Santa Marta, en Colombia, fue escenario de una especie de “Salsipuedes” petrolero. En un mismo lugar confluyeron el poder, el miedo y la dependencia en una mesa de reflexiones llena de intereses energéticos cruzados.
Ese fue el telón de fondo de la Conferencia Internacional para la Transición más allá de los Combustibles Fósiles, que reunió a representantes de 50 países con una intención casi épica: trazar la ruta para abandonar el petróleo, el gas y el carbón.
Vaya propósito. Los combustibles fósiles son responsables de cerca del 75% de las emisiones globales, pero también sostienen casi el 80% de la energía del planeta. Esa es la dimensión real del dilema.
La conferencia —que surge como respuesta a los vacíos de las COP— intentó algo más ambicioso que los discursos habituales: construir una hoja de ruta concreta. No solo metas, sino caminos. No solo promesas, sino decisiones. Ese es el problema.
Porque si algo quedó claro en Santa Marta es que la transición energética no es, en esencia, un debate ambiental. Es una disputa económica global. Los países hablan de descarbonización mientras siguen perforando. Predican la transición en los foros y la contradicen en sus territorios.
Y no es hipocresía simple. Es estructura económica. El dilema no es ideológico: es fiscal. Hay países cuya estabilidad depende del petróleo. Quitar ese ingreso sin un reemplazo efectivo no es transición: es suicidio económico.
Se habla de gravar las ganancias de las petroleras, de reformar reglas de inversión, de cooperación norte-sur. Pero detrás de cada propuesta late la misma pregunta incómoda: ¿quién paga la transición? ¿Quién pierde? ¿Quién gana?
Colombia quiere liderar el discurso de salida de los fósiles. Pero su economía depende, en más del 50% de las exportaciones de petróleo. Quiere apagar la máquina, pero sigue necesitando el combustible. El discurso del presidente Gustavo Petro se estrella contra la realidad fiscal.
Ahí aparece otra tensión, menos visible pero igual de profunda: la de los territorios. Las comunidades —históricamente relegadas— no solo denuncian el extractivismo fósil, sino que advierten un nuevo riesgo: el extractivismo “verde”. Cambiar petróleo por megaproyectos energéticos que tampoco las benefician.
La transición, entonces, no es solo tecnológica. Es política, social, moral y además, urgente. Los cálculos son contundentes: un aumento de la temperatura por encima de 3 grados podría costarle hasta el 17% del PIB a América Latina. No hacer nada es grave. Pero hacerlo mal también.
Ese es el verdadero dilema que dejó Santa Marta: el planeta no está solo ante la decisión de cambiar o no cambiar, sino ante cómo hacerlo sin colapsar en el intento. Si el mundo logra la transición y países como Colombia no, el golpe será brutal. Pero si intenta hacerla sin planificación, también.
Al final, la conferencia deja una sensación incómoda, pero honesta y contundente: los expertos se reunieron para hablar de la necesidad de despedirse del petróleo, pero sin concluir un manual para sobrevivir sin él.
El mundo quiere cambiar… pero todavía no sabe de qué va a vivir mientras lo intenta. Más que el fin de una era, lo que comienza es un periodo de incertidumbre. Gracias por los comentarios a jorsanvar@yahoo.com de la Red Internacional de Periodistas RIP.