Esa es una herencia que nadie quiere ver. Cada cierto tiempo, en Colombia y también en el mundo, un caso de acoso sexual estalla en la opinión pública y sacude conciencias. Nombres propios, testimonios desgarradores, indignación en redes. Todo parece nuevo, urgente, insoportable, pero no lo es. No es el problema: es apenas su síntoma
El acoso sexual no nace en el impulso ni en un momento de descontrol. Nace en una cultura. En una estructura de poder que durante siglos ha normalizado el abuso, lo ha disfrazado de seducción, lo ha tolerado como privilegio o lo ha enterrado bajo el silencio.
Por eso, cada escándalo no debería solo preguntar “¿quién fue?”, sino algo más incómodo: ¿qué tipo de sociedad ha permitido que esto ocurra? Y más aún: ¿en qué se está fallando desde la formación de niñas y niños, cuando familia y escuela renuncian —por acción u omisión— a educar en límites, respeto y dignidad?
Colombia no es ajena a esta realidad. En distintos niveles del poder —político, institucional, empresarial, deportivo— emergen patrones inquietantes: jerarquías usadas como presión, silencios forzados, carreras condicionadas por el miedo. Hay de todo. Hay denuncias en el Congreso, en el deporte, en las empresas y, recientemente, en los medios de comunicación —con el estallido de un #MeToo en el periodismo colombiano— desnudan de cuerpo entero las fracturas.
La acción institucional desde la Fiscalía y el respaldo de organizaciones sociales muestran que hay una sociedad que empieza a reaccionar. Ya van más de 60 señalamientos en un santiamén. Señales de que el poder —cuando carece de controles éticos y culturales— se deforma. Y en esa deformación, el otro deja de ser persona para convertirse en instrumento.
Pero, sería un error reducir el problema a Colombia. El acoso sexual atraviesa fronteras, idiomas y clases sociales. Está donde exista una relación desigual de poder y una cultura que la justifique o la minimice.
El caso de Jeffrey Epstein llevó esta discusión a un nivel aún más perturbador: redes de explotación que involucraban a figuras influyentes. Más que un individuo, lo que se evidenció fue un sistema donde el dinero, el poder y el silencio operaban como garantías de impunidad.
Como advirtió Simone de Beauvoir, “el opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los propios oprimidos”. Y ahí radica uno de los puntos más delicados: el acoso no siempre es visible, pero casi siempre es sabido. Se comenta en voz baja, se normaliza en chistes o se relativiza con frases como “así es él”.
Desde la sociología, el acoso se sostiene en tres pilares silenciosos: la desigualdad de poder; una educación emocional fallida que enseña que el deseo puede imponerse; y la complicidad social que prefiere no ver, no oír, no denunciar.
Las víctimas cargan con costos invisibles: daño emocional, silencio, culpa inducida, oportunidades perdidas. Y cuando hablan, muchas veces enfrentan otro juicio.
Por eso, abordar este tema exige firmeza sin moralismo. No se trata de construir una sociedad mojigata, sino de reconstruir el tejido social desde el respeto, el consentimiento y la dignidad. Pero también de algo inaplazable: que la justicia actúe con rigor y sin ambigüedades, para que quienes abusan enfrenten consecuencias ejemplares y se rompa, por fin, la impunidad.
Hay, además, una contradicción reveladora. Escandalizan las guerras y sus efectos devastadores —con razón—, pero ignoramos violencias silenciosas como el acoso. Mientras miramos conflictos lejanos, dejamos de ver el daño profundo y cotidiano que produce: una destrucción menos visible, pero igualmente indigno y real.
Tal vez la pregunta no sea cuántos casos más deben salir a la luz, sino cuánto más se está dispuestos a tolerar antes de reconocer que esto no es una suma de episodios aislados, sino un problema estructural.
Porque mientras se siga a medias tintas tratando el acoso como escándalo, y no como sistema, se seguirá llegando tarde.