No sé si conoces el juego. Presumo que la mayor parte de la humanidad sabe de qué hablo cuando hablo del Solitario.
Yo lo aprendí de mi abuelo.
Usaba una baraja española. Repartía cuatro cartas boca arriba y, a partir de allí, comenzaba un pequeño combate entre el azar y la paciencia. Carta tras carta, iba formando las escaleras de cada palo. Si aparecía un as, se abría una nueva posibilidad. Si no, había que seguir esperando.
El objetivo parecía sencillo: ordenar la baraja.
La vida, descubrí mucho después, se parece bastante a ese juego.
El Solitario nació en Europa hace más de dos siglos. Los ingleses lo llamaron Patience, un nombre infinitamente más acertado que el nuestro. Porque, en realidad, nunca fue un juego de cartas: fue un ejercicio de paciencia.
Quizá por eso sobrevivió al paso del tiempo. Pasó de mano en mano, de padres a hijos, de abuelos a nietos. Hasta que, en 1990, Microsoft lo instaló en millones de computadoras. Paradójicamente, no lo hizo para entretenernos, sino para enseñarnos a usar el ratón. Millones de personas aprendieron informática creyendo que simplemente estaban jugando.
Pero lo que nunca olvidé no fue el juego.
Fue a mi abuelo.
Recuerdo perfectamente su frustración cuando la partida quedaba bloqueada. Siempre existía la tentación de esconder esa maldita carta que impedía completar una escalera. Bastaba moverla apenas unos centímetros para convertirse en vencedor.
Él jamás lo hacía.
Prefería perder.
Soportaba el fastidio, mezclaba nuevamente las cartas y empezaba otra partida. Con los años comprendí que aquella decisión valía mucho más que cualquier victoria.
También recordé que Anna Karenina, la inolvidable protagonista de Tolstói, recurría al Solitario como quien consulta un oráculo cuando la vida ya no encontraba respuestas. Tal vez todos, alguna vez, buscamos en el azar una salida para aquello que no sabemos resolver.
La vida también reparte cartas.
Hay momentos en los que parecen imposibles de ordenar y nace la tentación de hacer trampa. De esconder la carta incómoda. De modificar las reglas para convencernos de que hemos ganado.
Pero los autoengaños tienen una característica infalible: siempre terminan descubriéndose. Las reglas no están para quitarnos libertad. Están para impedir que el caos se disfrace de éxito.
Por eso, cuando las cartas no aparecen como esperábamos, quizás la única jugada inteligente sea la misma que elegía mi abuelo: aceptar la frustración, ejercitar la paciencia y volver a empezar.
Nunca te engañes jugando al Solitario.
Porque quien hace trampa puede ganar una partida.
Pero termina perdiendo la confianza en sí mismo.
P. D. Gracias al querido Julio Lagos, extraordinario periodista y locutor argentino, quien, durante una conversación, me dijo la frase que es título de este artículo, una frase que me devolvió, de golpe, a aquella mesa donde tantas veces vi jugar a mi abuelo mientras me contaba historias de su tierra natal y me enseñaba los valores fundamentales de la vida.