Hoy, cuando vemos la fogata en que se ha convertido Venezuela, no podemos más que evocar el pasado de esta nación vecina de Colombia; hace cincuenta años, los “malos del paseo” y los buenos, también, en Venezuela, éramos los colombianos. Esta nación era mirada como un destino, un “norte”, tan atractivo como los Estados Unidos. Ahí, decían los inmigrantes, había trabajo, coches baratos, vivienda, posibilidades de educación, comida abundante y unas cervezas envasadas en botellas de las que se usan para el vino.
Venezuela era una nación con una moneda fuerte; su clase dirigente nadaba en petrodólares y sus obreros iban al taller en carros “americanos” de aquellos que consumían más gasolina que un tractor. Venezuela impuso una visa fuerte también, difícil, para los colombianos que deseaban emigrar, y redobló controles en el Puente de Paraguachón, pero la inmigración legal e ilegal continuaba; en la mente de los desempleados colombianos estaba siempre Venezuela y la posibilidad de regresar algún día en esos autos del tamaño de un yate, con placas de La Guaira o Maracaibo, a los festivales colombianos de la costa Caribe. Puedo recordar las playas de Santa Marta a finales de los 70 y comienzos de los 80; con el comercio de marihuana en la Alta Guajira, lo que se llamó “La bonanza marimbera” y el turismo permanente de los “venezolanos ricos”, Colombia vivió una época dorada; hoteles y comercio en general disponían sus servicios para quienes llegaban a gastar a manos llenas; “a los venezolanos todo les parecía barato”, pues cada Bolívar costaba varios centenares de pesos colombianos, y en esa conversión, las cinco estrellas, la langosta, las fiestas vallenatas en el Paseo Bastidas de Santa Marta, las esmeraldas, la ropa, todo era “módico” para ellos.
En el plano intelectual, Venezuela simbolizaba también el destino de brillantes exilios. Ahí vivió parte de sus mejores años el escritor cubano Alejo Carpentier, quien fue testigo de “la destrucción de Caracas”. Una ciudad recoleta, todavía en los 50, con huellas de arquitectura colonial; casas antañonas, con amplios balcones y techos de teja, fueron derribadas por los “bulldozers”, para levantar torres de acero y cristal
Caracas había sido la ciudad de Gabriel García Márquez, el lugar donde escribió su magnífico cuento “Caracas sin agua”; ahí, trabajó en revistas, hombro a hombro con Plinio Apuleyo Mendoza, y profesores, artistas, maestros, músicos de Colombia, alcanzaban ahí reconocimiento.
Con los intelectuales, emigraba también la obreríada; los mecánicos, chóferes, empleadas del servicio doméstico, fueron primera generación, y hoy son los padres y abuelos de muchos jóvenes venezolanos que saltan barricadas en las calles, que ven arder la fogata caraqueña y se preguntan, mirando al pasado, ¿qué pasó?
Si se mira el mapa político de América Latina hoy, Venezuela representa uno de los lugares con mayor inestabilidad. Chávez hablaba en un lenguaje conciliador a veces, y otros días amanecía emboinado, en traje de fatiga, “patria o muerte”, similar a Maduro, con el mismo lenguaje caduco de varios mandatarios latinoamericanos. No se percataban de los cambios del mundo, del fracaso del comunismo.
En lo que respecta a nosotros, ya nadie quiere ir ahí. Atrás quedó el tiempo de las mariposas, el romance de porro, gaita y vallenato que hermanó a Colombia y Venezuela a través de Pastor López, Diomedes Díaz, Alfredo Gutiérrez o la Billo’s Caracas Boys. Venezuela, forma de llamar a una pequeña Venecia, la que vieron ahí los fundadores, huye del presente y se hace historia y “saudade” en un pasado reciente. Demasiado reciente.
Con los primeros 50 millones de barriles de petróleo que Estados Unidos promete comercializar para dar beneficio directo a los venezolanos, muchos ven el inicio de un tiempo que, así lo afirman, convertirán a esta nación en la “Dubai de América Latina”. Quizá en una década, los desposeídos de Colombia volverán ahí en busca de la quimera del oro.