Prisma Internacional

Irán. ¿el Vietnam de Trump?

En 1964, una vez dividido el Vietnam entre el Norte y el Sur y derrotados los franceses por los vietnamitas, el Gobierno norteamericano de entonces, presidido por Lyndon B. Johnson,  decidió implicarse en la guerra entre las dos partes, una en manos comunistas y otra teóricamente pro occidental y democrática. Inicialmente, Estados Unidos comenzó a enviar asesores militares norteamericanos a Vietnam del Sur para ayudar a derrotar al Vietcong, que, liderado por Ho Chi Minh, pretendía unificar a los dos países en un Estado socialista.

Sin embargo, poco a poco, Estados Unidos se fue cada vez más implicando en la guerra. La estrategia norteamericana se basaba fundamentalmente en la supremacía aérea y una potencia de fuego abrumadora para realizar operaciones de búsqueda de guerrilleros y destrucción en áreas rurales. Pero muy pronto, ignorando que Ho Chi Minh -uno de los líderes guerrilleros más hábiles e inteligentes de la historia del siglo XX- no libraba una guerra convencional que sabía que no podía ganar, sino que combinaba todas las formas de lucha, golpeando en todas partes día y noche, y alargando indefinidamente la guerra, confiando en que EE.UU. perdería la voluntad política. “Vosotros tenéis el reloj, nosotros tenemos el tiempo”, aseguraba el “tío Ho”

Fracasada la política norteamericana sobre el terreno, aparte de por razones militares también por el alto nivel de corrupción e incompetencia de las autoridades de Vietnam del Sur, Estados Unidos comenzó a enviar tropas de combate, aumentando drásticamente el despliegue de 184.000 soldados en 1965 a 536.000 a finales de 1968. Estados Unidos había caído en la trampa tendida por los norvietnamitas, en el sentido que con el envío de las tropas a Vietnam del Sur en apoyo de un régimen corrompido, ineficaz y brutal, la guerra se había convertido en un conflicto en clave nacionalista, en que los del Norte libraban una lucha de liberación nacional contra una potencia extranjera, deslegitimando claramente a los del Sur. 

En 1968, Vietnam del Norte lanzó la “Ofensiva del Tet”, que fue una derrota táctica pero convenció a muchos en los EE. UU. de que la guerra no se podía ganar. Muy pronto, los norteamericanos cambiaron de estrategia y empezaron a darse cuenta de que la realidad sobre el terreno era claramente adversa para sus intereses. El sucesor de Johnson, Richard Nixon, comenzó una política de «vietnamización» a partir de 1969, que consistió en dar más armas a los vietnamitas del Sur mientras que las fuerzas estadounidenses se retiraban. Un hombre clave en este cambio en la política norteamericana fue el Secretario de Estado norteamericano, Henry Kissinger, quien avizora claramente la imposibilidad de ganar la guerra y forzó los Acuerdos de París, firmados en 1973 con Vietnam del Norte, por los que Estados Unidos abandonan a los survietnamitas a su suerte. Una vez perdida la guerra y abandonados por los norteamericanos, la derrota del Sur estaba cantada.

Incumplidos los acuerdos por los comunistas herederos del “tío Ho”, los combates continuaron hasta la “Ofensiva de Primavera” de 1975 y la caída de Saigón ante Vietnam del Norte, lo que marcó el fin de la guerra. Vietnam del Norte y Vietnam del Sur se unificaron administrativa y oficialmente en 1976 como la actual República Socialista de Vietnam. Las humillantes imágenes de la salida de miles de asesores y militares norteamericanos, en marzo de 1973, dieron la vuelta al mundo. 

Ahora, si Estados Unidos decide poner fuerzas militares sobre el terreno para derrotar a Irán tras una campaña aérea de bombardeos intensos que seguramente no conducirá a la derrota de este país, pese al triunfalismo del presidente norteamericano Donald Trump, se habrá dado un nuevo paso hacia la vietnamización del conflicto contra la dictadura teocrática de Teherán, adentrándose en un escenario más plagado de incertidumbres que de certezas. También suscita unas reminiscencias claramente ligadas a un pasado no tan lejano, como las crisis de Irán y Afganistán. La guerra que iba a durar unos días, en palabras de Trump, ya va para cinco semanas y, de poner fuerzas sobre el terreno, podría ser el comienzo de una nuevo y largo conflicto para los Estados Unidos. ¿Otro Vietnam? Solamente Dios lo sabe.