A veces las ideas más interesantes aparecen donde menos se esperan, no solo en la rebotica. Por ejemplo, entre un libro de física y una novela de ciencia ficción.
Sentado en un banco, estaba leyendo a Erwin Schrödinger en ¿Qué es la vida? De repente, la termodinámica me evocó la Psicohistoria de Hari Seldon en “La Fundación” de Asimov.
A primera vista parece una asociación absurda. ¿Qué podría tener en común una disciplina que describe el comportamiento de los gases con una ciencia inventada capaz de predecir el futuro de civilizaciones enteras? Más de lo que parece.
Imaginemos un recipiente lleno de gas. Dentro hay miles de millones de moléculas moviéndose en todas las direcciones, chocando unas con otras, cambiando constantemente de velocidad y trayectoria.
Si alguien se preguntara dónde estará una de esas moléculas dentro de diez segundos, no hallaría una respuesta precisa.
Pero ocurre algo curioso, aunque una molécula concreta no sea predecible, el conjunto sí lo es. No sabemos qué hará una partícula individual. Pero sí podemos calcular la temperatura del gas, la presión, su energía media y su comportamiento global.
Es una de las ideas más poderosas de la física: cuando el número de elementos es enorme, el caos individual puede transformarse en orden colectivo.
La Psicohistoria parece construida sobre una intuición parecida. Hari Seldon no pretende anticipar lo que hará una persona concreta. No intenta responder preguntas como: ¿qué hará alguien mañana?
Intenta responder otras mucho más amplias: ¿habrá una revolución? ¿cómo migrarán poblaciones enteras? ¿puede colapsar un imperio?
La lógica es casi la misma: los individuos son impredecibles; las grandes poblaciones muestran patrones.
Y aquí es donde aparece la grieta, porque las moléculas tienen una ventaja enorme desde el punto de vista matemático: no leen periódicos, ni cambian de opinión, ni se enamoran, ni tienen miedo.
Las personas sí. Y eso cambia las reglas del juego. Porque una predicción social puede modificar el comportamiento de quienes la reciben.
Decir: “se acerca una crisis económica”, puede provocar precisamente esa crisis. O evitarla. La predicción pasa a formar parte del sistema. Y eso no ocurre con un gas.
Quizá por eso la gran fantasía de Hari Seldon no era realmente predecir el futuro, era creer que las sociedades humanas podían comportarse como moléculas y que el comportamiento colectivo acabaría suavizando las decisiones individuales.
Y ahí está la diferencia, porque las moléculas no tienen memoria, no tienen miedo y no cambian de idea a mitad de camino.
Las personas sí. Y eso significa que una predicción sobre nosotros puede convertirse en una advertencia, en una esperanza o en una decisión. Incluso, puede cambiar aquello que pretendía describir.
Y entonces surge una pregunta inevitable: si las grandes poblaciones también siguen reglas estadísticas, ¿hasta qué punto quienes manejan volúmenes inmensos de información -gobiernos, mercados financieros, plataformas digitales o grandes corporaciones- no estarán intentando construir una suerte de Psicohistoria para anticipar qué comprará una multitud, qué noticias difundirá, qué la inquietará, qué podrá hacerla cambiar de opinión o incluso cómo reaccionará ante una crisis?
La diferencia es que Hari Seldon trabajaba con una ficción matemática. En cambio, nosotros vivimos rodeados de datos reales: búsquedas, compras, desplazamientos, hábitos, clics, conversaciones.