Si vis pacem, para bellum

El gran apagón de la competitividad

España ha descubierto una forma muy original de entender la energía. Producir mucha electricidad cuando no hace falta, no poder llevarla a donde se necesita y presumir después de ser una potencia energética. 

Tenemos sol. Tenemos viento. Tenemos parques fotovoltaicos que se extienden hasta donde alcanza la vista y aerogeneradores por doquier. Contamos con objetivos, planes, estrategias y compromisos para 2030, 2040 y 2050. Pero, curiosamente, lo que empieza a faltar es electricidad barata, estable y disponible para quienes quieren fabricar, construir o invertir hoy. Pero no importa. El futuro siempre queda muy bien en una presentación en PowerPoint, con un logo bonito y un eslogan pegadizo.

Escuchamos cada día que España es líder europea de la transición energética. Y, sin embargo, una industria electrointensiva puede pagar por la electricidad bastante más, entre el doble y el triple, que sus competidores europeos. Una empresa puede encontrar dificultades para ampliar su capacidad porque la red no tiene suficiente potencia. Una promoción inmobiliaria puede retrasarse porque el suministro eléctrico no llega a tiempo.

Queremos construir cientos de miles de viviendas, electrificar el transporte, atraer centros de datos y reindustrializar el país. Solo hemos olvidado un detalle. Alguien tendrá que proporcionar la electricidad. Y no basta con que salga el sol.

Confundimos el titular con la realidad. Instalamos megavatios y celebramos el récord. Pero una fábrica no funciona con megavatios instalados. Funciona con electricidad disponible. Una siderúrgica no puede detener un horno porque haya caído la producción renovable. Una empresa no puede planificar una inversión a veinte años basándose en la previsión meteorológica. Y una promoción inmobiliaria no puede entregar viviendas si la electricidad llega después que los compradores. Y todo eso, sucede cada día.

Hemos convertido la capacidad instalada en una medalla nacional. Cuantos más gigavatios, mejor. Da igual que no exista suficiente almacenamiento, que la red no tenga capacidad para transportar la energía o que los grandes centros de consumo estén lejos de los lugares donde se genera. 

El caso de las industrias electrointensivas debería hacernos pensar. Para ellas la electricidad no es una factura más, es una materia prima. Si producir en España resulta mucho más caro que hacerlo en otros países europeos, tenemos más de un problema. Son inversiones que se aplazan, producción que se reduce y empleo industrial que termina buscando otro lugar. Y entonces aparecen las grandes palabras. Autonomía estratégica, soberanía industrial y reindustrialización. Europa se ha enamorado de las palabras. El problema es que las fábricas todavía funcionan con electricidad.

Mientras España y Bruselas discuten nuevas obligaciones y exigencias regulatorias, otros países se preguntan cómo producir más, asegurar energía abundante y proteger su capacidad industrial. Mientras unos construyen centrales, redes y fábricas, nosotros redactamos reglamentos. Y no nos equivoquemos. Cerrar una fábrica en Europa no elimina las emisiones. Si esa producción se traslada a un país con una matriz energética más contaminante, las emisiones siguen ahí. Solo desaparecen de nuestras estadísticas. Hemos convertido la deslocalización industrial en una forma bastante sofisticada de ecologismo contable.

Hablemos ya del elefante en la habitación, porque casi todos sabemos que la energía nuclear debería ocupar un lugar central en este debate. España quiere electrificar la economía, aumentar la producción industrial, construir más viviendas, impulsar la movilidad eléctrica y atraer nuevas inversiones que requieren grandes cantidades de energía. Al mismo tiempo, mantiene un calendario de cierre para una parte esencial de su capacidad de generación.

Es una contradicción difícil de explicar. Queremos consumir más electricidad y, al mismo tiempo, renunciamos a una fuente que ya produce energía de forma continua, estable y libre de emisiones.

Mientras otros países europeos prolongan la vida de sus centrales, refuerzan su capacidad nuclear o vuelven a situarla en el centro de sus estrategias energéticas, España parece dispuesta a prescindir de una infraestructura estratégica antes de haber garantizado alternativas capaces de ofrecer el mismo nivel de seguridad y estabilidad.

La energía nuclear no compite con las renovables. Las complementa. Contribuye a la seguridad de suministro, reduce la dependencia energética exterior y aporta estabilidad a un sistema que necesita cada vez más electricidad.

Cerrar centrales que siguen funcionando y producen energía baja en emisiones no parece una decisión especialmente inteligente. Mucho menos cuando todavía faltan redes, almacenamiento y capacidad suficiente para responder a una demanda eléctrica que no dejará de crecer. Así, España corre el riesgo de desmontar una ventaja estratégica justo cuando más la necesita.

El apagón de 2025 debería haber servido para introducir algo de humildad en el debate. Los que trabajamos en el mundo de la comunicación siempre decimos que una crisis es un problema que debe generar un cambio. Tristemente, en España se prioriza la búsqueda de culpables. Y, una vez encontrado el culpable, damos el problema por resuelto. Se nos olvida que la estabilidad requiere de redes, almacenamiento, capacidad de respaldo, planificación y gestión técnica, y que la electricidad es demasiado importante para dejarla en manos de ideólogos.

España tiene una oportunidad extraordinaria. Pocos países europeos cuentan con nuestros recursos renovables. Podríamos convertir la energía en una ventaja para atraer industria, generar empleo y construir más vivienda. Pero estamos haciendo algo extraño. Tenemos la materia prima y estamos perdiendo la ventaja.

El problema no es haber apostado por las renovables. El problema es haber creído que las renovables, por sí solas, eran una política energética. La energía debe ser limpia, pero también abundante, estable, asequible y disponible. Si falta alguna de esas condiciones, la transición deja de ser una ventaja y empieza a convertirse en un coste.

España tiene sol. Tiene viento. Tiene capacidad tecnológica. Lo que todavía no tiene, aunque parezca mentira, es un sistema energético pensado para producir y, lo que es más importante, beneficiar a sus usuarios, que somos todos.

Y quizá esa sea la paradoja más española de todas. Hemos conseguido ser una potencia energética sobre el papel mientras la electricidad amenaza con convertirse en una de nuestras mayores desventajas competitivas. Que alguien le dé al interruptor de pensar, por favor.