La banda dorada de las mujeres palentinas es un honor que el tiempo no ha vencido. —Pablo Junceda
Entre los miles de documentos que jalonan la historia de Castilla, pocos resultan tan extraordinarios para el espíritu de una época como el privilegio otorgado en 1387 por Juan I a las mujeres de Palencia. No es una invención tardía, está reflejado en una Real Cédula de 22 de abril de 1387 y conservada en copias posteriores en el Archivo Municipal de Palencia. En ese se reconoce a las mujeres de la ciudad el derecho a portar la banda dorada, una insignia hasta entonces reservada solamente a los caballeros de la Orden de la Banda, que había sido fundada en 1332 por Alfonso XI junto con la prerrogativa, extraordinaria en su tiempo, de no inclinarse ante el rey.
El origen de esta distinción está en los convulsos años que siguieron a la derrota castellana del año 1385 en Aljubarrota, contra el ejército portugués. El reino, muy debilitado, afrontaba la amenaza del duque de Lancaster, quien por su matrimonio con Constanza de Castilla reclamaba la corona. En crónicas de la época —particularmente la Crónica de Juan I, atribuida al canciller y cronista castellano Pedro López de Ayala— se describe el avance de las huestes inglesas por Galicia y León en 1386, aproximándose a Palencia, que era en aquel entonces una ciudad escasamente defendida debido a la dispersión de sus hombres por las distintas campañas.
Fue en esa encrucijada cuando las mujeres palentinas, lejos de huir atemorizadas, ocuparon las murallas e hicieron sonar campanas y atabales. Desplegaron de inmediato pendones haciéndose pasar por un numeroso contingente. Esta maniobra fue calificada con total sobriedad como «servicio notable» y sirvió para que el duque desistiera de su intento de sitiar la plaza. No hubo combate, pero esta inteligente acción contribuyó a sostener la legitimidad Trastámara en un momento que era realmente complicado.
No obstante, conviene señalar que este episodio no debe interpretarse como un antecedente de reivindicación igualitaria. Sería impropio y absurdo forzar en el siglo XIV categorías ajenas a su comprensión. Sin embargo, el privilegio constituye para la sociedad del momento un reconocimiento excepcional. La banda dorada, incorporada con los años al traje tradicional palentino, no es un simple ornamento folclórico, se trata de la huella visible de un acto que la historiografía relegó discretamente durante siglos.
La documentación conservada —aunque fragmentada— permite afirmar la verdad de la merced. El propio López de Ayala, en sus Crónicas, alude a la fidelidad de las ciudades castellanas en aquellos años y, aunque no detalla expresamente este episodio palentino, su contexto confirma la verosimilitud del reconocimiento regio. Por su parte, la tradición local lejos de contradecir los testimonios escritos, los complementa sin pecar de exageraciones que puedan ser incompatibles con la evidencia.
También conviene recordar en estos tiempos nuestros de exigencia de derechos, que el pasado ofrece ejemplos de heroicidades femeninas que no necesitan tintes, insultos o gritos. Las mujeres de Palencia no empuñaron armas ni tampoco reclamaron honores, ellas defendieron su ciudad con total astucia y el reino agradecido lo supo reconocer con una prerrogativa que, seis siglos después, sigue apelando a nuestra conciencia histórica.