Cinco sentidos

Enredados

No diré nada nuevo si afirmo que la sociedad moderna se encuentra enredada en las redes  sociales. 

Las hay de todo tipo: las que buscan vender, informar, entretener, distraer, encontrar  parejas o simplemente alimentar la envidia. Sí, las peores reacciones humanas también  forman parte de las redes: una pantalla de diversos formatos donde se puede juzgar  libremente a otros, aunque muchas veces ese juicio no sea más que el reflejo de la propia  alma. 

“Lo que opines de mí habla más de ti que de mí”, dice una frase que circula por las redes y  cuya autoría desconozco. Y, en gran medida, es cierta. Las redes han convertido cualquier  opinión en un fenómeno multiplicador, capaz incluso de colocar presidentes o de  derribarlos si fuera necesario. 

La Justicia, el Periodismo, los legisladores: todos hacen y deshacen buscando un resultado  favorable en las dichosas redes. El caso argentino es paradigmático. El propio Presidente  utiliza permanentemente las redes sociales; ellas lo instalaron en el centro de la escena  pública y lo depositaron en la Presidencia. Hoy continúan siendo el vehículo de la  provocación constante y, también, del sostenimiento de su gobierno. 

No se trata de una crítica per se, sino de la observación de una realidad que parece haber  llegado para quedarse, aunque naturalmente vaya mutando. 

Cómo se vuelven virales las publicaciones sigue siendo un misterio. Muchos dicen conocer  la fórmula y venden recetas para alcanzar esa viralidad, aunque quienes manejan  determinados recursos económicos cuentan con otros mecanismos mucho más eficaces y  menos transparentes. 

La política, incluso, ha generado nuevas ocupaciones fuera de los esquemas laborales  tradicionales: los conocidos trolls, personas dedicadas a atacar al adversario y amplificar  cualquier mensaje favorable al propio espacio. Antes eran individuos concretos; hoy, tras el  surgimiento de la inteligencia artificial, esos trolls se multiplican en la virtualidad. Cualquier  mensaje puede difundirse masivamente y cada vez resulta más difícil distinguir la verdad de  la manipulación. 

Marshall McLuhan sostenía que “el medio es el mensaje”. Quizá nunca esa afirmación haya  sido tan evidente como ahora: ya no importa solamente qué se dice, sino el impacto, la  velocidad y la repetición con la que se lo instala. 

Me encuentro en este momento en un pequeño pueblo de Italia, un lugar precioso donde  las personas mayores son mayoría. Y no deja de sorprenderme ver a hombres y mujeres de 

más de ochenta años sentados en bares o caminando por las calles mientras observan sus  pantallas y scrollean permanentemente. 

La epidemia tecnológica nos ha alcanzado a todos. Somos dependientes, adictos y, muchas  veces, sometidos a una ola constante de información. 

Vivimos en una sociedad de consumo totalmente dominada, dirigida y condicionada,  donde cada uno de nosotros también se ha convertido en un producto en exposición.  Nuestras vidas, nuestras realidades y nuestras vanidades están en oferta permanente. Todo  se muestra, excepto las debilidades. Y, sin embargo, aunque intentemos ocultarlas, allí  están, revelando nuestro perfil psicológico en cada publicación. 

Byung-Chul Han advierte que hemos pasado de la sociedad disciplinaria a la “sociedad del  cansancio”, una sociedad donde el individuo se explota a sí mismo creyéndose libre. Tal  vez por eso las redes no solo nos muestran: también nos consumen. 

Y por eso, cuando alguien conversa con una inteligencia artificial, esta termina sabiendo  cómo tratarlo. Lo comprende, lo contiene, le habla en el tono adecuado. El algoritmo  aprende nuestras emociones mejor que muchas personas. 

Antes conocíamos los nombres y las historias. Nos dolían los ojos por el sol. Hoy nos duelen los ojos por quien ha ocupado su lugar. 

“Cada tecnología crea una nueva humanidad.” — Marshall McLuhan