Escribo estas líneas desde un refugio en Israel.
No es una metáfora. No es un recurso literario. Es el lugar físico donde estoy ahora mismo, sentado junto a vecinos que hace unos minutos corrían escaleras abajo mientras sonaban las sirenas anunciando misiles lanzados desde Irán.
El sonido de la alarma tiene algo imposible de describir hasta que se vive. No es solo ruido: es una orden biológica. El cuerpo se mueve antes que el pensamiento. Tomar el teléfono, buscar a quienes están cerca, cerrar la puerta reforzada, contar mentalmente a los hijos, a los amigos, a los ancianos.
Aquí abajo no hay discursos políticos.
Hay respiraciones contenidas.
Una niña pregunta cuánto falta para volver a casa. Nadie sabe qué responder. Un hombre intenta seguir leyendo las noticias aunque las manos le tiemblan ligeramente. Una mujer reparte agua como si ese gesto pudiera devolverle al mundo algo de normalidad.
Desde afuera, las guerras suelen parecer debates estratégicos o confrontaciones ideológicas. Desde dentro —desde la vida civil— la guerra es otra cosa: es la interrupción brutal de la rutina, la conciencia permanente de la fragilidad.
Este texto no pretende hablar en nombre de gobiernos ni de ejércitos.
Es simplemente el punto de vista de mi vida cotidiana en Israel.
La guerra vista por quienes no disparan
La mayoría de las personas que hoy se refugian conmigo no participan en decisiones militares ni políticas. Son ciudadanos comunes: médicos, maestros, estudiantes, inmigrantes llegados buscando seguridad, familias que construyeron aquí su hogar.
Sin embargo, todos somos parte involuntaria del conflicto.
Cada misil dirigido hacia una ciudad recuerda que detrás de las palabras “guerra” o “geopolítica” existen millones de civiles intentando vivir vidas normales.
El miedo no es abstracto. Tiene horarios, sonidos y consecuencias emocionales. Cambia la manera de dormir, de planificar el día siguiente, incluso de imaginar el futuro.
Y aun así, algo sorprendente ocurre: la vida insiste.
Alguien hace un chiste. Otro comparte comida. Un niño logra reír. En medio del peligro, la sociedad civil demuestra una resiliencia silenciosa que raramente aparece en los titulares internacionales.
Entre el miedo y la esperanza
Vivir bajo amenaza constante produce cansancio moral. No solo miedo, sino una pregunta profunda: ¿hasta cuándo?
Muchos ciudadanos del Medio Oriente —israelíes, iraníes, palestinos, libaneses y otros pueblos— no desean guerras interminables ni liderazgos basados en el fanatismo religioso o la destrucción del otro. La mayoría aspira a algo simple y revolucionario al mismo tiempo: vivir en paz.
Desde este refugio resulta evidente que los extremismos políticos o religiosos terminan perjudicando primero a las poblaciones civiles que dicen representar.
Las sociedades merecen dirigentes que construyan convivencia, no enemigos perpetuos.
La historia muestra que ninguna región está condenada eternamente al conflicto. Europa también conoció guerras devastadoras antes de elegir cooperación y tolerancia como base de su futuro.
Quizás el Medio Oriente esté acercándose a un momento similar.
Imaginar el día después
Mientras esperamos que pase la alerta, pienso que toda guerra plantea una decisión moral colectiva.
¿Seguiremos aceptando ciclos infinitos de violencia?
¿O este sufrimiento abrirá finalmente espacio para un nuevo Medio Oriente más tolerante, donde la diversidad religiosa y cultural no sea una amenaza sino una riqueza compartida?
Un futuro pacífico requerirá que los regímenes que alimentan el odio, el terror y el fanatismo pierdan influencia frente a sociedades civiles que reclaman dignidad, desarrollo y convivencia.
Los pueblos de la región no nacieron para vivir en refugios.
Nacieron para construir ciudades abiertas, universidades llenas, mercados vivos, conversaciones entre vecinos que no se teman.
Cuando se abre la puerta
La sirena termina.
Durante unos segundos nadie se mueve. Luego alguien abre la puerta lentamente. Volvemos a la superficie con la cautela de quien no sabe todavía si el peligro terminó.
Salir del refugio nunca se siente como una victoria militar. Se siente como una oportunidad más de seguir viviendo.
Escribo esto desde Israel, desde mi experiencia personal, con miedo pero también con esperanza.
Porque incluso aquí, bajo tierra, entre alarmas y misiles, persiste una convicción profunda:
el futuro del Medio Oriente no puede construirse sobre el miedo permanente, sino sobre la tolerancia, el respeto mutuo y el derecho de todos los pueblos a vivir en paz.
Y quizás —cuando esta guerra termine— recordemos estos días como el momento en que las sociedades civiles comenzaron a exigir, con una voz imposible de ignorar, un nuevo comienzo para la región.
