El liberal anónimo

Shein, Temu, AliExpress y los otros bazares digitales

El buen gusto murió el día que el repartidor substituyó al sastre. —El liberal anónimo

Vivimos tiempos gloriosos, no cabe duda, instantes en donde la ilustrada humanidad que antaño construía catedrales o escribía epopeyas, ahora se entrega a una empresa mucho más seria, comprar vestidos de 0,76 céntimos en Shein, Temu o AliExpress. La ilustración ha mutado en un «low cost» permanente donde, por menos que un café puedes adquirir una prenda tan resumida que parece diseñada por un miniaturista.

Las plataformas son astutas y los nuevos mercaderes han logrado convertir a millones de ciudadanos en acólitos del paquete urgente. El repartidor visita el mismo domicilio ocho veces por semana. Mientras, el comprador compulsivo —criatura fascinante— recibe cada paquete con verdadera ilusión. Luego lo abre y descubre atónito que la talla “M” en realidad significa «Microscópica».

Las damas, siempre abnegadas en esta cruzada textil, se enfundan prendas que lejos de embellecer, avergüenzan. Mi madre las definiría, con total acierto, como «la antítesis de la concupiscencia», pero no porque oculten algo, sino porque revelan tanto que el viejo aliado del encanto capitula sin condiciones. Hay vestidos que no son vestidos, sino insinuaciones mal rematadas que desembocan en la vulgaridad. 

Y, en un gesto de igualdad que nadie pidió, los caballeros también se han sumado a esta fiesta. Algunos parecen vivir equivocados. Se enfundan trapitos diminutos convencidos de que pertenecen a una modernidad que exige valentía estética, sin embargo es desconcertante cuando exhiben masas onerosas que desafían la geometría o espaldas que recuerdan vagamente a un bisonte en celo. Parece que hoy en día el valor no se mide en el campo de batalla, muchos lo hacen en centímetros de tela. 

Sin embargo no es la primera vez que la moda nos arrastra por una ciénaga. Recordemos la era gloriosa del chándal dominical. Era una especie de uniforme que algunos reservaban para pasear por su barrio con la esperanza de que la marca les otorgase algún prestigio. Eran tiempos en que el poliéster se confundió con la elegancia. Y cómo olvidar el pantalón caído, trasero al viento, o las hombreras ochenteras que parecían alerones de avión de combate. La historia del vestir es, en esencia, una sucesión de despropósitos con vocación de tendencia. 

Hoy la distinción se mide por la frecuencia con que uno recibe paquetes. El armario no cierra, la tarjeta arde y la casa es un vertedero textil. Seamos sinceros, hay límites y límites, pero esto ya es un caso de alarma pública. Pese a todo seguimos comprando, devolviendo y repitiendo, como si nuestra salvación se escondiese en esos micro trapos de 0,76 céntimos.

La fe mueve montañas, pero algún día un antropólogo nos estudiará y concluirá que fuimos un pueblo peculiar, obsesionado con vestir barato y mal. Descubrirá trapitos imperceptibles, el chándal dominical y las prendas que no tapan, entonces dictaminará que aquí vivieron seres humanos que confundieron el buen gusto y la dignidad con el seguimiento del repartidor y, lo peor, es que no le faltará razón.