Hay oficios que sostienen el mundo sin que nadie repare en ellos. Oficios que no inauguran nada, que no reciben medallas, que no figuran en discursos oficiales. Entre ellos, uno de los más silenciosos y decisivos es el de los agentes de protección del patrimonio, guardianes de lo que fuimos y vigías de lo que no podemos permitirnos perder. Su labor, tantas veces ignorada por quienes deberían defenderla desde la responsabilidad política o administrativa, es una frontera moral: si ellos fallan, fallamos todos.
En esa frontera lleva más de treinta años Miguel Ángel Zapater Baselga, cuya trayectoria merece ser contada con gratitud y con emoción. Miguel Ángel empezó conmigo en las labores arqueológicas, cuando ambos creíamos que el mundo cabía en una excavación. La vida, con su brusca manera de reordenar destinos, le golpeó con una lesión medular que le impidió dedicarse plenamente a la arqueología. Pero no lo apartó de ella. Nunca. En mis campañas —esas campañas azarosas que han marcado mi vida profesional y personal— él siempre estuvo: a veces en primera línea, otras en la retaguardia, pero siempre presente, siempre firme, siempre leal.
Su trabajo en la protección del patrimonio no es solo profesional: es vocacional. En él se han unido tres papeles que rara vez coinciden en una misma persona. El colega leal, que nunca abandona. El asesor coherente y realista, que tantas veces me obligó a bajar los pies al suelo cuando la pasión o la indignación me cegaban. Y, sobre todo, el amigo y hermano que ha estado a mi lado en los periodos más difíciles de mi vida, cuando la arqueología era apenas un refugio y la amistad, una tabla de salvación.
Miguel Ángel ha protegido piezas, documentos, paisajes y memorias que otros daban por perdidos. Ha enfrentado la indiferencia con paciencia, la falta de medios con ingenio, la incomprensión con serenidad. Su labor es heroica precisamente porque no busca serlo: es heroica porque es constante, honesta y profundamente humana.
En tiempos en los que la memoria se diluye entre pantallas y titulares, personas como él sostienen la continuidad de lo que somos. Por eso esta columna es una loa precisa y emocionada. Porque su nombre merece ser pronunciado con gratitud. Porque su vida profesional y humana es un ejemplo de dignidad y compromiso.
Miguel Ángel, amigo, hermano: gracias por custodiar lo que nos hace ser. Gracias por acompañarme en cada campaña, en cada duda, en cada noche difícil. Gracias por recordarme que incluso cuando fuimos peces, alguien velaba para que no dejáramos de ser historia.