Reflexionando en la rebotica

Gripe: el riesgo que dejamos de ver

Cada temporada gripal nos deja estadísticas y titulares muy similares. Pero más allá de los datos, la evolución de las coberturas de vacunación refleja cómo percibimos el riesgo y cómo actuamos frente a él. Y aquí sí conviene detenerse.

Según el Gripómetro, en la campaña 2025-2026 la vacunación antigripal ha retrocedido entre los grupos de mayor riesgo, mientras que ha aumentado en niños.

En los mayores de 65 años, la vacunación antigripal forma ya parte de la cultura sanitaria. No es tanto una decisión puntual como un hábito anual. Quizá el reto esté en trasladar esa normalización preventiva a los adultos más jóvenes que todavía no se identifican como vulnerables.

Tradicionalmente, las tasas de vacunación frente a la gripe en adultos de 60 a 64 años no eran elevadas, pero tampoco solían interpretarse como alarmantes. Sin embargo, en la temporada actual se ha observado una caída en esta franja, precisamente en un tramo de edad en el que empiezan a acumularse factores de riesgo: cronicidad, multimorbilidad, mayor probabilidad de complicaciones y hospitalización. Desde el punto de vista clínico, no es un detalle menor.

En paralelo, la población infantil ha mostrado un comportamiento distinto. Las coberturas han aumentado de forma significativa y hay razones claras para ello. Primero, una recomendación más firme de vacunación infantil. Segundo, la implicación activa de los pediatras y su relación cercana con las familias, que facilita la aceptación de la inmunización. 

La percepción de vulnerabilidad en adultos sigue siendo baja. Muchos se sienten sanos, activos y lejos de la imagen tradicional de “grupo de riesgo”, aunque desde el punto de vista clínico ese riesgo exista y aumente con la edad y las condiciones de salud. 

Es una dinámica bien descrita por la psicología del riesgo: lo que no se ve o no duele, se olvida. Y aquí aparece la paradoja de la vacunación: cuanto más eficaz es la respuesta comunitaria, menos visibles se vuelven las consecuencias de no vacunarse. El riesgo no desaparece; simplemente deja de percibirse.

En términos sanitarios, esto tiene implicaciones reales. La gripe sigue siendo causa de hospitalizaciones, descompensaciones en pacientes crónicos y mortalidad atribuible, especialmente en mayores y personas con enfermedades de base. La prevención impacta sobre todo en una menor carga asistencial y presión sobre los servicios sanitarios. El riesgo es individual en su percepción, pero colectivo en sus consecuencias.

Cuando existe una recomendación clara y una accesibilidad práctica, la aceptación mejora. Esto sugiere que parte del reto en adultos es comunicativo y cultural, más allá del momento puntual de la campaña.

No basta con contabilizar vacunas y personas vacunadas. Hay que comprender por qué unas coberturas suben y otras bajan.

Mientras tanto, en países como Reino Unido, Francia o Portugal, la disponibilidad de vacunas en la farmacia comunitaria y la posibilidad de que el farmacéutico administre la vacuna han facilitado el acceso y se han asociado a incrementos de cobertura, especialmente al captar personas que antes no se vacunaban, gracias a la proximidad y accesibilidad del entorno farmacéutico. No es la panacea, pero suma para el objetivo común.

Tal vez la pregunta no sea solo cómo mejorar las cifras, sino cómo recuperar la percepción del riesgo antes de que vuelva a imponerse por sí mismo.

En la rebotica venimos reflexionando sobre esto desde hace años y no acabamos de dar ni con la tecla, ni con la fórmula magistral.

Dispénsese según arte (fiat secundum artem).