La evolución de la relación de España con Marruecos ha sido bastante curiosa en el último siglo y pico. A principios del siglo XX, la distancia entre ambas naciones era infinita, a pesar de que nuestra nación atravesaba uno de los momentos más deprimentes de su historia, con la famosa crisis del 98. Para compensar un poco aquel pesimismo generalizado, España recibió el encargo de ejercer el protectorado sobre una pequeña y pobre parte del país, el Rif, mientras que Francia recibía idéntico encargo sobre la parte menos subdesarrollada del territorio. Bien es verdad que, en el Rif, España ya ejercía influencia desde el siglo anterior debido a la cercanía de las plazas de soberanía, que desde época casi inmemorial pertenecieron a la monarquía hispánica.
El protectorado que España ejerció sobre Marruecos supuso un verdadero calvario para nuestra nación, una sangría de vidas y recursos que volvió a traumatizar el ya maltrecho orgullo patrio. Sin embargo, basta recordar los nombres de Miguel Primo de Rivera y de Francisco Franco (sin perdón) para rememorar a su vez cómo esa triste historia tuvo un final feliz, con una espléndida victoria militar que trajo una paz verdadera a aquella región. La victoria de nuestras armas fue tan incontestable que a partir de entonces muchos jóvenes marroquíes se enrolaban en nuestro Ejército, y no hace falta especificar cuál era la procedencia de la guardia pretoriana que tenía el anterior jefe del Estado.
Cuando Marruecos accedió a su plena independencia, en 1956, resulta que España fue mucho más colaboradora con la nueva administración independiente que la democrática Francia, la cual tenía muchas más querencias colonialistas. A partir de aquí, sin embargo, empezó la presión de nuestros vecinos del sur de una manera bastante ingrata: primero fue Ifni, después la Marcha Verde sobre el Sáhara, cuando Franco estaba ya en su lecho de muerte. En la mentalidad de la postguerra, uno puede entender este afán “reintegrador” de lo que ellos consideraban su territorio, pero resultan del todo injustificables sus pretensiones sobre tierras que eran jurídicamente españolas desde tiempo inmemorial: Ceuta, Melilla, Canarias y tal vez algo más.
Por supuesto, esa política tan agresiva en lo territorial iba acompañada con otras medidas muy perjudiciales para nuestros intereses mineros, pesqueros y por supuesto migratorios. El órdago que supuso la ocupación del islote del Perejil en 2002 fue contestado de forma enérgica por el gobierno de Aznar. Pero esa energía le costó el atentado del 11M, según han insinuado varios personajes de peso entre los que podemos citar a Federico Trillo y Jaime Mayor Oreja. Parece que hay que andarse con cuidado con los de allende el Estrecho. Rajoy tomó nota y, como siempre, pasó página.
Los socialistas, en cambio, han tenido una extraordinaria relación con las autoridades marroquíes ya desde la época de Felipe González. Pero la “amistad” ha llegado a su extremo con Pedro Sánchez, quien no sabemos si de forma espontánea o por arte de Pegasus está dispuesto a conceder al Sultán de ese país lo que le pida: desde un Mundial a todo tipo de infraestructuras, las mismas que después niega a los españoles.
En 2026, Marruecos ya no es ese país pobre y atrasado al que teníamos que “proteger”, sino un rival económico en agricultura, en turismo, en industria, que cuenta con la amistad firme de países como Estados Unidos e Israel, a quienes nosotros no dejamos de tocarles las narices. De seguir así las cosas, ¿se repetirá la jugada del Conde Don Julián?