¿Cómo es posible contemplar a un ser tan noble destruido por el dolor sin experimentar una profunda pena?
Mary Shelley
En tierras heladas del mundo, a marzo de 2026.
Llevo muchos años vagando en soledad por este frío lugar. Solo me acompañan mis pensamientos, mis recuerdos.
Mi padre me creó de la nada; me construyó, sí, me dio la existencia. No se lo niego. Pero, al mismo tiempo, nunca me quiso. Cuando me vio y consideró que le iba a dar más problemas que alegrías, renegó de mí. A él le costó mucho hacerme, no fue de la manera habitual. No me importa. Su egoísmo, su instinto o su ambición fructificaron y, al poco tiempo de empezar a dar unos pequeños pasos, como no podía andar de la manera que él había pretendido, empezó a maltratarme y luego me dio la espalda.
Me he enfrentado a todos, y todos han pasado por encima de mí. No me han respetado. Ninguna oportunidad he tenido, más allá de la lucha permanente. Me han hecho daño, sin saber siquiera el por qué. ¿Por ser yo? ¿por no encajar? ¿por estar donde no debía?
Cuando se da la vida, hay que pensar varias cosas. Primero, que uno no ha pedido vivir, y si consigue ese don, porque otros lo han querido por él, al menos esas personas deben proporcionarle una vida que merezca ser vivida. No se trata solo de respirar. Se trata de forjar, acompañar, consolar y educar hasta el final. ¿De verdad que todas las personas tienen las cualidades necesarias para crear vida, para ser padres? ¿De verdad pueden crearla cuando inexorablemente con su propio comportamiento son los causantes de su destrucción?
Y lo que es más importante: cuando la desgracia acontece, por favor, no sean incoherentes y aparenten aquello que nunca han tenido. Soy el resultado no solo de esa creación -en mi caso, artificial- sino también de una chispa de vida que no vino acompañada del amor.
Tal vida no es realmente una vida. Es una existencia muy amarga. Es, en buena medida, un absurdo. Y, al margen de teorías, de algunas filosofías que abogan por luchar frente a la nada a la que otros nos han llevado, lo cierto es que la voluntad no tiene siempre la misma fuerza que el sufrimiento, con mayor razón si uno es consciente de la realidad.
Allá, en la lejanía, veo una puesta de sol en el horizonte. Seguiré con mi camino hacia esa luz, tal vez en ella encuentre el abrazo que nunca llegó. No tengo, desde entonces, contacto con la humanidad, pues sé muy bien que no soy de su agrado. Solo quiero pensar que, desde aquellos tiempos en los que me pasaron esas cosas que marcaron mi destino, hoy sea todo un poco mejor.