La mirada del centinela

Premios Ombligo

El cónclave del cine español se reunió el pasado sábado para empacho de su ego. Las actrices y actores patrios se reunieron, un año más, para reivindicar esas causas que a ellos les parecen nobles: refrendo de un estado palestino, críticas contra Trump, rechazo a la fe cristiana… Sin embargo, su sensibilidad se torna celuloide cuando se trata de defender a Ucrania, o, todavía más escarnecedor dada su cercanía, a la hora de recordar a las víctimas del accidente de Adamuz. 

Los cineastas españoles se han convertido en una secta (con alguna honrosa excepción), aprovechan el eco mediático de su oficio para lanzar diatribas políticas, sembrar odios, polarizar a la sociedad, promover rencores, dinamitar conciencias… sienten que son el ombligo del mundo, que todos haremos seguidismo de sus arengas, que los ciudadanos les compraremos su mensaje; pero están equivocados. Son unos privilegiados que se quejan desde una tribuna estelar. El común de los mortales no recibe subvenciones para sacar a flote su trabajo, el autónomo que intenta emprender un negocio es opacado por la administración, no percibe ayudas públicas (250 millones en el caso del cine español en 2025). 

Los premios Goya no son otra cosa que la gala del egotismo. Pero eso tendría un pase si dejaran a un lado el sesgo político de su ideología, si se centraran en su trabajo, o si, ya que no pueden reprimir la crítica, lo hicieran con la equidad que dicta la justicia. Su sensibilidad tendenciosa, les sitúa en un estadio de lejanía moral, su particular zona de confort partidista, que desoye los horrores cometidos por aquellos criminales que gozan de sus simpatías. 

Y si no fuera suficiente con el elenco nacional, la señora Sarandon se erige en adalid de las causas perdidas ensalzando la figura de Pedro Sánchez. Dice de él que siempre sabe situarse en el lado correcto de la historia. Es evidente que Susan no ha visto nuestra película, el film donde el sanchismo vulnera a diario los códigos éticos que fija la democracia. Es de una torpeza supina opinar a la ligera, sin conocimiento de causa. La señora Sarandon es una gran actriz, pero se queda muy pequeña cuando enaltece a un estafador político de la talla de Sánchez. Desconoce que el líder sanchista conduce un coche que lleva directo al precipicio, como ella misma en la famosa película Thelma y Louise. Y, al igual que en la escena final de la película, ajenos a las advertencias de la cordura, terminarán cayendo por el barranco. 

Y mientras esto sucede, nuestros cineastas continuarán mostrando su aquiescencia con aquellos que les permitan mantener su estatus de privilegio. Continuarán poniéndose chapas en las solapas o pañuelos al cuello, indiferentes al dolor de esas otras gentes oprimidas por regímenes, grande es su ceguera, que ellos consideran situados en el lado correcto de la historia.