Crónicas de nuestro tiempo

La final del torneo

La gran fábrica de mentiras del magnífico jugador Pedro Sánchez, alcanzará su punto culminante cuando la pajarraca de Margarita Robles presente su dimisión.

Ese será el sonido de la primera grieta en el muro. Porque detrás de ella, uno por uno de sus ministros y no ministros caerán aunque siempre hayan disimulado; por dinero, promesas y mieles de vanidad, ademas de su disgusto nominal. Ellos no querrán quedarse a contemplar el jaque mate al Sanchismo. Una final anunciada donde todavía nadie puede asegurar quien será el vencedor.

Volvemos a leer las noticias con cierta esperanza               -mínima, pero viva- de ver el fin de lo que nos ha traído hasta aquí: el Sanchismo, la conducta woke, la corrupción institucionalizada, la mentira profesionalizada, la dictadura encubierta, la locura neoecologista de laboratorio, la inmigración ilegal sin control, la okupación protegida, el asalto a las instituciones y toda la troupe del pesebre: Pilar Alegría, las Montero, Bolaños, Patxi López, Óscar Puente, Óscar López, Zapatero, Pumpido, Tezanos, Garzón, Otegui, Urtuzar, Aizpurua, Aitor, Rufian, y el resto del coro que repite el catecismo oficial.

Hasta ahora, el relato ha sido diseñado con precisión quirúrgica. Primero crean al enemigo: ultrasfascistasnegacionistasmachistasxenófobos, franquistas. Luego inoculan el miedo. Y finalmente ofrecen la salvación: el Estado como protector; el líder como redentor. El Caudillo frustrado. El Rey de España de facto: Pedro “el Hermoso”. El Emperador naciente.
Así se perpetúa el poder: fabricando fanáticos donde antes había ciudadanos; sustituyendo conciencia por dependencia; convirtiendo el Ingreso Mínimo Vital en termómetro del empobrecimiento general.

La mentira mediática ya no informa: adoctrina. Reescribe los hechos, borra los datos incómodos, invierte las causas y glorifica al culpable. El crimen pasa a ser “error administrativo”; la traición se disfraza de “diálogo” o “cambio de opinión”; la censura se llama “moderación de contenido”. Y el pueblo, bombardeado hasta la saturación, deja de pensar. Repite. Acepta. Calla. Porque repetir es más cómodo que comprender, y callar más rentable que disentir.

El ciudadano anestesiado vive en una realidad fabricada: todo parece libertad, pero todo huele a control. Un adoctrinamiento científicamente elaborado para una población donde       -como decía el diácono Esteban- muchos son “duros de cerviz”.

Más torpes que inocentes. Y así llegamos a la final del torneo. Pedro Sánchez contra el Estado de Derecho, donde el narcisista ha perdido la reina, dos alfiles y una torre. Ha capturado muchos peones, sí, pero aún queda partida. Todavía puede avanzar los suyos hasta coronarlos en la última fila. Y esa coronación -ese truco final- depende de Pumpido.

Ese mismo Conde-Pumpido que Feijóo, en un acto de pusilanimidad histórica, aceptó sin rechistar; ese padre del delincuente maltratador, drogadicto y fracasado, que hoy sirve al sanchismo como llave maestra para exonerar a García Ortiz, blindar la amnistía y garantizar que los socios sigan votando para evitar que pierda la partida.

Porque todos se necesitan, aunque Pedro Sánchez no haya salido aún del armario y le hagan mear sangre en cada negociación, mientras intenta enrocarse con su última torre: Bolaños.

Aún cabe que los 178 le den cobertura para convocar unas elecciones tramposas y arrasar como vaticinó estrategicamente el CIS, gracias a la maquinaria de Indra, Telefónica y sus mandos intermedios. Y que después, con Tezanos manejando la consulta popular, nos arrastre fuera de la OTAN y de la UE para lanzarnos en brazos de los BRICS, disfrazando la ruptura con una “confederación de repúblicas” dentro de una monarquía decorativa: la última pantomima democrática.

La partida no ha terminado. En cualquier momento un mal fario del rival que nos defiende, puede desencadenar la remontada inesperada. España siempre ha sabido convertir la desgracia en conversación nacional de resistencia, humor y esperanza.

Pero con Pedro Sánchez todo es al revés. Todo puede ocurrir. Incluso que, hasta el toro, todo sea rabo.