Los medicamentos para adelgazar han ocupado titulares, consultas médicas y conversaciones cotidianas. Los fármacos llamados GLP-I (Ozempic, Wegovy o Mounjaro) inicialmente diseñados para la diabetes han pasado a presentarse como la gran solución frente a la obesidad, una enfermedad compleja y de largo recorrido. La Organización Mundial de la Salud (OMS) los ha reconocido como esenciales para la humanidad. Sin embargo, la prestigiosa revista British Medical Journal en un amplio análisis que revisa 37 estudios con miles de pacientes muestra un patrón claro: la pérdida de peso conseguida con estos medicamentos se revierte con rapidez cuando el tratamiento se interrumpe.
Una mirada clínica prudente obliga a separar la expectativa creada del conocimiento real disponible. Y ese conocimiento, hoy, invita más a la cautela que al entusiasmo acrítico. La recuperación de peso no solo es frecuente, sino más rápida que la observada tras abandonar programas clásicos basados en dieta y ejercicio. En términos sencillos: cuanto más se pierde con ayuda farmacológica, más deprisa se recupera después. Este dato, lejos de ser anecdótico, tiene una enorme relevancia clínica.
Conviene recordar algo elemental: estos fármacos no enseñan a comer, no modifican hábitos y no fortalecen la autonomía del paciente. Actúan mientras están presentes, fundamentalmente reduciendo el apetito. Cuando desaparecen, el organismo vuelve a su punto de partida, y el paciente, en muchos casos, se encuentra sin herramientas prácticas para sostener el cambio. Desde la clínica, esto no sorprende. Sucede algo parecido con cualquier intervención que sustituye el esfuerzo personal en lugar de acompañarlo.
Aún más preocupante que el rebote de peso es la reversión de los beneficios metabólicos. Mejoras en glucosa, colesterol, triglicéridos o presión arterial tienden a diluirse tras la suspensión del fármaco. Es decir, no solo se recuperan kilos: también se pierde terreno ganado en salud cardiovascular. Para una enfermedad crónica como la obesidad, este enfoque plantea una pregunta incómoda pero inevitable: ¿estamos tratando el problema o solo aplazándolo?
Desde una perspectiva clínica responsable, estos medicamentos pueden tener un lugar, pero no como atajos ni como soluciones universales. Pueden ser útiles en pacientes bien seleccionados, con indicaciones claras, seguimiento estrecho y, sobre todo, integrados en un plan que incluya cambios sostenidos en la alimentación, la actividad física y el estilo de vida. Convertirlos en protagonistas absolutos es un error que la experiencia médica ya ha cometido otras veces, con resultados desiguales.
La obesidad no es una urgencia que se resuelva con prisas, sino una condición que exige tiempo, constancia y realismo. Prometer pérdidas rápidas sin explicar el precio posterior es clínicamente imprudente y socialmente engañoso. La medicina ha avanzado mucho, pero no ha abolido las leyes básicas de la fisiología ni del comportamiento humano.
Por eso, frente al discurso de la solución fácil, conviene recuperar un mensaje clásico, poco vistoso pero honesto: adelgazar sigue requiriendo trabajo. Trabajo del paciente, acompañado por profesionales, con estrategias sostenibles y asumibles a largo plazo. No hay atajo sin trabajo, y olvidarlo suele salir caro, en kilos recuperados y en frustración acumulada.