Pío Baroja y Nessi fue médico, panadero y uno de los mayores escritores españoles del siglo XX. Tres profesiones difíciles de combinar, salvo en España, donde uno puede estudiar medicina, acabar discutiendo con panaderos de madrugada y terminar escribiendo algunas de las mejores novelas de nuestra literatura, eso sí, si le acompaña el genio. Quizá precisamente por eso Baroja entendió tan bien al ser humano: porque le vio enfermo, hambriento y desesperado antes de verle convertido en personaje literario.
Nacido en San Sebastián en 1872, estudió Medicina en Madrid y se doctoró con una tesis sobre el dolor. Ya desde el principio aparece uno de sus grandes temas: el sufrimiento humano. Ejerció poco tiempo como médico rural en Cestona, en Guipúzcoa, experiencia que le permitió conocer la España pobre, resignada y áspera de finales del XIX. Aquella etapa dejó huella en su mirada desencantada sobre la vida y sobre el país.
El joven médico abandonó pronto la consulta para hacerse cargo de un negocio familiar junto a su hermando Ricardo: la histórica panadería Viena Capellanes, en el centro de Madrid, fundada por su tío abuelo. La tahona original estaba entonces en la calle de la Misericordia, pero el nombre “Capellanes” procedía de la vecina calle de Capellanes con la que hacía esquina, donde residían los capellanes de las Descalzas Reales. El público decía que iba “a comprar el pan de Viena a Capellanes”, y así quedó el nombre comercial. Finalmente, hacia 1902, los Baroja abandonaron definitivamente el negocio. La panadería acabaría pasando a manos de Manuel Lence, origen de la familia que desarrolló la empresa durante el siglo XX.
En la panadería conoció otro mundo: obreros nocturnos, pequeños comerciantes, buscavidas, mendigos y empleados agotados. El mostrador de una tahona puede enseñar más sociología que muchas facultades modernas empeñadas en fabricar expertos que jamás han hablado con la gente corriente.
Durante aquellos años de harina y madrugones comenzó realmente su carrera literaria. En la trastienda de la panadería formó tertulia con personajes como Azorín y Valle Inclán, y escribió Vidas sombrías (1900), una colección de relatos donde ya aparece la dureza humana que caracterizará toda su obra. Poco después llegaron La casa de Aizkorri y Camino de perfección (1902), o Silvestre Paradox, novelas marcadas por personajes inquietos, inconformes y casi siempre fracasados.
La gran explosión creativa vino después, cuando abandonó definitivamente la panadería y se dedicó por completo a escribir. Entre 1904 y 1905 publicó la trilogía La lucha por la vida: La busca, Mala hierba y Aurora roja. Pocas veces Madrid ha sido retratado con tanta crudeza. Aquellos suburbios miserables, llenos de hambre, delincuencia y supervivencia diaria, nacían directamente de lo que Baroja había visto mientras vendía pan y observaba a la clientela popular de la capital.
Más tarde llegarían obras fundamentales como El árbol de la ciencia (1911), probablemente la novela española que mejor refleja el conflicto entre inteligencia y desencanto. Su protagonista, Andrés Hurtado, médico como Baroja, descubre que conocer al hombre no conduce necesariamente al optimismo.
Baroja escribió muchísimo y vivió casi noventa años, siempre fiel a su estilo seco, libre y escéptico. Quizá toda su trayectoria pueda resumirse en una vieja frase latina, que incluyó en alguna de sus obras y que Viena Capellanes adoptó como lema: “Omnes vulnerat, ultima necat”. Todas -las horas- hieren, la última mata. Una sentencia sobre el final de la vida, pero no del tiempo, que un médico, panadero y genio de nuestras letras, entendió mejor que nadie.