Área 52

El ordenador, el cerebro y la educación humanística

En el año 1957, año de su muerte, John Von Neumann dejó inconcluso su libro El ordenador y el cerebro. Además de introducir conceptos como ciertos aspectos computables de la actividad nerviosa, también termina con que el lenguaje matemático, aquel computable, era estrictamente contingente como cualquier otro lenguaje y, además, con mayores niveles lógicos que toda la biología del hombre al captar y procesar información. 

Que necesitemos menos “niveles lógicos”, abre la puerta a cuestiones como la no computabilidad de la conciencia, lo cual estaría en línea con la imposibilidad manifiesta para el hombre de decir lo que es más allá de su descripción formal. Sin un agente externo, poco podemos decir de los fines del hombre, básicamente porque no se ha creado a sí mismo, y por tanto la conciencia sólo puede ser medial y no final. Esto es, somos conscientes de que estamos y somos, pero, frustrantemente, no podemos decir todo lo que somos. Lo entendemos y, paradójicamente, nos hace conscientemente completos porque eso no es computable.

No se puede decir lo mismo de inteligencias de orden computacional. Sus fines están claros, porque también lo está su creador, y ordenado en niveles lógicos perfectamente explícitos. Con sus limitaciones intrínsecas de ser un ser computable, su conciencia final y medial son la misma. Es decir, sólo pueden ser conscientes de estar que es lo mismo que ser. En su completitud formal radica su incompletitud consciente.

Entonces, ¿por qué nos empeñamos en que la educación se convierta en un acto perfectamente computable en todos sus aspectos? No sólo hablo de notas y contenidos estandarizados y medibles, donde, por ejemplo, las quodlibetales escolásticas quedan proscritas en las aulas (con singular fuerza en las universitarias), si no de cualquier reflexión sobre aquello de lo que se está hablando.

Ayer mantuve una conversación con el profesor Juan Emilio Suñé Cano de lo más refrescante en este aspecto. No se trataba sobre si tal o cual aspecto del Derecho Internacional aplicaba al caso o no, sino sobre la propia existencia de tal Derecho Internacional más allá de un fenómeno cataláctico con una posibilidad de coerción más bien limitada de forma general.

Piénsese lo que se quiera sobre el caso particular. La cuestión es que de ello va lo universal. La Universidad. Esto es, precisamente, lo contrario de la delimitación. Y cualquier definición es, per se, una delimitación. Pensar más allá de la definición es la manera más honesta de ser universitario. O universal. 

Todo esto no es una cuestión baladí. En el día de hoy, no podemos empeñarnos en ser mejores computando cuando existe una IA cuya naturaleza es precisamente computacional. Volviendo a la conversación con el profesor Suñé Cano, la IA podría habernos ilustrado con miles de casos con razón de semejanza, tratados, doctrina y jurisprudencia al preguntar por el caso concreto, pero jamás, dada esa pregunta como premisa, habría discutido sobre los universales que existen detrás de la razón de ser.

Y si bien el hombre no tiene fines, si hace cosas con finalidad. Y de estas puede decir toda universalidad. Y eso universal, en el hombre y como hemos dicho, no es computable. No lo es ni su conciencia, ni su vida, ni su libertad. No lo es el hombre en definitiva. Volvamos a una educación universal. Esto es, una formación humanística.