La mirada del centinela

Parque Miguel Ángel Blanco

El pasado jueves, 9 de julio, asistí al homenaje tributado a Miguel Ángel Blanco en Pozuelo de Alarcón. El conocido como Parque de Las Cárcavas, es ahora el Parque Miguel Ángel Blanco. Se cumplen 29 años del asesinato del concejal del PP a manos de la banda terrorista ETA. 

Todos recordamos qué hacíamos en el intervalo de aquellas 48 horas, el tiempo que los criminales decidieron conceder a la democracia antes de matar a Miguel Ángel. Matarlo a sangre fría, sin piedad, con menos sentimiento que un cazador cuando se cobra la vida de un conejo. Los asesinos coaccionaron al Estado español, quisieron que la libertad hincara las rodillas ante la barbarie, exigían el acercamiento de los presos de ETA al País Vasco. Raptaron a un joven concejal de Ermua, albañil de oficio, economista y político. Decidieron que fuera él la persona asesinada, le arrebataron la vida porque odiaban a un ser humano íntegro, un representante de la mayoría del pueblo español, ciudadano sencillo que trabaja por mejorar el país que ellos, los terroristas, deseaban humillar. 

Cumplieron su amenaza. Transcurrido el plazo, un día como hoy, 13 de julio, los asesinos de ETA descerrajaron dos tiros en la cabeza de Miguel Ángel. No murió en el acto, agonizó unos minutos, con las manos atadas a la espalda. En una pista forestal de Lasarte, un joven colmado de ilusiones, perdía la vida porque unos individuos malnacidos así lo quisieron. El Gobierno presidido por José María Aznar no cedió al chantaje, no se doblegó ante la banda criminal que ejecutó al joven concejal de Ermua. Años después, vemos como los herederos políticos de esos asesinos, Bildu, son socios privilegiados del sanchismo. Han logrado su propósito de acercar a los presos etarras al País Vasco, uno de los requisitos exigidos a Pedro Sánchez a cambio de ser mantenido en el Gobierno. 

En el homenaje, donde, junto a un olivo, se descubrió un monolito con una placa, las palabras de la alcaldesa de Pozuelo de Alarcón, Paloma Tejero, y de la hermana y senadora de Miguel Ángel, María del Mar Blanco, nos recordaron que no debemos olvidar esa parte atroz de la historia de España, aunque duela hacerlo, porque las cicatrices no se tapan con pegatinas que blanqueen el terrorismo de ETA, como desean los progresistas. La moral de un pueblo se mide por la humanidad de sus ciudadanos. Si perdemos la sensibilidad ante la interminable lista de asesinados por ETA, perdemos la dignidad. 

Desde ahora, hay un parque en Pozuelo de Alarcón donde los jóvenes que no vivieron esos años horribles, saben que hubo un tiempo en que defender la libertad se pagaba con la muerte; donde la democracia era un ejercicio de valentía para políticos, periodistas, policías y guardias civiles. Y también para el común de los ciudadanos, que no estaban exentos de morir en uno de los muchos atentados perpetrados por la banda criminal durante sesenta años. Recordemos siempre el espíritu de Ermua, que el asesinato de Miguel Ángel Blanco no quede en el olvido, que resuene como el eco de su batería, otra pasión que murió con él.