“Bien mirado, el mundo ha dejado de pensar en la muerte. Creer que no vamos a morir nos hace débiles, y peores.”
Arturo Përez-Reverte
Considero que el concepto que se tiene de la vida no es el correcto. Tal vez esto responda a los tiempos, a las circunstancias del presente, a la caída en picado de las formas en el comportamiento y, por supuesto, de aquello que las respalda desde el fondo. No puede existir una educación auténtica que haga posible la convivencia sin crispación ni polarización si, por la base, se han perdido los principios. Queda entonces solo una simulación, una especie de obra de teatro en la que los actores no son precisamente de método, dado que se nota abiertamente la actuación guionizada. El papel está pautado; y lo está por quienes tienen interés en que el enfrentamiento no acabe jamás, pues consideran que, en ese escenario, algún beneficio personal pueden obtener. El carecer de armas para no hacer caso absolutamente a nada de lo que se presenta y considerar solo, atendiendo a la razón y a la moral personales, lo que cada uno llegue a estimar como cierto, es el pilar maestro que hace posible la actual y decadente deriva humana. Es tan manifiesto lo que hoy pasa que se reniega -en apariencia- del adoctrinamiento y, sin embargo, es lo que se está haciendo las veinticuatro horas del día sin parar, alterando hechos, omitiendo otros o las dos cosas a la vez.
A esta pérdida de valores se une una cuestión relevante: la creencia de inmortalidad.
A pesar de ser uno de los asuntos determinantes del pensamiento -el más importante, desde mi punto de vista, porque forma parte de la definición del ser humano- hoy en día parece que nadie es consciente (o no quiere serlo) del destino que nos espera. No me refiero a tener presente, en cada minuto de la vida, a la fatalidad. La vida es para ser vivida y para crear una historia. Me refiero a no olvidar que nuestro paso es precisamente eso: un paso. Si se tomara conciencia de que, en verdad, lo que hacemos es recorrer un camino y no echar raíces materiales y eternas (lo que es una contradicción absoluta con nuestra propia condición) sin duda habría un entendimiento de la realidad muy distinto. Y las actitudes en lo público y en lo privado serían otras. Porque el materialismo, el afán por la propiedad, por la acumulación de bienes muebles e inmuebles, o por el poder, directamente desaparecería. Habría una conciencia de disfrute, no de tenencia. Llegará un momento en el que no tendremos nada, salvo -en su caso- una personalidad forjada durante la vida por la experiencia, por la cultura y por todo lo que se haya podido aprender realmente durante el tránsito. Lo material se quedará -tampoco para siempre- y el “dueño” se irá.
Mientras no se vuelva la mirada hacia atrás con un mínimo interés por una serie de lecciones que hace siglos ya se enseñaron y que tampoco genera un especial entusiasmo el que hoy se recuerden por parte del poder, pues es mucho más fácil dirigir al rebaño en su ausencia y manteniendo una tensión absurda basada en lo simple y primitivo, aquel viaje que emprendió el peregrino no será, en absoluto, el que hagamos nosotros. Su viaje, su peregrinación, fue de trascendencia, de mejora, de búsqueda de la identidad genuina, dejando todo atrás. Nuestro viaje, aparte de dirigido, será errático y con la única y triste finalidad de intentar decir – no sé ante quién ni para qué-, sin poder hacerlo, que eres el más rico de entre los ricos del cementerio.