El siglo XX obligó al pensamiento a enfrentarse con una pregunta insoportable: ¿cómo fue posible el mal? No ya el mal como excepción demoníaca, sino como procedimiento, como norma, como administración. En este punto, la reflexión de Hannah Arendt y la de María Zambrano se encuentran desde lugares distintos, pero convergentes, como dos miradas que interrogan el mismo abismo.
Arendt formula su célebre concepto de la banalidad del mal tras asistir al juicio de Adolf Eichmann en Jerusalén. Lo que la estremece no es la monstruosidad del acusado, sino su normalidad. Eichmann no aparece como un demonio, sino como un funcionario incapaz de pensar por sí mismo, refugiado en el lenguaje administrativo y en la obediencia a la ley.
“El mal puede resultar extremo y, sin embargo, carecer de profundidad”. (Hannah Arendt)
La banalidad del mal designa una incapacidad de pensar, de juzgar, de detenerse ante la consecuencia moral de los propios actos. El crimen se vuelve procedimiento; la muerte, expediente; el exterminio, logística.
Arendt distingue así entre el mal radical —el proyecto totalitario que busca borrar la humanidad misma— y la banalidad con la que ese mal se ejecuta cotidianamente por hombres y mujeres “normales”. El peligro no reside solo en la ideología, sino en la ausencia de juicio, en la renuncia a la responsabilidad del pensar.
“Pensar es ese diálogo silencioso que cada uno mantiene consigo mismo”.
Por otro lado María Zambrano aborda el mal desde otra hondura, menos política en apariencia, pero no menos radical. Para ella, el mal es una fractura interior: la escisión entre razón y vida, entre palabra y afecto, entre mundo y sentido. Allí donde el pensamiento se separa de la experiencia vivida, el mal encuentra terreno fértil, entonces pone al descubierto aquello que atraviesa toda existencia humana: la dimensión de los afectos, históricamente relegada por la filosofía en su obsesión por separar sensibilidad y razón. La razón poética surge como intento de rehabilitar esa zona oscura, vulnerable, donde se gestan tanto la violencia como la compasión.
“La razón que no se hace cargo del padecer se vuelve cruel”.
Frente al funcionario arendtiano que obedece sin pensar, Zambrano ve al sujeto moderno como alguien que ha anestesiado su sentir, incapaz de escuchar el temblor ético que precede a toda decisión verdadera, Zambrano reconoce una forma peculiar de relación con el mundo: una tabuización del entorno, un dogmatismo afirmativo que postula la divinidad del mundo visible, o más aún, su maternalización, volviendo al intelecto impotente para pensarlo críticamente. Zambrano es consciente de este peligro y por ello su razón poética se mantiene en el umbral, en la vigilia del claro.
Epicteto, escribe: “No es lo que te ocurre, sino cómo reaccionas lo que importa”, frente al mal, ni Arendt ni Zambrano ofrecen alivio. Ambas saben que la única resistencia posible es el pensar, entendido como un ejercicio ético de atención.
En Arendt, pensar es juzgar; en Zambrano, es sentir con lucidez. Una piensa la responsabilidad política; la otra, la responsabilidad del alma. Ambas denuncian el mismo peligro: la renuncia a la interioridad; ante una realidad inherente y cotidiana ¿cómo actuamos cada uno de nosotros ante el mal?