En la vida cotidiana tendemos a pensar que percibimos el mundo tal como es. Abrimos los ojos, escuchamos sonidos, tocamos objetos y asumimos que nuestro cerebro se limita a registrar fielmente lo que sucede ahí fuera. Sin embargo, la neurociencia nos dice otra cosa.
El neurocientífico Karl Friston sostiene que el cerebro no funciona como un simple receptor de información, sino como un sistema que anticipa continuamente lo que está a punto de percibir.
Según este enfoque, el cerebro está continuamente construyendo un modelo interno del mundo. A partir de ese modelo genera predicciones sobre lo que debería ocurrir a continuación, lo que vamos a ver, lo que vamos a oír, incluso lo que vamos a sentir en nuestro propio cuerpo. Cuando la información sensorial llega, el cerebro compara esos datos con sus predicciones.
La diferencia entre lo esperado y lo percibido se llama error de predicción. Gran parte del trabajo del cerebro consiste precisamente en reducir ese error.
Cuando lo que percibimos no coincide con lo que esperábamos, tenemos tres opciones: aprender algo nuevo y actualizar nuestro modelo del mundo; reinterpretar lo que percibimos para que encaje con nuestras expectativas; o actuar sobre el entorno para que la realidad termine pareciéndose a lo que habíamos previsto.
Todo esto forma parte de lo que Friston llama el principio de energía libre, una teoría que intenta explicar por qué los organismos vivos buscan constantemente reducir la incertidumbre sobre su entorno.
Una consecuencia sorprendente es que la percepción no sería una copia de la realidad, sino más bien una hipótesis que el cerebro construye y corrige continuamente.
Otro neurocientífico, Anil Seth, ha popularizado esta idea con una expresión provocadora: vivimos en una “alucinación controlada”. La palabra “alucinación” apunta a algo importante, el cerebro está siempre generando una interpretación interna del mundo.
La diferencia entre una percepción normal y una alucinación no es que una sea inventada y la otra no, sino que en la percepción ordinaria las predicciones del cerebro están constantemente ajustadas por la información sensorial.
Curiosamente, esto explica por qué somos tan sensibles a las ilusiones ópticas, o por qué a veces creemos oír nuestro nombre entre un barullo de ruidos o por qué vemos formas reconocibles en las nubes (pareidolia). El cerebro tiende a completar la realidad utilizando lo que ya sabe.
Nada de esto significa que vivamos en una ficción. Al contrario, estas predicciones internas nos permiten movernos con eficacia en un entorno complejo. Anticipar lo que va a ocurrir suele ser mucho más útil que limitarse a reaccionar cuando ya ha sucedido.
No vemos la realidad tal como es, vemos la mejor explicación que nuestro cerebro es capaz de construir sobre ella. Si lo que percibimos es una interpretación construida por el cerebro, entonces la realidad que experimentamos no es simplemente lo que hay ahí fuera, sino el resultado de un diálogo continuo entre el mundo y nuestra mente.
Un diálogo silencioso que ocurre millones de veces por segundo… sin que nos demos cuenta.