Dicen ahora que hay que empoderarse. La palabra suena a gimnasio emocional, a mantra de coach con zapatillas blancas y vaso de kombucha en la mano. Pero yo, que fui pez antes que madrileño, no termino de entender por qué necesitamos tanto empoderamiento para sobrevivir a la vida moderna, cuando antes bastaba con mover la cola y seguir la corriente. En mis tiempos acuáticos, uno se empoderaba sin saberlo: nadaba, esquivaba depredadores y agradecía cada burbuja de oxígeno. No había gurús, ni talleres, ni brunchs de domingo. Había agua, instinto y silencio. Mucho silencio.
Madrid, en cambio, te empodera a su manera: por agotamiento, por insistencia, por pura supervivencia urbana. Si eres capaz de soportar el metro en hora punta sin perder la compostura, ya puedes considerarte un ser superior. Si logras pagar el alquiler sin vender un riñón, estás listo para cualquier adversidad. Y si sobrevives a un brunch de Chamberí —con su tostada de aguacate a precio de marisco y su fauna de influencers en libertad— entonces sí, puedes decir que te has empoderado. Aunque quizá la palabra correcta sea “resistido”.
Lo curioso es que el empoderamiento madrileño no tiene nada que ver con la fuerza interior, ni con la autoestima, ni con la realización personal. Tiene que ver con aprender a nadar contracorriente sin perder la aleta, la dignidad ni el humor. Tiene que ver con aceptar que la ciudad te zarandea, te exprime, te acelera… pero también te despierta, te afila, te obliga a inventarte cada día. Madrid es un océano sin agua, pero con oleaje constante. Y uno, que viene de ser pez, reconoce esas corrientes invisibles que te arrastran y te moldean.
Por eso me hace gracia cuando escucho a ciertos especímenes del pijerío hablar de empoderarse como quien habla de hacerse un peeling. Lo usan para todo: empoderarse comprando zapatillas de 200 euros, empoderarse haciendo ayuno intermitente, empoderarse dejando el trabajo para “conectar con su propósito”. Yo, que ya tuve propósito cuando tenía branquias, sospecho que el verdadero empoderamiento no se compra ni se pronuncia con solemnidad. Se practica. Se vive. Se respira.
Y quizá, solo quizá, consiste en recordar que alguna vez fuimos peces. Y que, incluso ahora, en esta ciudad sin mar, seguimos nadando.