La historia de los medicamentos no es solo la historia de las moléculas que curan. También es la historia de las modas. Y pocas cosas hay más humanas que convertir una moda en dogma durante unos años para luego abandonarla con el mismo entusiasmo con el que se abrazó. La farmacología, pese a su apariencia científica y solemne, no ha escapado nunca a esa inclinación tan nuestra de confundir novedad con progreso. Los seres humanos llevan milenios haciendo eso. Primero con amuletos, luego con sangrías o bebedizos y finalmente con campañas de marketing y posicionamiento imaginativo.
James Joyce escribió en Ulises que el primer hombre que tomó una planta para curarse demostró un enorme coraje. La frase no es exacta así citada, pero la idea sigue siendo brillante. Aquel ser humano primitivo probó una hoja, una raíz o una corteza sin saber si aliviaría el dolor o le enviaría directamente al otro mundo. La medicina comenzó así: mediante observación, intuición y una buena dosis de riesgo. Después llegaron los ungüentos, las cataplasmas, los clisteres – que eran enormes lavativas- y los remedios de aplicación local, durante siglos considerados casi mágicos. Y no digamos los supositorios, de los que ya ni se habla.
Más tarde aparecieron las grandes modas industriales. Durante décadas triunfaron las combinaciones a dosis fijas, aquellas cápsulas o comprimidos que mezclaban varias sustancias en un mismo producto. Había preparados para el resfriado que parecían la lista de ingredientes de una sopa química: analgésico, antihistamínico, cafeína, vitamina C y algo más por si acaso. La polimedicación se convirtió casi en un signo de potencia terapéutica. Cuantos más componentes llevaba el medicamento, más moderno parecía. Luego se comprendió algo elemental: mezclar medicamentos indiscriminadamente complica el control de las dosis, aumenta los efectos adversos y convierte al paciente en una ruleta rusa ambulante.
En las últimas décadas se ha impuesto una cierta racionalidad. Predominan las formas orales porque son cómodas, eficaces, seguras y permiten una mejor adherencia. Hay excepciones inevitables, como en pediatría, donde jarabes, gotas o formulaciones adaptadas siguen siendo esenciales, o determinados tratamientos hospitalarios donde los inyectables continúan siendo imprescindibles. Pero fuera de esos ámbitos, el futuro parece dirigirse hacia una reducción progresiva de las inyecciones y de los polifármacos. El paciente quiere autonomía, sencillez y menos visitas innecesarias. Y el sistema sanitario también. Bastante tiene ya con sobrevivir a montañas de burocracia.
Eso no significa que hayan desaparecido las modas. Cambian de traje. Hoy se presentan como, “liberación inteligente”, “administración personalizada” o cualquier otra expresión fabricada por departamentos de marketing que jamás descansan. Siempre habrá alguien intentando convencer al médico y al paciente de que lo nuevo es automáticamente superior. Pero la experiencia ha enseñado algo importante: en farmacología, como en tantas otras cosas, el verdadero progreso suele parecerse mucho al sentido común. Y el sentido común, aunque menos eficaz que una campaña publicitaria, sigue siendo el mejor excipiente, para acompañar al medicamento.