Siempre he pensado que decir la verdad era esencial, la verdad que uno cree, esa voz que llega desde lo profundo, esa que está formada por multitud de percepciones, “inputs”, mensajes inevitablemente salpicados de sesgos involuntarios o subrepticios, pero que sigue conformando la verdad propia múltiple y poliédrica, y que es diferente según de dónde proceda quien la exponga.
Tengo amigos, buenos amigos, judíos, tengo conocidos palestinos, igualmente buena gente. He sido una sólida defensora de la herencia hebrea. Admiro los logros que ese pequeño pueblo ha conseguido a lo largo de la historia, el vergel que construyeron en el desierto, la cantidad de mentes privilegiadas que han dado al mundo en todas las disciplinas. Viví cinco años en Polonia y visité prácticamente todos los campos de concentración y exterminio nazis en suelo polaco. Paseaba por el gueto de Varsovia sintiéndome judía. Me ha dolido el holocausto en el alma tanto como me dolió durante mi vida en África la deshumanización y la esclavitud de los pueblos africanos. Visité muchas puertas de no retorno que llevaban a América a miles de seres humanos esclavizados a un exilio no elegido arrancándolos de sus raíces, sus hogares, sus ancestros…
Hay ignominias que se repiten en la historia para vergüenza de toda la humanidad. Y van cambiando los protagonistas, pero las acciones y los resultados son los mismos: miles de seres obligados a huir, a expatriarse, a abandonar su pasado y su presente para tener una vaga esperanza de futuro, seres y pueblos completamente masacrados, que siembran con su muerte la semilla del odio eterno hacia el enemigo. Y así las guerras perduran por generaciones y nunca se acaban.
Sagunto, aliada de Roma, en el 219 a. C. se defendió contra Anibal. Los saguntinos resistieron como pudieron durante ocho meses hasta que sucumbieron y la ciudad fue pasada a cuchillo. Nada quedó en pie. Ese hecho dio lugar al comienzo de la segunda guerra púnica entre las superpotencias de Roma y Cartago.
Casi ochenta años después Numancia, celtíbera, en 143 a. C. se defendió contra Roma durante diez años, hasta que sucumbió completamente y la ciudad fue quemada y ningún numantino quedó vivo. Roma sometida, Roma justiciera.
Las cifras varían según las fuentes, pero según el Museo del Holocausto de los Estados Unidos fueron seis millones de judíos los muertos durante el régimen nazi hasta 1945.
Casi ochenta años más tarde, después del salvaje ataque de Hamas en octubre de 2023 con la toma de 251 rehenes judíos, comienza de nuevo una guerra desigual entre Israel y Palestina. Apenas quedan hospitales en funcionamiento en Gaza, no hay medicinas, no hay comida, la ayuda de las ONGs no es permitida ni es seguro intentar alcanzarla, la mayoría de los edificios están destruidos e Israel insta a que se abandone la ciudad para tomarla por completo. La ONU ha declarado oficialmente hambruna en la franja de Gaza. Son ya 60.000 los muertos palestinos y cada día mueren de hambre algunos niños.
El que fue deshumanizado, tratado como un número sin derecho a ser llamado por su nombre, el que sufrió la humillación, el enajenamiento. el holocausto, el que fue víctima es ahora el verdugo.
Nuestra memoria es corta, escasa, pobre. La historia no nos enseña o nos negamos a aprender de ella. No nos reconocemos en los hechos dolorosos que sufrieron otros.
Mis amigos judíos dicen que los medios de comunicación europeos nos ocultan la verdad, que los medios desvirtúan y manipulan, que estamos engañados y que Israel está llevando a cabo una guerra justa y limpia. Y entre esos medios incluyen a la Unión Europea y a la ONU.
Soy un producto de mi época, del lugar donde he nacido, soy una mujer europea que veo y escucho diferentes medios de comunicación, que intento no ser visceral y ser lo más equilibrada posible en mis juicios.
Pero, con el debido respeto, no veo otra forma de llamar a lo que ocurre hoy en Gaza y este es mi grito y mi verdad, la única que tengo: Es un genocidio y tenemos la obligación de pararlo.