El hombre del talante ante su hora más oscura
En León y en la diáspora leonesa madrileña, resulta difícil encontrar a alguien interesado en la política activa que no conozca a José Luis Rodríguez Zapatero o no haya hablado con él. Se suele decir que, si la colonia leonesa en Madrid se contara como municipio, figuraría entre las mayores poblaciones de la provincia: cerca de cincuenta mil leoneses viven o trabajan de forma permanente en la capital. Ese paisanaje, esa red sentimental de origen y afectos le ha funcionado muy bien a ZP.
¿Vendedor de humo?
Zapatero fue durante mucho tiempo un hombre con prestigio personal. Un político “observador de nubes” al que los negocios terrenales del vil metal no parecían interesarle gran cosa. Su partido lo exhibía como faro moral.
Pero todo estalló hace unos meses con el turbio asunto Plus Ultra y el desconcertante episodio del “arsenal” de joyas -103 piezas-, halladas por la policía en una caja fuerte de su despacho durante el registro que los agentes llevaron a cabo con mandamiento judicial. El valor estimado de las alhajas de distinta procedencia superaría con creces el millón de euros.
Así, las nubes blancas fueron tornándose oscuras y las preguntas asomaron, inevitablemente: ¿era en realidad Zapatero un vendedor de humo? ¿Un presunto corrupto, según los graves indicios apreciados en la investigación de la Audiencia Nacional? Acusaciones por supuestos delitos que, llegado el caso, podrían acarrear penas de prisión. ¿Estamos ante la caída moral de quien parecía flotar por encima de toda sospecha?
Encanto personal
Conocí a Rodríguez Zapatero en las elecciones generales del año 2000. Él se presentaba al Congreso. Yo había pedido una excedencia en la Policía y concurría al Senado por otra candidatura, pero por la misma circunscripción. Durante aquella campaña coincidimos en varios debates colectivos. Ya por entonces comenzaba a abrirse paso la reflexión sobre el futuro modelo policial; en una de aquellas mesas redondas, Zapatero se comprometió a explorar la posible unificación de la Policía y la Guardia Civil, una cuestión muy presente en la opinión pública de la época.
En el trato directo, ZP me pareció un hombre con encanto personal, cercano, con planteamientos en ocasiones cándidos, pero ese, lo reconozco, es un juicio personal.
Interés por la literatura... y la policía
Luego, con el paso del tiempo, ya siendo presidente del Gobierno, se acercó de manera inesperada a la literatura, aunque no se le conocía obra propia. Cuando publiqué uno de mis libros, “Garófalo o la lesión de los sentimientos: apuntes criminológicos y sociales”, envió desde Moncloa una comunicación escrita para que fuera leída el día de la presentación oficial. Ese gesto ponía de manifiesto que prestaba una atención evidente al mundo policial y de la seguridad, algo comprensible, por otra parte, dada su responsabilidad institucional al frente del Ejecutivo.
En el fondo, no me extrañó aquella súbita y hasta entonces desconocida afición literaria de Zapatero: había comenzado a rodearse, con instinto político, de gente que escribía y dominaba la palabra. Personas que contribuyeron, sin duda, a construir el perfil público de un presidente que hacía del talante, la cordialidad y la bonhomía parte esencial de su célebre marca de la ceja.
¿Vida secreta?
Pero en la vida, como reza el viejo aforismo, siempre hay -o puede haber- tres dimensiones: la pública, la privada... y la secreta. Este es un principio con el que solemos trabajar en criminología, entre otras disciplinas de intervención directa.
José Luis Rodríguez Zapatero encarna ahora, en su particular vía crucis, esa inquietante transición: del personaje público casi beatífico al territorio opaco donde comienzan las preguntas de la vertiente privada e, incluso, de la secreta, sin que ningún relato oficial haya logrado contestarlas satisfactoriamente.
Ya veremos. La presunción de inocencia no se discute. La justicia dirá la última palabra y decidirá si el proceso acaba, o no, en condena penal. La eventual prescripción de alguno de los delitos que se le atribuyen, por el mero paso del tiempo, lejos de favorecerle, lo deja todavía más expuesto. La decepción ciudadana es ya irreversible. Esa batalla la ha perdido: no cabe absolución moral posible. El pedestal se vino abajo.