Confieso, con sistémica resignación, que nada me produce más aturdimiento que los grupos de WhatsApp, sobre todo los de padres. No me refiero con esto a los horarios, ni a las fotos borrosas, ni tampoco a los anuncios sobre si mañana toca chándal o qué deberes hay, ¡no! Lo que realmente me estremece es el «agradecimiento masivo». Parece el rito de quienes buscan mostrar su buena instrucción escribiendo ese «gracias». Sirve cualquier mensaje —mañana entrenamiento a las 18:00— para que se desate un «tsunami» de mensajes que tambalean hasta los más sólidos cimientos del silencio.
La escena se repite de manera devastadora: —Mañana entrenamiento a las 18:00. —Gracias. —Muchas gracias. —Gracias por avisar. —Gracias, de verdad. —Mil gracias. —Supergracias. —Gracias otra vez. —Gracias por los que no pueden escribir. —Gracias por los que vendrán. —Gracias, por mí y todos mis compañeros.
Y así continúa durante mil eternos minutos. Pienso entonces que si alguien escribiese «gracias por las gracias», entonces se abriría un agujero negro supermasivo en todos los teléfonos. Mientras, vive un pequeño grupo silencioso de padres alejados de la fe en la humanidad que buscan mantener la calma temiendo una taquicardia al ver vibrar su móvil sin tregua. Parece que sufren espasmos. Pero con todo, siempre surge el máximo arrebato del entusiasmo en manos de alguno que cuelga un «emoji» supermegaideal.
Sin embargo, lo peor no es la primera oleada, en realidad es la segunda. Porque cuando el agradecedor ve que otros agradecen, siente la obligación moral de agradecer ese agradecimiento. Aquí es donde comienza la espiral: —Gracias, María. —Gracias a ti, Laura. —Gracias Begoña. —Gracias a los tres. —Gracias por agradecer. —Gracias a ti por recordarlo. —Gracias por ser así. —Qué haríamos sin ti.
Uno sabe que debe callar porque esto puede derivar en una ópera bufa con todos cantando a coro ¡gracias, gracias, gracias…! Entre tanto, veo al resto del grupo agotado y mirando como vibra el móvil sobre la mesa. En ese instante los que callamos valoramos —una vez más— salir del grupo. Y pensamos, ¿qué he hecho yo para merecer esto? Estimo que en realidad no es una cuestión de cortesía, más parece compulsión. Es una necesidad de querer anunciar que han leído el mensaje y da la impresión de que tienen miedo de que si no escriben ese «gracias», alguien se deprimirá o quizá el grupo podría pensar que es un bárbaro sin educación.
Mi humilde propuesta para estos casos es que en todos los grupos, además de un administrador, se cree la figura del «Agradecedor Único». Una persona responsable que a la vez sea un héroe, un mártir y una persona dispuesta a cargar sobre sus hombros el peso de todos los millones de «gracias» tan necesarios. Una figura que cuando llegue un mensaje, sólo él pueda responder y así, el resto, podremos respirar y vivir e incluso pensar. Ahora me imagino la escena: —Mañana hay excursión. —Gracias, responde el «Agradecedor Único». —¡Por fin!, respiramos los demás aliviados.
Si llega ese «Agradecedor Único», entonces veremos los grupos de WhatsApp con la finalidad para la que fueron concebidos, o sea, para saber y estar cerca, pero en ningún caso para tener que agradecer en cadena como si nos fuese la vida en ello.