Zarabanda

Un día de invierno en Veruela con Gustavo Adolfo Bécquer

Un sábado de finales de diciembre de 1990, a primera hora de la mañana,  llegué a Vera del Moncayo, un pueblecito zaragozano de 318 habitantes (censo, 2025). Iba a reencontrarme con Gustavo Adolfo Bécquer en el monasterio de Santa María de Veruela, situado a sus afueras,  en el Somontano del Moncayo y junto al rio Huecha.

Hacía frío, las apretadas nubes impedían el paso del sol,  la neblina difuminaba los contornos y un ligero cierzo, que cortaba como un cuhillo, me helaba los huesos. Graznidos de cuervos y grajillas rompían la soledad y el silencio. 

Divisé el monasterio, con su hexagonal muralla, y hacia él me dirigí. Pero el frío y el hambre me aconsejaron entrar antes en La Corza Blanca para desayunar y calentarme. Satisfecho mi apetito y reconfortada, saqué del bolso el libro que me acompañaba: "Desde mi celda". Nueve cartas literarias que Gustavo Adolfo había escrito en esos lugares, y que publicaría en "El Confidencial", del que era redactor desde 1860, del 3 mayo al 6 de octubre de 1864. Lo abrí por la carta primera y dejé que su prosa, brillante, poética y precisa, me invadiera:

"Queridos amigos: heme aquí transportado de la noche a la mañana a mi escondido valle de Veruela..., cuya melancólica belleza impresiona profundamente,  cuyo eterno silencio agrada y sobrecoge a la vez...

"Ayer, con vosotros en la Tribuna del Congreso, en la redaccion, en el Teatro Real, en "La Iberia"; hoy...sentado a la lumbre de un campestre hogar, donde arde un tronco de carrasca que salta y cruje antes de consumirse, saboreo en silencio mi taza de café, único exceso que en estas soledades me permito, sin que turbe la honda calma que me rodea otro ruido que el del viento que gime a lo largo de las desiertas ruinas y el agua que lame los altos muros del monasterio o corre subterránea atravesando sus claustros sombríos y medrosos."

El poeta residió en Veruela con su mujer, sus hijos, su hermano Valeriano, y los hijos de éste, desde finales de diciembre de 1863 hasta julio de 1864. Se alojaron en el antiguo monasterio, desamortizado desde 1835, y dividido en seis partes, en una de las cuales, donde estaban las celdas, se había instalado una modesta y barata hostelería. Gustavo buscaba mejorar su deteriorada salud, padecía de sífilis y de tuberculosis, en aquel lugar, cuyos atractivos conocía. Lo había visitado durante sus estancias en Soria, en casa de su tío Curro, y sus veranos en el pueblo de su mujer, Noviercas, a 55 kilómetros de Veruela. 

 El invierno fue duro.  Los dibujos de su hermano  lo atestiguan.

"Cuando sopla el cierzo, cae la nieve, o azota la lluvia los vidrios del balcón de mi celda, corro a buscar la claridad rojiza y alegre de la llama". " Mientras dura el frío, la cocina es el estrado,  el gabinete y el estudio". Nos confiesa en su Carta I.

La primavera y el verano serán más benignos. "Casi un ciclo anual completo de la zona, plasmado en excelentes apuntes por el pintor (Valeriano) y en meditativas cartas por el poeta. Tanto el uno como el otro empeñados en reunir la variedad de imágenes y de voces de aquel entonces aislado rincón aragonés " (Jesús Rubio Jiménez. "Los Bécquer en Veruela", "Un viaje artístico". Colección Boira. Zaragoza 1990).

Antes de entrar en el monasterio y visitar su iglesia,  quise recordar la impresión que que le produjo a Gustavo su magnificencia y abandono:

"Figurese usted una iglesia tan grande y tan imponente como la más imponente y más grande de nuestras catedrales...; de las robustas bóvedas cuelgan aún las cadenas de metal que sustentaron las lámparas...; entre los pilares se ven las estacas y los anillos de hierro de que perdían las colgaduras...; entre dos arcos existe todavía el hueco que ocupaba el órgano; no hay vidrios en las ojivas que dan paso a la luz; no hay altares en las capillas; el coro está hecho pedazos; el aire que penetra sin dificultad por todas partes gime por los ángulos del templo y los pasos resuenan de un modo tan particular,  que parece que se anda por el interior de una inmensa tumba".

" Allí, sobre un mezquino altar...alumbrado por una lamparilla de cristal con más agua que aceite...se distingue la Santa Imagen " (Carta IX).

Cuando penetré en el monasterio y entré en su iglesia, felizmente restaurada, sentí su grandiosidad y el paso de la historia. Recorrí sus naves y me acerqué al altar mayor a saludar a la pequeña y santa imagen policromada de Santa María de Veruela,  "La Aparecida". Después salí al magnífico claustro gótico siglo XIV,  que sustituyó al primitivo, destruido en la Guerra de los Pedros ( de Castilla y de Aragón), en busca de la tumba del fundador del monasterio, Don Pedro de Atarés,  Señor de Borja, "una losa negra,  sin inscripción, y con una espada groseramente tallada" (Carta IX).

Los primeros monjes llegaron a Veruela,  procedentes de la abadía francesa de Scala Dei, en 1171, y aquí construyeron el primer monasterio cisterciense  de Aragón. Además roturaron sus campos e introdujeron el cultivo de la vid y la viticultura. El edificio se fue construyendo y ampliando desde el XII al XVII, propiciando la coexistencia de varios estilos: cisterciense en la iglesia, gótico en el claustro, renacentista en las reformas de don Hernando de Aragón, y barroco en el Monasterio Nuevo.

A fines del siglo XX,  en 1994, se inauguró, donde antes estuvo el palacio abacial, el Museo del Vino del Campo de Borja, el más antiguo de Aragón y uno de los más antiguos de España. Hoy, las obras continúan, en la primavera de este año 2026 va a abrirse un Parador. Podremos descansar, comer, dormir, leer, escribir, soñar...,donde lo hicieron Gustavo Adolfo y Valeriano.

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