Un gallego en la galaxia

El Casco de Leiro

José María iba a lo suyo. Nada más lejos de su imaginación que los tesoros legendarios que los moros habrían enterrado en los castros y en los manantiales, cuya mitología se ha ido esfumando entre los sedimentos folclóricos de la memoria. Su empeño era excavar los cimientos de una caseta a orillas del mar donde guarecer los aparejos del marisqueo y la pesca de bajura. Y aquel 7 de abril de 1976, su azadón dio contra una vasija de barro que en su interior escondía una lámina de oro. Pudiera haberla fundido y vendido a precio de mercado o canjeado por un cerdo, pero, consciente de que trascendía esos valores, acabó por ponerla en manos de Patrimonio y recibiendo la compensación correspondiente al hallazgo de una pieza única de nuestra prehistoria. A esta joya arqueológica se la conoce como el Casco de Leiro, siendo Leiro la parroquia de Rianxo en la que se encontró, situándola en el mapa cultural del fin del mundo.  

El casco o cuenco, con un pincho en la base o en la cima, según se mire, despliega una perfección geométrica y decorativa de círculos y rayas repujados que lo emparenta con otras piezas de factura similar encontradas en el País Vasco, Alicante, Irlanda y, sobre todo, en Alemania. Dicha similitud fue lo que permitió enmarcarlo dentro de la cultura paneuropea de la Edad de Bronce y asignarle entre los 3000 y 2800 años de antigüedad. El oro es el más inútil de los metales, pero no por ello deja de ser el rey de los demás. Su valor reside no en su escasez y peso sino en su simbolismo, pues representa al sol, señor y dador de vida. Según la astrofísica, el oro procede de la alquimia nuclear y explosiva de las supernovas. O sea que esas pepitas o filones dorados son literalmente fragmentos incorruptos del corazón de las estrellas. De ahí que sea un signo tangible e inoxidable de nuestra aspiración a la inmortalidad. 

Esas significaciones formaban parte del contexto arquetípico de las primeras civilizaciones, las cuales buscaban instintivamente una respuesta al paso corrosivo del tiempo y a su desembocadura en la mar insondable de la eternidad. De ahí los cultos a la fertilidad, que se relacionaban con el periplo solar y, especialmente, con las fases de la luna. Y todo apunta a que el denominado Casco de Leiro no era de uso militar, pues su fina lámina no hubiera sostenido el menor envite, sino más probablemente un sombrero o cuenco de tipo litúrgico o ceremonial. Cascos similares y más complejos hallados en Alemania indicarían que su decoración no era gratuita, pues servían como calendarios. O sea que su simbolismo apuntaba tanto a lo imperecedero como al ciclo astronómico de los procesos vitales en aquellos tiempos en que los dioses moraban en el seno de las tribus y no eran ajenos al destino de los hombres. 

En mi infancia, queriendo saber quién era, intenté establecer mi identidad entretejiendo las leyendas familiares. Esa empresa precoz me llevó a concluir que éramos una estirpe sin historia. Pero en ese instante de desilusión vislumbré que lo que acontecía circunstancialmente en el tiempo obedecía a patrones ancestrales de la conciencia humana que nos condenaban a repetir las mismas experiencias generación tras generación, por lo que el reto fundamental de la existencia no era sólo ser buena gente sino liberarse del tiempo. Aunque el casco siga siendo un enigma, pues su silencioso testimonio no es fácil de descifrar, no por ello deja de representar un hilo conductor. Por un lado, reitera nuestra vocación y ascendencia europeas vinculando esta ensenada arousana con el resto del continente. Y por otro revela nuestra universalidad como vasos comunicantes. Por eso quiero pensar que los que forjaron y enterraron el casco lo hicieran para simbolizar esa doble conciencia de su condición pasajera y de su destino último en el resplandor de las esferas. Porque, según T.S. Eliot, en mi fin está mi origen, y viceversa.