En Gijón, la vieja Gigia, noble, industrial y marinera, impera la perrocracia como nueva forma de gobierno. No exagero al nombrarla así. Basta escuchar que quieren una Seguridad Social que garantice la sanidad de los animales, cuando las listas de espera de los hombres son inacabables. Hoy cerca de 70.000 perros compiten con 300.000 habitantes. Para cualquier persona con un mínimo de sensatez, semejante proporción invita a reflexionar sobre la identidad del ser humano. Corremos el riesgo de ser minoría en nuestro propio censo, así que pronto habrá más perros que contribuyentes. Cualquier día uno ocupará el cargo de responsable de medio ambiente y salud animal.
El fenómeno, por supuesto, no es nuevo, aunque sí lo es la intensidad emocional. Antes la gente tenía perro, ahora tienen un hijo peludo, un hermano de cuatro patas o un amigo y confidente. Los visten, los disfrazan, los envuelven en abrigos, chubasqueros, zapatillas, bufandas y atuendos de temporada y marca. Pero, en realidad el perro, en su fuero interno, sólo quiere oler una farola en paz.
Lo más significativo, sin embargo, es que hay dueños que únicamente saludan a otros dueños de perros. No saludan al resto. Somos como sombras, intrusos del parque. Entre ellos se reconocen, se huelen —al menos metafóricamente—, se guiñan el ojo e incluso sincronizan horarios para que sus perros salgan con sus “novias”. Algunos se autodenominan yernos, nueras y concuñados. A los que no tenemos perro nos dedican una mirada mezcla de lástima y superioridad moral, esa expresión de perrito pekinés que significa “pobrecito, este no sabe”.
Ahora estamos en la moda del tekel, ese perro salchicha que han convertido en modelo urbano. Me decía mi primo que uno no tiene al tekel, el tekel te tiene a ti. Así es como nace el tekeldependiente, porque es él quien pasea al dueño. Tener un tekel es hoy lo que en otros tiempos fue poseer un Seat Panda, un símbolo de pertenencia, una contraseña social.
Pero no todo es cursilería. También existe la fauna macarra, son esos que pasean perros de razas peligrosas sin collar, sin bozal y sin la más mínima noción de civismo. Cuando uno pasa cerca, siempre dicen: “Tranquilo, es bueno, no hace nada”. Y, sin embargo, uno está harto de leer que un perro de estos —de los que nunca hacen nada— arranca la cara a un niño o ataca a un adulto. Si alguien dice algo, aparece la brigada de los defiendeperros. Psicólogos de tertulia y naturalistas de sofá. Repiten que el perro es bueno, que la culpa es del dueño y que los perros son mejores que las personas. Estos sí que están atacados cuando justifican la ira, la rabia y lo fiero, como si fuese una virtud.
No busco demonizar al animal —que bastante tiene con soportar a su dueño—, sólo quiero recordar una obviedad que parece que muchos han olvidado. Un perro es un animal, no un ciudadano, ni un bebé, ni un sujeto de derechos civiles. La seguridad de las personas no puede depender del sentimentalismo de cuatro iluminados que son incapaces de distinguir entre un ser humano y un cánido.
Por mucho que queramos humanizar a los perros, no vamos a conseguirlo. Un perro es buena compañía, también consuelo y alegría, pero jamás puede convertirse en el centro moral del universo. Alguien dijo que el exceso de ternura es otra forma de egoísmo y, en esta España canina, hemos convertido ese personalismo en una irresponsabilidad.
Mientras tanto, los que no tenemos perro seguiremos caminando y sorteando cacas ajenas, esquivando correas y eludiendo miradas de pekinés. No pedimos mucho, tan solo que cada cual esté en su sitio y que supermercados, tiendas de ropa y centros comerciales vuelvan a ser para quienes fueron concebidos, en suma, para personas y no para las mascotas. Los dueños deben recordar que el perro es suyo, que hay gente que les tiene miedo y que el resto del mundo no tiene por qué asumir sus caprichos.