El Osorio y el Madroño

Un Madrid desnaturalizado

Cuando llevas un cuarto de hora tratando de llamar la atención del camarero y este ni te mira ni te oye, no porque te odie, sino porque está agotado. Y es que los camareros de la Plaza Mayor y alrededores no descansan ni un minuto al día dada la masiva afluencia de turistas.

Cuando vas a comprar ese producto que usaban tu abuela y tu madre para quitar las manchas y ves que la antigua droguería es ahora una tienda de souvenirs.

Cuando te sientas en el Café Gijón y te pides un café con churros y te dicen lo sentimos pero no hay churros, y preguntas por el menú del día y te dicen que ya no hay, que si quieres unos nachos con guacamole, precisamente lo que comen los nuevos clientes del café que hablan con acento extranjero.

Cuando vas con prisa por la calle de Alcalá, Mayor, Arenal, Postas, Cuchilleros, y no puedes avanzar porque una marea humana te lo impide.

Cuando quieres alquilar o comprar un piso en tu ciudad y te resulta imposible porque la vivienda se ha convertido en una oportunidad de negocio que atrae a los inversores de medio mundo.

Cuando miras la fachada de la casa donde vivían tus tíos y ves que ahora son pisos turísticos, y las casas de al lado también, y otras muchas son hoteles.

Cuando consigues llegar al parque del Retiro después de sortear tres manifestaciones y dos carreras populares que te cortan el paso y ves que está abierto—qué maravilla, hoy no lo han cerrado por riesgo de viento, de calor o de lluvia—pero no encuentras un solo banco donde sentarte porque todos los bancos están llenos.

Es el momento de plantearse: ¿Qué está pasando con Madrid? ¿Acaso se está convirtiendo en una especie de parque de atracciones en el que todos son bienvenidos menos los que vivimos aquí? ¿No será que ha llegado el momento de regular los usos de la ciudad, de mirar por los intereses de sus vecinos y de no seguir atrayendo multitudes que ya no caben?