La receta

Dormir, soñar, vivir

 

 

 

“Había quedado con el psicólogo para que me interpretara los sueños, y no fui capaz de reunir las ovejas suficientes para dormirme”

José González Núñez, farmacéutico de Almería.

Según un estudio promovido por la Fundación Mapfre y elaborado por especialistas de las sociedades de neurología y del sueño, el insomnio crónico afecta ya a un 14% de la población adulta en España, y este porcentaje llega al 33% entre la población más joven que duerme de forma insuficiente, porque resta horas de sueño para ocio u otras tareas, por falta de tiempo para la jornada; lo que propicia la aparición de enfermedades, tanto las relacionadas con el sueño, como de otra naturaleza, que impactan en la calidad de vida, e incluso pueden acortarla.

Hay descritas cerca de cien enfermedades relacionadas con el sueño y, además en muchas personas existen otras patologías que, por su sintomatología, interfieren con un buen descanso. Así lo ha puesto de manifiesto la “World Sleep Society”, que calcula que, al menos un 45% de la población mundial padecerá en algún momento algún trastorno del sueño grave. Aunque también hay, aunque en mucha menor proporción, trastornos relacionados con el exceso de sueño, lo que se conoce por narcolepsia.

En general se emplean fármacos con intención de ayudar al paciente, aunque en ocasiones su uso permanente cronifica el problema y aparecen efectos no deseados, como en el caso de las benzodiacepinas, que propician su tolerancia e incluso una adicción, semejante a las drogas de abuso. Se suele repetir machaconamente que España ocupa la cabeza de su consumo, algo que no es cierto, ya que según los datos con que contamos en el Observatorio del Medicamento, unos dos millones de personas estarían siendo tratados mensualmente con hipnóticos y sedantes, frente a los siete millones que duermen mal, y el crecimiento de este mercado es solo del 1%.

A quien duerme mal, la organización social que tenemos, no se lo pone fácil: desde la precariedad laboral, económica o social, como elementos estresantes que pueden afectar al sueño. El modelo de ciudad abierta 24 horas, con su exceso de ruido y luz, y el impacto climático en los veranos en los que cuesta conciliar el sueño por encima de los 29º ó 30º, son factores que pueden afectar a quienes normalmente duermen bien, por lo que todos deberíamos diseñar estrategias para minimizar estos efectos medioambientales.

Como consejo personal, y también para los profesionales, habría que destacar la importancia de educar en buenos hábitos de sueño, antes de recurrir al uso de medicamentos, reservando éstos para las situaciones más comprometidas y para aquellos casos en que realmente estén indicados. La siesta, esa gran aportación a la humanidad de nuestra cultura mediterránea; el uso de la ropa adecuada para dormir; la “cena paseada” de nuestro refranero; un baño o ducha tibios antes de acostarse, son buenos consejos para quienes lo necesiten.

Tampoco debemos pensar que el uso de sustancias fisiológicas como la melatonina, está exenta de algunos inconvenientes, si no se emplea adecuadamente. La melatonina, que es una hormona que se encuentra de forma natural en nuestro cerebro, no puede utilizarse a cualquier hora y en cualquier dosis: hay que hacerlo de acuerdo con recomendaciones de dosificación y como un cronobiótico, es decir, siempre a misma hora, para seguir el ritmo circadiano de sueño y vigilia.

Dormir bien es uno de los mejores regalos que podemos recibir de la naturaleza, que parece asociarse al humor, la paz de espíritu y otras virtudes. Aunque nadie está libre de padecer enfermedades, hay algunos trastornos del sueño que se pueden evitar, encauzando nuestra vida por otros derroteros.