El liberal anónimo

Los talibanes de la Ley de Memoria Histórica

La destrucción, como el caos, si no es causa de la naturaleza, es un asunto exclusivo del hombre. A lo largo de la historia hemos conocido pueblos que se alzaron sobre otros dejando tras de sí un reguero de ruinas y devastando cualquier elemento anterior. En semejante impulso sólo buscaban satisfacer el desprecio por lo ajeno y su voluntad de anular la memoria. 

La historia nos ofrece cientos de ejemplos y, al final, todos convergen en el mismo desprecio por la cultura. El Imperio Asirio destruyó y arrasó ciudades enteras para imponer un terror tanto político como espiritual. Roma, que prefería absorber antes de devastar, no dudaba en destruir cuando buscaba un castigo ejemplar. Los mongoles de Gengis Kan, en su avance implacable, quemaron bibliotecas y asesinaron a poblaciones enteras para desarticular cualquier resistencia. También en China, el Imperio Quin, obsesionados por el control quemaron de forma sistemática documentos y exterminaron a todos los intelectuales. Esa fue su manera de eliminar el pensamiento rival y así controlar a las masas. El califato, a quienes conocemos de cerca, destruyó todo a su paso, no obstante estábamos ante la triste ignorancia justificada por motivaciones religiosas. Otros saqueos como los de Alarico o Genserico, organizados por las tribus germánicas, destruyeron numerosos archivos, la cultura y el arte. 

En la raíz de todos estos episodios se mezclan soberbia e ignorancia. Destruyen lo que no entienden y también lo que no comprenden. Pero no siempre son los bárbaros los que empuñan el hacha, en ocasiones lo hacen quienes quieren elegir qué puede recordarse y qué debe desaparecer. Y en esas estamos hoy en España, ante un afán de devastación silenciosa. Parece que no han tenido suficiente con la quema de millones de documentos, de edificios, obras de arte y testimonios del pasado. Ciertos grupos insisten en continuar la obra de destrucción. Amparados en leyes que pretenden administrar la memoria, ordenan eliminar piezas del patrimonio común, arquitectura, escultura, arte de toda índole. Poco importa su autor, su valor o su significado, basta con que encaje en su relato. 

Entre las víctimas de este celo iconoclasta figura hoy la obra del asturiano Manuel Álvarez Laviada, Medalla Nacional de Bellas Artes y creador de obras de indudable mérito. Su caso ilustra la paradoja porque quieren destruir aquello que pertenece a artistas que, según dicen, en su día sufrieron persecución, como es el sublime monumento a los Héroes del Simancas, en Gijón. Aquí la lógica del borrado sólo reconocería la utilidad de la ruina. A esta fiebre se suma la de quienes arrancan elementos y símbolos de edificios. Creen que la historia se desvanece por eliminar vestigios materiales cuando, no cabe duda, esas placas tienen más brillo e integridad moral que cualquier artículo de esas leyes del odio.

El arte, los documentos, los escudos, las mismas piedras de las ciudades no están para glorificar a nadie, viven para permitir que el tiempo sea estudiado y comprendido. Por eso, quienes destruyen no lograrán sofocar un pensamiento ni tampoco la verdad. Ambas sobrevivirán a cualquier decreto y a los golpes de los martillos. La historia es paciente e implacable, por lo que siempre acabará por imponerse a la ignorancia. Así que seguid, seguid así, que al final la historia retornará con fuerza suficiente y será capaz de desmentir y aplastar todas vuestras mentiras y vuestros actos.