Los españoles tenemos la inmensa suerte —o la puntería— de vivir en un país lleno de contrastes. Ya lo decía la añorada La Codorniz: España es como una plaza de toros; los que no están cara al sol, están a la sombra. Y así crecimos muchos, entre claroscuros, en aquellos tiempos grises y de “grises”, cuando la sonrisa era un bien escaso y la ironía un deporte de riesgo.
La crítica más osada que se permitía entonces fue aquella gloriosa ecuación editorial: “Cajín es a cajón como cojín es a X, y nos importan tres X que nos cierren la edición.” Y, naturalmente, se la cerraron. Pero qué felices éramos cuando nos la cerraban, porque al menos sabíamos por qué.
Hoy, en cambio, vivimos en un país donde se admite cualquier crítica y contra cualquiera. Puedes decir que el ministro es un ornitorrinco o que la oposición está hecha de plastilina, y lo más grave que puede pasarte es que te llamen exagerado. Pero sobre todos nosotros se cierne una sombra nueva, más larga que la de los viejos “grises”: la fiabilidad de lo que nos cuentan.
Y aquí aparece Hannah Arendt, que nunca pisó España, pero parece que nos conocía como si hubiera vivido en un piso de la Gran Vía, o en una corrala de Lavapiés, o en una terraza de La Latina, o en un portal de Chamberí.
“Mentir constantemente no busca que la gente crea una mentira, sino que deje de creer en nada.”
La mujer lo clavó. Cuando ya no distinguimos entre verdad y mentira, tampoco distinguimos entre bien y mal. Y cuando un pueblo pierde el poder de pensar y juzgar, queda —sin quererlo— a merced del que mejor grite.
España, mientras tanto, se ha convertido en un pequeño laboratorio arendtiano: fake news que brotan como ababoles, bulos que viajan más rápido que el AVE, titulares que se desmienten solos y debates donde la precisión importa menos que la fidelidad al propio rebaño. El ciudadano medio, exhausto, acaba refugiándose en su tribu o en la siesta, que para eso es patrimonio nacional.
Arendt no proponía soluciones técnicas, sino actitudes: pensar por uno mismo, defender el espacio público, exigir responsabilidad y rechazar el cinismo. Ese “todos mienten” que es tan cómodo como peligroso.
A veces pienso que, en los tiempos de La Codorniz, al menos sabíamos que nos estaban tomando el pelo. Hoy nos lo toman con tanta profesionalidad que ni lo notamos.
Pero sigo creyendo —llámame pez viejo— que este país aún sabe distinguir una verdad de una mentira cuando se para a escuchar. Y que, si Arendt hubiera escrito desde aquí, habría añadido:
“Con gente así puedes hacer lo que quieras… pero cuidado, que a veces despiertan.”