Recibir un año nuevo en la Ciudad de México no es un gesto neutro ni meramente cronológico. Es una experiencia de conciencia. En esta urbe que nunca duerme del todo, donde las luces persisten aun cuando el calendario cambia, el tiempo no se renueva por decreto: se repliega, se superpone, insiste. Por eso, comenzar el 2026 en la Ciudad de México implica algo más que cerrar un ciclo; supone aprender a habitar el instante con lucidez. Como escribió Antonio Machado: “Hoy es siempre todavía”. El presente no es una frontera, sino una permanencia.
La ciudad enseña esta lección de manera contundente. En ella, el pasado no desaparece: se vuelve calle, edificio, memoria colectiva. Cada año que comienza se superpone a otros años, a otras vidas. En este sentido, el año nuevo no inaugura una tabula rasa, sino una continuidad consciente. La Ciudad de México no promete empezar de cero; ofrece, más bien, la posibilidad de empezar de nuevo desde lo vivido.
G. K. Chesterton lo expresó con claridad: “El propósito del Año Nuevo no es disponer de un año nuevo. Es afrontarlo con un alma nueva”. En una ciudad atravesada por contradicciones —celebración y duelo, multitud y soledad— esta afirmación adquiere una resonancia particular. Aquí, el alma se renueva por resistencia. La ciudad obliga a mirar de frente lo que somos, a atravesar lo viejo sin negarlo, a aceptar que la transformación no consiste en borrar, sino en reinterpretar.
La literatura ha sabido leer este pulso urbano, para el escritor Jaime Sabines, la ciudad no fue un escenario espectacular, fue un espacio de intimidad compartida, en su poesía fue posible sentir que incluso en la multitud es posible el recogimiento, que el amor y la muerte —las grandes experiencias humanas— ocurren en cuartos, calles, cines, parques. Esa misma conciencia es la que exige el año nuevo en la ciudad: no la euforia vacía, sino la atención al detalle, al cuerpo, al sentido de lo otro o del otro.
Comenzar un nuevo año aquí es, también, aceptar la fragilidad. L. M. Montgomery escribió: “¿Acaso no es lindo pensar que mañana es un nuevo día con ningún error en él todavía?”. Pero la ciudad matiza esta esperanza: el mañana llega cargado de historia, de errores heredados, de responsabilidades colectivas. Y, sin embargo, esa carga no cancela cada nueva posibilidad.
Alfred Tennyson lo formuló como un rito simbólico: “Que se vaya lo viejo, qué venga lo nuevo… Qué se vaya lo falso, qué venga lo verdadero”. En la Ciudad de México, este tránsito no es silencioso. El ruido de los aviones sobre el cielo a toda hora, el tránsito de coches y camiones, los gritos o los ruidos nocturnos no esconden la conciencia de lo que persiste. Lo falso y lo verdadero conviven; lo nuevo se construye sobre ruinas visibles. Tal vez por eso el año nuevo aquí no se recibe con ingenuidad, sino con una lucidez ganada a fuerza de experiencia.
Para recibir el año nuevo desde la Ciudad de México no basta tener la conciencia serena: hace falta también el fuego. Ese impulso vital que Nahui Olin encarnó como nadie y que vuelve urgente el comienzo. Porque empezar un año es también dejarse agitar por una fuerza interior que no acepta la quietud. “¿Quién te agita, oh, espíritu mío? ¿Es el amor? Es la sed feroz de comprender”. Así se recibe el tiempo nuevo, con hambre de sentido, con la voluntad de atravesar el vacío hasta sobrepasarlo, vivir es un movimiento perpetuo, una combustión que no se apaga. “Mi espíritu tiene siempre loca sed… de crear, poseer y destruir con otra creación de mayor magnitud”. Esa sed —indómita, irreductible— es la que puede guiarnos al iniciar el año: crear sin miedo a romper, avanzar sin nostalgia paralizante, aceptar que toda renovación exige una pérdida. La ciudad, como el espíritu, se destruye y se rehace cada día; por eso es el lugar propicio para comenzar de nuevo con intensidad, sin domesticar el deseo.
Recibir el año desde esta mirada implica asumir una identidad en movimiento. El año nuevo no tiene un inicio absoluto: es continuidad en transformación. Recibir el 2026 en esta ciudad es aceptar que el tiempo no se inaugura, se habita, el instante permanece, se renueva, el presente es un quehacer constante en transformación.
La Ciudad de México, con su intensidad incesante esplende el año nuevo que comienza con una conciencia eterna, que ilumina el pensamiento en cada movimiento nuevo del espíritu y la forma, irradiando luz desde la sabiduría y el riesgo, no como quienes esperan que el tiempo cambie solo, sino como quienes se atreven a arder para que algo verdaderamente nuevo comience.