Hay meses que llegan en silencio, como quien pide permiso para entrar. Y luego está mayo, que este año no ha entrado: ha irrumpido. Ha llegado como un cuñado en Nochebuena: hablando alto, trayendo tormentas y dispuesto a recordarnos que la primavera no es una estación, sino un estado de ánimo inestable.
Porque mayo no se vive: se sobrevive. Y, mientras tanto, se refranea.
El clásico de clásicos, “Hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo”, este año ha sonado más a amenaza que a consejo. Con los chubascos que llevamos, lo prudente sería no quitarse el sayo ni en San Fermín. El refrán, si pudiera, pediría una prórroga meteorológica.
Luego está el optimista: “Mayo entrado, un jardín en cada prado”. Muy bien. Pero este año, más que jardines, lo que hemos tenido son charcos con vocación de laguna. El campo está tan verde que los urbanitas han empezado a sospechar que las plantas no salen del IKEA.
El agricultor práctico tampoco falla: “Siembra perejil en mayo y lo tendrás todo el año”. Sí, claro. Siempre que no te lo arranque de cuajo la primera granizada. Porque este mayo, siembra perejil y tendrás… una sopa. Literal.
Los refranes de lluvia, por supuesto, han salido a desfilar como si fueran los heraldos del tiempo: “Agua de mayo, cernida por un paño”, “Mayo mojado, del barbecho hace prado”. Este año, más que cernida por un paño, ha sido escanciada con jarra. Y del barbecho ya no hace prado: hace pantano.
Los pájaros también aportan su sabiduría: “En febrero canta el jilguero, en mayo canta el canario”. Muy bien, pero este mayo los pobres han cantado poco: bastante tenían con buscar refugio bajo cualquier teja disponible.
Y luego está el entusiasmo matinal: “Las mañanas de mayo, las mejores del año”. Será cuando no te despierta un trueno que parece sacado de una película de catástrofes.
Pero entre tanta lírica, tanta flor y tanta nube negra, hay un refrán que lo resume todo con la precisión de un bisturí manchego. Mi favorito, lo confieso:
“Nos ha jodido mayo con las flores.”
Porque sí, mayo es precioso, pero también es un mes que llega con polen, tormentas, mosquitos, bodas, alergias y esa sensación de que la primavera es maravillosa… pero agotadora.
Y aun así, cada año volvemos a él. Quizá porque nos recuerda que hubo un tiempo en que la vida se medía por estaciones, no por notificaciones. Un tiempo en que fuimos peces, o casi.