Cada verano tiene su campaña. Unos años fue el cinturón, otros el móvil, después el alcohol, las drogas y la velocidad. Este año parece haber llegado el turno de los medicamentos. Y no porque los fármacos hayan decidido rebelarse de repente, sino porque todo sistema necesita encontrar periódicamente un nuevo enemigo.
Conviene decirlo desde el principio. Hay medicamentos que pueden resultar tan peligrosos para la conducción como una alcoholemia elevada o el consumo de determinadas drogas. Benzodiacepinas, algunos hipnóticos, opioides, antihistamínicos sedantes o determinados tratamientos al iniciar su administración pueden disminuir los reflejos, alterar la atención o provocar somnolencia. Nadie sensato debería minimizar ese riesgo.
Pero una cosa es advertir del peligro y otra bastante distinta convertir al medicamento en el culpable estadístico de casi cualquier accidente. Entre tomar un medicamento y demostrar que ese medicamento causó un siniestro hay una distancia enorme. Detectar una sustancia no equivale a demostrar que fue la responsable del accidente. Si así fuera, habría que concluir que los antihipertensivos provocan infartos porque muchos infartados los toman.
Resulta llamativo que sepamos con bastante precisión cuántos conductores dieron positivo en alcohol o drogas y, sin embargo, nadie pueda decir cuántos accidentes fueron realmente provocados por un medicamento correctamente prescrito y utilizado. Las cifras suelen convertirse en estimaciones, las estimaciones en certezas y las certezas en campañas institucionales.
Mientras tanto, hay otros datos menos populares. La mayoría de los fallecidos en carretera siguen siendo conductores y pasajeros, aunque los peatones representan una parte muy importante de las víctimas mortales, especialmente en las ciudades y entre las personas mayores. Curiosamente, también entre los peatones fallecidos aparecen alcohol, drogas y medicamentos en los análisis toxicológicos. La diferencia es que ellos no llevaban volante. La fauna vial es mucho más diversa de lo que sugieren los anuncios: peatones distraídos, ciclistas, motoristas, usuarios de patinetes y algún jabalí con menos respeto por el Código de Circulación que muchos humanos.
Y aquí entra un actor silencioso que nunca pierde dinero: el seguro. Es difícil no sospechar que, una vez socialmente aceptada la exclusión por alcohol y drogas, algunos observan con interés el inmenso territorio de los medicamentos. Todo nuevo motivo de discusión jurídica puede terminar reduciendo indemnizaciones o trasladando responsabilidades. Para una aseguradora, un informe toxicológico es tan sugerente como para un novelista una carta anónima.
Sería injusto afirmar que esa es la finalidad de las campañas. Lo razonable es pensar que pretenden prevenir accidentes.
La buena política de seguridad vial no consiste en sembrar miedo, sino en ofrecer información útil. Explicar qué medicamentos obligan a extremar las precauciones, y cuándo no debe conducirse. Todo lo demás corre el riesgo de convertir cada receta en un posible atestado y cada paciente en un sospechoso con prospecto.