Los colores del prisma

Banano colombiano: la fruta barata con una historia cara

En Santa Marta, donde el viento huele a historia y sal, el banano vuelve a reunir a quienes viven de él. Esta vez, en un congreso que no es solo un encuentro gremial, sino una apuesta por entender hacia dónde va —y hacia dónde puede ir— el cultivo. Es, sobre todo, una asamblea de tenacidad… y de supervivencia.

Porque mientras el mundo consume más de 100 millones de toneladas de banano al año y dedica cerca de 9 millones de hectáreas a su cultivo, solo una pequeña parte —apenas entre el 14% y el 15%— entra al comercio internacional. Es decir: la fruta más global del planeta… es de consumo local.

Y en esa tensión la vive Colombia. El banano no es una cifra abstracta. Es una realidad: más de 52.000 hectáreas sembradas, tienen una producción cercana a 2,6 millones de toneladas anuales y un aparato productivo que sostiene más de 200.000 empleos directos e indirectos. En exportaciones, ronda los 1.300 millones de dólares y se mantiene entre los jugadores del mercado mundial.

Pero si el mapa se acerca —si el lente va hasta el Caribe— el foco es más contundente. En Magdalena, anfitrión del congreso el 21 y 22 de mayo próximo, se concentra el 30% de la producción bananera. Más de 16.000 hectáreas cultivadas, alrededor de 800.000 toneladas anuales dan cuenta de una economía que sostiene territorios, genera miles de empleos y define la vida de la región.

Ahí el banano no es una estadística fría. Es paisaje caliente. Y, sin embargo, el negocio cruje. Porque producir ahora es más caro que nunca. Fertilizantes, salarios, transporte, insumos, certificaciones… todo sube. Menos el precio. Esa cotización se negocia lejos del Caribe, en oficinas donde no crece la fruta, pero sí se decide cuánto vale. Las grandes cadenas fijan condiciones que no siempre reconocen el costo de producir bajo estándares ambientales y laborales cada vez más exigentes.

Europa pide sostenibilidad. Trazabilidad. Menos químicos. Mejores condiciones laborales. Y está bien. El problema es que no siempre paga por ello. El productor colombiano —y con más fuerza el del Magdalena— hace equilibrio: entre cumplir… o desaparecer.

Mientras tanto, la competencia aprieta. Ecuador produce más barato. Centroamérica escala con eficiencia. África juega con fuerza creciente. Y Colombia insiste en una apuesta distinta: calidad, cumplimiento, responsabilidad. Hacerlo mejor… pero más caro. Ahí está la paradoja. Y por si fuera poco, está lo invisible.

El Fusarium Raza 4 Tropical, una enfermedad, avanza como una amenaza silenciosa. No tiene cura. Y cuando aparece, arrasa. A su lado, la sigatoka negra sigue elevando costos y decisiones difíciles. Todo en un modelo basado, casi por completo, en una sola variedad: el Cavendish. Uniforme. Eficiente. Vulnerable.

La ciencia corre detrás del problema: nuevas variedades, biotecnología, investigación genética. Pero el tiempo no siempre alcanza… y el consumidor tampoco siempre confía. Así, el banano queda atrapado entre el laboratorio y el supermercado. Y, aun así, en Magdalena se insiste.

Porque el banano no es solo un cultivo. Es una estructura social, económica y cultural. Representa cerca del 5% del PIB agrícola del país y sigue siendo una de sus principales fuentes de divisas. 

No es casual que esta conversación ocurra en la tierra donde nació Gabriel García Márquez, en medio de plantaciones que fueron escenario de tragedias y relatos donde lo real y lo imposible convivían sin pedir permiso. Si hoy escribiera, tal vez diría que el banano colombiano —y el del Magdalena en particular— es un personaje condenado a resistir.

Y en esa resistencia, el papel de Asbama es clave, bajo el liderazgo de su presidente ejecutivo, Francisco José Zúñiga Cotes. No solo organiza un congreso. Articula una conversación urgente. Porque ya no basta con vender más. Hay que sostener mejor. ¿Quién paga la sostenibilidad? ¿Quién asume el costo de producir con estándares globales? ¿Hasta cuándo se puede competir bajando precios y subiendo exigencias?

El mundo seguirá comiendo banano. Eso parece seguro. Lo que no es seguro… es quién podrá seguir produciéndolo. Para eso sirve el congreso. Para entender que, en Colombia, incluso cuando las cuentas no dan, los cultivadores siguen creyendo que los cultivos se pueden salvar. Aunque toque defenderlos…racimo por racimo. Comentarios a jorsanvar@yahoo.com de la Red Internacional de Periodistas RIP.