La muerte, para mí, siempre ha sido sinónimo de frío. No por filosofía, sino por experiencia temprana. Mi primer recuerdo asociado a ella viene de cuando era niño, en el pueblo de mis abuelos, donde pasaba los veranos entre bicicletas, moscas y siestas obligatorias.
Aquel año murió un bebé de apenas un mes. Y, en una de esas costumbres rurales que hoy serían impensables, nos hicieron pasar a todos los chavales para darle un beso en la frente. Allí estaba aquella figura diminuta, más muñeca que persona, envuelta en telas y puntillas blancas, reposando sobre la mesa del salón como si fuera parte del ajuar.
Aquel beso sobre un muñeco de hielo nunca se me ha borrado. Desde entonces no temo a la muerte, que es inevitable, sino al frío que la acompaña, ese frío que se te mete en los huesos y en la memoria.
Ahora, en estos días de calor tórrido —pero con complicaciones médicas— mi riñón ha decidido que filtra poco y mal. Ya me venían avisando de la posibilidad de hemodiálisis, y para ello me estudiaban las venas con un eco-Doppler, buscando dónde colocar una fístula en el brazo izquierdo. Yo ya me estaba haciendo a la idea, como quien se resigna a que el verano traerá mosquitos.
Pero parece que la cosa va más rápida de lo previsto y me anuncian un cateterismo en la yugular. Suena terrible, sí, como título de novela negra, pero es lo que hay.
Y claro, mi mente, que es muy suya, ha empezado a asociar ideas: frío, testamento, gasas blancas con puntillas ¿o serán puñetas de doctor, que para eso uno se trabajó el grado académico?, y, de pronto, me sorprende con un dilema espantoso.
No sobre la vida, ni sobre la muerte. No sobre el catéter, ni sobre la yugular.
No. Mi mente ha decidido angustiarse por algo mucho más serio:
¿A quién dejo mi colección de sellos? ¿Quién va a ocuparse de ellos si yo entro en plena glaciación?
Porque una cosa es morirse, y otra muy distinta es dejar huérfanos a los sellos, que son criaturas delicadas y propensas al abandono.
En fin. No me voy a dar más mal. Que sea lo que Dios quiera… y que mis sellos encuentren un buen hogar, aunque yo siga aquí, descongelándome a ratos.