¿Qué es el viento? nos preguntábamos de pequeños, y cuando aprendíamos que era el aire en movimiento, siempre venía el gracioso de turno, pues nunca faltaban chicos crueles, a apostillar que sí, pero el aire movido por las orejas de algún compañero que las tenía más grandes de lo normal. Más tarde averiguamos que lo provocaban los mofletes del dios Eolo al agitarlos cual gran ventilador, eso creían los antiguos. En todo caso, el viento es un fenómeno más viejo que la vida misma, y en absoluto exclusivo de la Tierra. Se sabe que en Neptuno, por ejemplo, circula a unos 2.000 km. por hora. En nuestro planeta ha tenido la suerte, aunque eso a él le importe poco, de ser cantado por los poetas. León Felipe se emocionaba en versos de este tenor: “Dejadme, ya vendrá un viento fuerte que me lleve a mi sitio". No sabemos en qué clase de viento pensaba él, tal vez en uno intenso, pero al mismo tiempo acariciador, o sea, razonable, no en esos que, como los vientos de las brujas, no atienden a razones y esconden una herradura en su puño envenenado.
Algunos, como el siroco del desierto, con su polvo sahariano, pueden dejarte el coco como un queso gruyère para el resto de la vida, con predisposición a la toma de decisiones erráticas. El siroco pilla lejos, de acuerdo, aunque a veces hemos visto llover en Madrid arena del Sahara. En cualquier caso, son muchos los vientos que trastornan a la gente, que la vuelven irascible y alteran su carácter con la modificación de la bioelectricidad del aire al ionizarlo de manera perjudicial para la salud. Ello da lugar a la enfermedad del viento, que provocaría en una cuarta parte de la población mundial, en tales circunstancias, cuadros de ansiedad, jaquecas, dolor de huesos, trastornos intestinales y perturbaciones mentales, amén de un aumento significativo de los accidentes de trabajo y de circulación, los suicidios y los delitos violentos.
En España tenemos algunos vientos embrujados, como el Sur, en Cantabria; el Poniente, en Levante; la Tramontana, en la Costa Brava; y fuera de nuestras fronteras, el Mistral, en la Costa Azul (al que alude, como viento endemoniado, un personaje de Alejandro Dumas en El conde de Montecristo, cuya acción transcurre, en parte, en Marsella); el Foehn, en el sur de Alemania; y el Sharav, también llamado Khamsin, que causa enajenación mental transitoria, en Israel.
Vientos todos ellos malditos, merecedores de la hoguera, a la que no obstante es imposible condenarlos porque, si en las arenas bailan los remolinos, como en la canción El arriero va, de Atahualpa Yupanqui, en los incendios los vientos campan a sus anchas. Lo hemos visto en los que han recorrido el verano pasado los fuegos de nuestro país, prendiendo luces de muerte en cada árbol; y seguramente lo volvamos a ver, porque a estos bandidos nadie sabe, o quiere, ponerles coto.