su pasado, lo contiene como las líneas de una mano”.