Alcazaba

Mester de canes

En verdad, nada puede compararse con la ternura en los ojos de un perro callejero; los he visto en cada ciudad, y sé que no tienen dueño. El amor de un perro sin dueño es también algo especial. Saben quién desea protegerlos y se asimilan rápido a sus nuevos amos.

Desde hace mucho tiempo tengo una comunicación secreta con los perros. Es un lenguaje de signos, en el cual ellos me reconocen como "amigo", socio o camarada, y vienen tras de mí, aunque trato de convencerlos de la perra vida que pueden llevar a mi lado, pues aunque me identifican fácil como alguien de su propia estirpe, al fondo, reconocen también que no soy la persona para cuidarlos, darles agua, proveerles comida.

He querido hacerle un homenaje al perro callejero, ahora que acaba de celebrarse su día. 

En Salamanca, muy cerca del Palacio de Monterrey, vivió José Luis de Celis, un canófilo convencido. Conocí alguno de sus canes, pero no al que fue motivo de sus más sentidos poemas. El perro está sepultado hoy en el patio del Colegio de España, con estatua de bronce y todo, y poema en el pedestal. José Luis tuvo un perro, al que conocí, con amistades muy refinadas. Gustaba de salir a retozar con los perros de la Duquesa de Alba, la señora que tenía más títulos de nobleza en Europa. La Duquesa llega cada verano a Salamanca, con peineta Sevillana en la cabeza, y salía a comprar magdalenas en la tienda de la esquina, para sorpresa de los salmantinos. Claro que el besamanos llega hasta Cantalapiedra; la ciudad se paraliza cuando ella llegaba a ocupar, por sólo unos días, su Palacio de Monterrey, en el que habitaban dos de sus perros por el resto del año.

"Los perros de la Duquesa", como se les conocía en Salamanca, eran bien "pateperros". Gustaban de salir a pasear con los de José Luis, por las orillas del Tormes. A veces los veíamos ingresar en la Galería Central, donde los carniceros, conocedores de esta visita de tanto pedigrí, alistaban sus mejores trozos de carnaza, pedazos de costilla y chorizos leoneses, para complacerlos. Regresaban siempre puntuales al atardecer al palacio, donde el jardinero cerraba tras ellos los pesados goznes.

Sólo tuve un perro doméstico al que siempre le deseé un alma callejera, pero se empecinaba en su domesticidad. Lo llevaba a la playa, en Buenaventura, para que aprendiera a nadar, y me escondía debajo de las olas. El animal, desesperado, entraba también al mar y yo podía ver su emoción cuando me encontraba.

Hace 35 años un perro me persiguió durante varias cuadras, hasta mi casa. Lo ahuyenté como pude; no supe si era la reencarnación de algún enemigo; otro me persiguió en Cartago hasta la puerta del Hotel Mariscal Robledo. Hubo "química" inmediata cuando lo conocí, más luego, mentalmente, le transmití el mensaje: búscate a otro, le dije, que de perrerías ya tengo bastante.