Si no estás disfrutando tus vacaciones en una isla desierta ni has decidido tomarte un respiro de los medios informativos, probablemente reconocerás la autoría de esta expresión: “sin afán patrimonial”, pues se ha hecho viral en poco tiempo.
Nada más escuchar en la televisión pública las palabras de Rodríguez Zapatero me vi atrapada por la urgencia de escribir una columna, aunque para nada pretendo hablar del caso.
Lo que me interesa analizar no es el contexto ni la intención de su protagonista. Son estas tres sencillas palabras y su original concatenación semántica. En particular ese vocablo, “afán”, término noble donde los haya, relacionado con el trabajo, el esfuerzo y el empeño. Otro presidente del Gobierno de España, Leopoldo-Calvo Sotelo, ya popularizó la palabra, convirtiendo en su lema político un consejo bíblico: "cada día tiene su afán".
No sé si mis lectores tendrán la misma impresión, pero a mí la expresión “sin afán patrimonial” me tranquiliza tanto como si un carterista me explicara muy serio que ha metido la mano en mi bolsillo “sin ánimo de apropiación”. O si se me permite expresarlo de otra manera: “sin afán de afanar”. Las dos palabras no deben confundirse, aunque compartan la misma raíz. El español, lengua de precisión, deja claro que “afán” es empeño, pero “afanar” puede significar también hurtar o robar. La RAE recoge ambas acepciones, aunque cuando el verbo se hace intransitivo –“afanarse”- sus dos definiciones son: “Hacer diligencias con vehemente anhelo para conseguir algo” y “Entregarse al trabajo con solicitud congojosa”. Ambas cuadran con el esfuerzo de alguno por mantenerse ajeno al afán patrimonial, pues tanto la congoja como el vehemente anhelo fácilmente podrían aquejar a aquellos que tienen patrimonio sin afán.
Pero volviendo a la última palabra de la tríada retórica de Zapatero, el monumental “Diccionario de Construcción y Régimen de la Lengua Castellana” de Rufino José Cuervo recoge una larga familia de afanes: el afán de gloria, el afán de riquezas, el afán de saber, el afán de amar, incluso el afán de poder... En este contexto el afán patrimonial sería uno más de una larga lista de afanes que impulsan a la Humanidad
Nuestra literatura nunca fue tímida a la hora de reconocer que el ser humano se siente impulsado por deseos diversos... para su bien o para su mal. Una fábula clásica castiga a quienes comen "con afán desordenado". La expresión describe perfectamente esa inclinación tan humana a excederse, ya sea con los manjares o con las explicaciones.
A primera vista, carecer de afán patrimonial parece una declaración admirable, aunque -como soy malpensada por naturaleza- también suena a retruécano. Si tienes patrimonio… algún afán habrás tenido… o quizás alguien habrá entendido que lo tienes. Hay afanes que convencen y otros que, sencillamente, se delatan.
Quizá el problema no sea el afán, ni el patrimonio, sino la forma en que se unen las palabras. Los políticos llevan décadas intentando que los sustantivos se conviertan en verdades, en lugar de ajustar los argumentos a la realidad. Se habla de "reestructuración" para no decir "recorte"; de "ajuste" para evitar la temible "subida de impuestos"; o de "incidencia" cuando lo que ocurre es un desastre. Ahora descubrimos que puede existir patrimonio “sin afán patrimonial”. Al final, tampoco es para asombrarse tanto. Ya hay ministerios sin afán propagandístico, organismos supervisores sin afán censor, haciendas sin afán recaudatorio, impuestos sin afán confiscatorio, multinacionales sin afán de monopolio, imperios sin afán expansionista y políticos que carecen de cualquier afán electoral, e incluso en el reino animal, afanípteros -léase pulgas- sin ningún afán de chuparnos la sangre.
Termino con una reflexión. Lo malo no es el patrimonio: ¿quién no aspira a tener alguno?; ni el afán: sin sueños no hay progreso. Lo realmente malo es creer que un argumento retórico puede borrar la indignación.